Albacete, jueves 10 de septiembre de 2009. Casi lleno. 5 toros de Núñez del Cuvillo, de aceptable presencia pero sin excesos, mansos en varas, embestidores en la muleta pero viniéndose algo a menos alguno. El segundo fue premiado con una exagerada vuelta al ruedo. 1 toro de Albarreal (5º) bien presentado, manso, sin clase y mular de condición. Morante de la Puebla, ovación y división con saludos. Sebastián Castella, dos orejas y oreja. Miguel Tendero, ovación en ambos.
Fue una corrida entretenida de principio a fin. El ganado sin demostrar gran clase se dejó torear, destacando ese segundo sobre todos, primero y sexto. Quizá con menos clase y viniéndose algo a menos el tercero y el peor de los titulares el cuarto, soso y bajo de casta. Y entre los de luces vimos cosas en los tres que conformaban una interesante terna. Morante estuvo bien en su primero, arrancando olés sinceros, nacidos de dentro –no esos bieeeeen tan poco taurinos-, pero sin que su labor tras media estocada deficiente arrancase un solo pañuelo de su refugio bolsillero. Castella estuvo bien en su primero, aprovechando ese bonancible segundo de la tarde, pero sin la profundidad del de la Puebla, terminando en las cercanías, con mucha quietud y sobando en demasía al toro; y daría una gran estocada al quinto, un mulo de Albarreal. Tendero, inteligente en su primero ha sabido medir bien a su oponente, sabiendo que si insistía en series largas y profundas acabaría pronto con él; en el último daría una gran serie por la zurda y buenos muletazos sueltos por ambas manos en una faena que no tuvo esa sensación compacta que ofreció en su primer toro. En definitiva, desde principio al fin hubo cosas de interés; quizá uno pueda sacar una idea equivocada del festejo; no será uno de aquellos que pasen a inscribirse en letras de oro en el frontispicio de la historia de la tauromaquia, pero el aficionado vive en muchas ocasiones de pequeños detalles, de pinceladas que le mantienen el interés, y de eso ha habido hoy unas cuantas.
Al detalle, les contaremos que el primer bicho de Cuvillo se llamaba Rompelío, un toro de 524 kilos, barroso más que jabonero, manso, embistiendo aunque a veces con alguna sosería y otras con alguna otra incertidumbre. Morante intentó alargarle el viaje en el capote alzándole los brazos, donde se revolvería el bicho sin dejarle lancear a su gusto. Pero el de la Puebla salió decidido y con ganas en el último tercio, tanteándolo por alto, a dos manos, con la rodilla flexionada y sabor añejo, con una estética sincera que nos retrotrae a otra época. Y luego, con naturalidad exquisita, fue dándole muletazos por ambos pitones, siempre colocado sobre un pitón o al hilo, con clase, cogiéndolo y embarcándolo desde delante –antes de que el toro llegase a la altura del cuerpo del lidiador ya iba prendido en los vuelos de la franela- y rematándolo en la espalda, como mandan los cánones más clásicos. Lástima que hubiese algún que otro enganchón en los remates de algunos lances. Bonita y profunda faena que arrancaría esos olés naturales, pero que después de media –lagartijera, esto es, tendida y caída, por alargar el brazo para irse de la suerte-, un aviso y un descabello se quedase todo en una simple ovación. ¡Con la ovaciones a verdaderas vulgaridades que uno tiene que ver! El cuarto fue Rosito, un animal escaso de 482 kilos (anunciado previamente como de 455 en la tablilla inicial que sería sustituida tras la merienda por una segunda y 27 kilos más), que se tapaba con una capa carbonera preciosa, delantero de defensas, manso, soso y con poca casta. Fue el que más me disgustó de los del hierro titular. Sin embargo vimos las verónicas marca de la casa en el quite que nos ofrecería tras el segundo puyazo: ¡qué manera de torear, de llevar embebido al toro en el capote, de pasarlo con suavidad, profundidad y clase, llevándolo en redondo! Empezaría a pasarlo sentado en el estribo, por alto, y después de tocarlo en varias ocasiones se decidió a brindarlo al público –para aquello había salido tocado con la montera a torear-. Yo, de veras, no me acuerdo de haber visto otro tal nunca, aunque sí de alguno que, tras salir dispuesto a hacerlo y sin llegar a los medios tuvo que quitarse las embestidas de algún toro de encima. El bicho, en los medios, le protestó un tanto y se puso brusco, e inteligentemente se lo cerró, de nuevo, al tercio. Colocado en su sitio la pasó de muleta al natural con una serie desigual, pues junto al lance bueno y de clase, hubo algún otro más sucio, todos a media altura para que el animal no siguiera protestando. No hubo ligazón en la siguiente, aunque saldrían pases de gusto y técnica inmaculada, y con la derecha bajó la intensidad del trasteo al tener que recolocarse para evitar que el toro repusiera. Acabaría variado y clásico frente a la indiferencia general, aunque los aficionados le agradecimos esa nueva retrospectiva a la historia del toreo. Lo mató de un pinchazo arriba, otro hondo, también arriba, pero alargando el brazo, un aviso y tres descabellos para ver como había indoctos abroncadotes de oficio. ¡Qué se le va a hacer! Los aficionados aplaudieron o callaron.
