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El Juli salva la tarde en los dos últimos

“Novillada” en Bilbao

Bilbao, viernes 21 de agosto de 2009. Casi lleno. 6 toros de Jandilla (incluso el sobrero), mal presentados, mansos, flojos y descastados. Apenas el quinto y un poco menos el sexto embistieron con algo de casta en la muleta. Julián López, El Juli, que actuaba como único espada, ovación, palmas, ovación, ovación, oreja y ovación.

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Rafael Cabrera - 21-08-09

A la salida del coso pude captar una interesante y definitoria conversación entre dos paisanos, el uno bilbaíno y el otro eibarrés, que iban comentando…

- Oye, tú, bonita novillada de Jandilla hemos visto.

- Me parece te equivocas, Patxi, fue corrida de toros.

- ¿Cómo que, esos tenían cuatro años?

- Pues no sé si tendrían, pero estaba anunciada como corridita.

- ¿Pero entonces, el Juli se encerraba solo con corrida de toros?

- Llámalo como quieras, oye, pero los bichos hacían los cuatro, en diciembre o en enero de este año, según el programa.

- Ay va la… [aquí pongan interjección gruesa], ¿y esto es lo que echáis aquí en Bilbao?, pues yo creía que la fama era otra cosa…

Y así siguió la charla hasta que el semáforo y los caminos nos divorciaron por completo. Y eso, en realidad, puede ser buena parte del resumen de la corrida: una “novillada” con presencia para Bilbao, escasa de fuerzas, nula de casta, a la que salvaron dos toretes finales, del mismo calibre de trapío, pero de algo mejores fuerzas y que al menos embistieron lo que no habían hecho sus descastados hermanos. Eso de no entender, como don Borja Domecq, el concepto de trapío, tiene sus ventajas. Así puedes enviar chotos a la estratosfera y como los mandas tú, pasan por toros en cualquier sitio.  Pero, y que Dios me perdone mi atrevimiento, para ilustración de ilusos, añadiré que el trapío… es precisamente lo que no han tenido los toros de hoy. Así que la cosa es fácil, busquen el punto antitético y ahí tienen la respuesta. Y si se compran –sólo para regalar a algún ganadero- un libro, desde la tauromaquia de Paquiro para acá –les puedo adjuntar una larga relación-, donde se explique el concepto –en edición moderna y de bolsillo-, puede que hagan una obra de caridad: ¿cómo era?..., ah, sí, enseñar al que no sabe.

Vaya encerrona para Julián la de esta tarde. Mejor dicho, ¡vaya novillada tenían preparadas las figuras de turno para ilustrar al público bilbaino sobre la inexistencia del concepto de trapío! Porque recordemos que junto al autor de las seis faenas de esta tarde estaba anunciado Miguel Ángel Perera, que también tendría algo que decir.

-Vamos a tener un gesto con la afición de Bilbao -se dirían-.

-Sí, vamos a anunciarnos en un mano a mano.

-Vale, pero déjame a mí elegir el ganado, que me han dicho que es de don Borja.

-Bueno, bueno, pero mi veedor también se ha pasado por allí hace unos días.

-Pues, hecho. Tú me apuntas los que has reseñado, comoditos y tal, y yo comparo con los que tiene apuntado el mío, y cuadramos la corrida.

-Mira que estos de la Junta Administrativa, son la pera…

-Que no, hombre, si vamos en un mano a mano, ya tragarán con los que les digamos. Un gesto es un gesto, ¡qué caramba!

-Vale, sí, le vendemos la moto de que, hombre, como vamos a apechugar con tres toros de Bilbao cada uno, tendrán que ser algo comprensivos…

-No se hable más. A la carga…

Y a la carga de ejemplares birriosos en el camión. Y como uno de los toreros se quedó, herido, en el camino, al final, de mala gana, tuvo que quedarse el otro con el regalo completo, seguro que pensando “Y ahora dirán que la culpa es sólo mía por esto que va a salir esta tarde”. Lo lamentable es que la conversación, como se pueden figurar fantaseada, sería en términos parecidos, y que al final los de la Junta han debido ver el encierro con lupa, no para aquilatar defectos, musculatura, pitones o demás, sino para por perder de vista los toros en los corrales.

 