Castella recibió a Licenciado sacándoselo a los medios pero sin mayor anécdota. Era un toro de 490 kilos, colorado girón, bragado y meano corrido y gargantillo, ojo de perdiz, bizco del zurdo aunque tocado del diestro, manso en varas –fue muy bien picado, por cierto-, que se dolió en banderillas, pero que embistió boyante en la muleta, con casta, aunque al final algo a menos; fue premiado con una vuelta al ruedo, a mi juicio exagerada. Brindó al respetable desde el principio para empezar, según su costumbre, con dos ajustados pases cambiados por la espalda en la boca de riego. Luego de darle un par de tandas en paralelo, con la derecha y con limpieza, empezó a metérselo más en redondo, con mucha quietud de plantas, pasándoselo cerca en faena marca de la casa. El bicho empezaría a tardear en los finales de las series porque las fuerzas no daban mucho más, y el francés acabó en las cercanías, pasándoselo por la cintura, con cambios de manos, circulares inversos y otras lindezas que son del gusto popular, pero que en muchos casos no dejan de ser medios pases. Una buena estocada, entera y un poco desprendida y atravesada, dio con el que no pudo llegar a doctor en el suelo y con el doble corte apendicular. El quinto fue el mulo de Albarreal, de nombre Tirador, con 503 kilos, negro, delantero, feote de hechuras, manso y sin clase alguna, haciendo varios ademanes de rajarse que el diestro evitaría. Nada hubo que apuntar con la capa, y con la muleta realizaría una labor más bien anodina, sin demasiado eco en los tendidos, utilizando mucho el pico, pasándolo en paralelo y sin las apreturas anteriores y con demasiado enganchón. Una faena que no hubiese conducido a ningún sitio de no ser por una magnífica estocada, entera, arriba y de perfecta ejecución que hizo que muriese el bicho de forma espectacular. La estocada valió esa oreja conseguida.
Miguel Tendero en su segunda aparición como matador en su tierra tras su paseíllo en la Corrida de Asprona, estuvo digno, pero sin terminar de redondear su actuación. En su primero, después de recibirlo con lances desiguales, y dar unas chicuelitas ajustadas, con la muleta anduvo inteligente. Si hubiese apretado mucho al bicho lo habría agotado antes. Éste obedecía por Galiano, de 495 kilos, negro mulato, delantero, rarete de cuerna, justito de trapío, manso y embistiendo a menos. Por eso Tendero, le supo adecuar la longitud de las series, tres o a lo más cuatro pases, llevándolo en los dos primeros más obligado y por bajo, subiendo la muleta en el remate del siguiente y vaciándolo con el de pecho para aliviarse y aliviar al toro. Series cortas, de lances desiguales en profundidad, que aunque aclamadas, no terminaron de hacer que se entregase el público. El toro se vino a menos, como hemos mencionado, y con él la faena, terminando el diestro más fuera que empezó y más despegado. Un pinchazo arriba, media tendida y trasera, otro pinchazo desprendido en terreno de toriles y dos descabellos dejaron la respuesta en ovación del paisanaje. El sexto se llamaba Sinvaina, como suena, de 533 kilos, colorado ojo de perdiz, tocado de cuerna, raro de pitones, feo y con poco cuello, manso y embistiendo aunque sin la clase del segundo. Empezó corretón y haciendo hilo y así acabaría también en algunos pasajes muleteriles, por momentos con un trote cochinero bastante poco adecuado para un toro de lidia al que se le pide casta. El caso es que Tendero supo templar ese trote, acompasar las embestidas y meterlo en la faena, dando una serie sensacional con la zurda, la mano baja, el toreo en redondo y hacia la espalda, y muletazos de clase y gusto por ambos pitones, pero sin terminar de redondear el trasteo o de dar una sensación de faena maciza. No hubo la necesaria continuidad en la calidad, que es casi peor que estar mediocre todo el tiempo. Algo embarullado por momentos –sobre todo cuando le hacía hilo-, sólo nos dejó unos buenos retazos de toreo de clase; la desigualdad presidió su labor. Un pinchazo desprendido, otro hondo arriba y un descabello, terminó por dejarnos la impresión de haber visto un festejo entretenido e interesante, aunque no entre en la historia con mayúsculas.