Julián, al margen de ello, ha realizado una labor de enfermero con los cuatro primeros, con unos mejor y con otros más deslucida. Su técnica le impone sobre cualquier toro, aunque en el primero no me haya quedado claro de si quedó muy por encima del cornúpeta aquél, o no terminó de cogerle las distancias. A éste, que se revolvía con genio y malas pulgas, dentro de su flojedad, que entraba brusco, punteando o tirando el gañafón, no terminó de someterle esas violencias a su antojo. No podía haber lucimiento artístico, desde luego, pero debió doblarse más con él, so pena de tirarlo cuantas veces fuera necesario; al final pinchazo caído y una entera –trasera y desprendida, como casi todas las de esta tarde-. En el segundo, descastado, flojo e incierto, que se defendía por falta de fuerzas, y lo mismo entraba que iba a por el diestro, hubo bastantes pases –lo que le duran los toros cuando quiere- en siete series, colocado o fuerita o lo más al hilo, como en el que abrió plaza; y una entera de la misma catadura de la anterior. En el tercero, un zapatín bajito, manso, flojo y descastado, se lo intentaría meter más en dos series centrales del trasteo, después de mimarlo por alto y sin forzarle, llevándolo mejor y más en redondo, y se lo cargó. Fueron dos, buenas, quizá con una le hubiera bastado, pero el bicho dijo que ya no podía seguir en ese plan, empezó a cabecear, se cayó –una de tantas veces esta tarde-, acortó su viaje, y vio como el Juli hacía lo mismo para terminar encimista, con circulares dorsales, desplantes y con el bicho muerto en vida; pinchazo alto y estocada como las previas. En el cuarto, con más carnes y tendencia abrochar de pitones –algún truco tenía que tener-, se encontró otro animal manso, soso, flojo y descastado y como se lo metió un poco en la tercera tanda, el bicho “acusó el castigo”, y siguió a media altura el resto, con una serie por la izquierda –de las pocas de esta corrida- más ajustada a la cintura del diestro –eso de que se lo pasó por los muslos o las pantorrillas quedan para los toros que embisten y meten la cabeza por bajo-, para seguir con circulares, medios pases con el bicho con la cara alta y distraído, y finalmente, media espada del mismo calibre.

Por fin saldría un bicho en quinto lugar; no diré toro porque estaba anovillado, especialmente por detrás, pero que embistió con alguna pujanza y pasó por varas con puyazo y refilonazo –el resto de los lidiados, esto de las varas, lo vieron en un cromo antiguo de La Lidia- y casi cumpliendo en la suerte de los del castoreño. Se llamó Demandato –como suena-, de 528 kilos, negro mulato y listón, y de cara delantera. Vimos los primeros capotazos de verdadero interés de la tarde, unas gaoneras muy ceñidas en el quite, y comenzó la faena el Juli por estatuarios. Al principio despegado, pero mandando, lo fue llevando toreado, para metérselo en redondo en la siguiente tanda derechista. Había por fin transmisión y emoción en el ruedo y no aplausos gratuitos ante la nada existencial. Con la izquierda no tomó ritmo el trasteo, algo sucio, porque al toro le costaba más seguir el trapo. Vuelta a la derecha, con perfecto dominio de la situación pero espaciando más los lances, con un fenomenal cambio de mano, con clase, y algún circular completo. Y en vez de alargar innecesariamente la faena, supo que era el momento preciso para ir por la espada, y se la dejó de una entera, traserita, que bastó para esa oreja, bien aguantada por don Matías. El primer sexto volvería a chiqueros por invalidez –como lo podrían haber hecho varios congéneres de la inexistencia del concepto de trapío, fuerzas o casta- y en su lugar salió Delicado, un torete sin trapío –faltaría más- de 540 en la báscula, negro, delantero, manso, embestidor pero con poquita casta. Julián salió dispuesto a todo e hizo lo mejor de la tarde; lo recibió con dos largas afaroladas de rodillas, quitó por lopecinas y una chicuelina, y con la muleta estuvo muy por encima de su enemigo. Se puso a torear desde el primer pase, en los medios –el bicho se le iría a tablas una vez y de allí lo sacó Julián, de nuevo-, y en la segunda tanda, llevándolo embebido en la franela, una serie intensa en la que se lo ciñó y llevó hacia la espalda. Otra de menor intensidad precedió a un tanteo poco lucido con la izquierda, pero mejorado en unos naturales largos y de dominio, aunque no tan redondos. Siguió con la derecha –por donde entraba mejor el animal-, el bicho se rajó, lo volvió a sacar, cambiando de mano sin conseguir nada en claro. Acabó  con circulares y adornos efectistas en varias tandas, que llegaron mucho a los tendidos. Y lo que parecía abrirle la posibilidad de puerta grande, se cerró con una de sus suertes seguras: la espada, que hoy no ha funcionado igual que otras tardes. Dos pinchazos precederían a una entera caída, que le privó de trofeo, agradeciéndole el esfuerzo el público con una ovación.

Y para que se entere el paisano de que esto se anunció como toros, ahí van motes, señas, pelos y comportamiento. El primero, Romero, 526 kilos, negro, delantero, menos que justito de trapío para Bilbao, manso, flojo, complicado y muy bajo de casta; el segundo, Veraneante, 542, negro listón, anovillado, tocado de puntas, manso, flojo, descastado e incierto; el tercero, Ojeroso, 536, negro mulato listón, bragado y meano, delantero, sin culata, zapatín, manso, flojo y descastado; el cuarto, Testarudo 589, negro mulato listón, con tendencia a abrochar de pitones, manso, soso, flojo y descastado; y el devuelto, al margen de los dos reseñados, Fulminado –como por un rayo, porque sin finalizar la suerte de varas se cayó cuatro veces-, 520 kilos, negro listón, tocado y anovillado. La corrida, sin contar el que volvió con los mansos, se cayó 21 veces y si no lo hizo más fue porque ahí estuvo todo un torero: el Juli.

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