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Deslucido encierro de El Ventorrillo en Pamplona

Cogida de El Cid y oreja para Castella

Pamplona, jueves, 5 de julio de 2009. Lleno absoluto. 6 toros de El Ventorrillo, bien presentados, mansos, flojos, de desigual comportamiento en la muleta. Manuel Jesús Cid, el Cid, fue cogido en sui primero. Sebastián Castella, silencio, oreja y ovación. José María Manzanares, silencio en los tres que mató.

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Rafael Cabrera - 09-07-09

La corrida ha venido marcada por dos hechos fundamentales, por una parte, la lamentable cogida del Cid en su primero, al segundo muletazo, cuando el toro se le vencía por el pitón derecho. Y por otra la flojedad del ganado, física y a veces anímica, que ha complicado el comportamiento de alguno de los toros. Dos claves que pueden resumir una corrida insulsa con la excepción de esa oreja cortada por Castella, ante una faena desigual, y la ovación –asimismo recogida por el diestro francés- por un trasteo con muchos guiños a la galería, populista, pero sin profundidad y con un toro rajado que acabó yéndose donde deseaba: a la puerta de chiqueros. 

Lo del Ventorrillo, más allá de su buena presencia –con un torazo lidiado en segundo lugar, berrendo en negro de capa y de preciosa lámina y alguno más, de menor romana, pero con cuajo y pitones- se ha caracterizado por la mansedumbre en términos generales, la extraordinaria flojedad –verdadera invalidez de más de uno- y la desigual pelea en el último tercio, desde el inválido imposibilitado de movimiento, hasta el que embistió con mayor o menor clase, el que fue cambiando de embestida según cada serie o el que optó por intentar rajarse, sin casta, ante la franela opositora. No nos ha gustado, ni probablemente lo haya hecho a casi nadie, pese a algún aplauso en los arrastres, o a los que defienden que el toro lo que debe hacer es no molestar y admitir hasta nueve o más series, como las que hemos podido contemplar hoy en el coso pamplonica.  

El Cid, al dar el segundo muletazo fue prendido de mala manera, por la entrepierna, y sufrió dos cornadas, una en la rodilla derecha, con trayectoria ascendente y orifico de entrada y salida, y otra en la zona escrotal, de las que tuvo que retirarse a la enfermería. Una pena, porque en las últimas fechas parecía que iba levantando una temporada desigual, y había recibido a éste con unas verónicas entre las que apuntamos alguna de clase. El bicho obedecía por Garboso, con 600 kg en la romana, colorado listón y ojo de perdiz de capa, delantero de armas. Pero junto a caracteres fenotípicos, desarrolló un comportamiento psicológico que lo catalogó como manso, incierto en ocasiones, flojo y muy bajo de casta. Tras el percance tomó los trastos Castella, que empezó estrellándolo varias veces contra la barrera en pases instrumentados al hilo de aquellas, con el brazo agarrando las tablas. Luego se lo sacó al tercio y de ahí algo más allá, para ver como el bicho entraba con alguna incertidumbre, a media altura y él andaba con las consiguientes precauciones. Lo embarcaba muy atrás, lo que desde luego no ayuda en tales casos, y sufrió alguna colada que le avisó de lo improcedente de aquello. Luego mejoró en términos generales, estuvo más firme, valiente, y hasta aseado, aunque la faena no tuvo profundidad ni pudo haber pases largos y bien rematados porque el bicho se quedaba ya corto. Lo despachó de dos pinchazos, el primero sin terminar de pasar y el segundo bajo, y una estocada entera un poco contraria.

El segundo, al correrse turno, le correspondió a Manzanares. Pasaba por Ali-Roto, de 645 kilos, negro burraco, tocado de puntas, verdadero torazo de presencia, pero manso, flojo, con tendencia al cabeceo defensivo y sólo embistiendo algo al final del muleteo. La faena tuvo por condición esa del toro de su cabeceo y complicadas embestidas iniciales, ante las que el alicantino anduvo algo fuera y aguantando los derrotes del animal. Junten a ello que aunque el bicho se venía a veces largo iba paulatinamente acortando su viaje en los muletazos hasta casi quedarse debajo. Pero a base de porfía, le acabó sacando, en la sexta tanda, los mejores muletazos, dos derechazos largos y con clase, llevándolo más toreado. Y hasta ahí llego el asunto, por desgracia. Un pinchazo bajo, media con algo de salida y por ello desprendida, un aviso, otro pinchazo –éste arriba- y media más en su sitio, necesitaron al final de dos golpes en el cabello para que el toro doblara. Silencio. El cuarto –corrió turno en vez de lidiar el segundo del Cid- se llamó Bajezo, un toro castaño de 495 kilos, tocado y más hecho por delante que por detrás, manso y soberanamente inválido. Hasta el punto de que se echó en la faena de muleta hasta en dos ocasiones y casi fue apuntillado al no querer levantarse, porque al notar el hierro en la nuca se puso finalmente en pie, para que Manzanares le diera una buena estocada, entera y arriba, algo rápida de ejecución. La verdad es que el bicho no podía ni con el rabo y dobló las manos, genuflexo, hasta cuatro veces antes de llegar al último tercio. La fachada no lo es todo, y ésta ruina debió volver a los chiqueros de salida. El sexto fue el que le hubiera correspondido al Cid, de nombre Garrochisto, con los mismos 495 kilos, de capa castaña bragada y meana corrida y girón. Fue manso en su pelea, flojito aunque sin llegar al exageración del cuarto, y embistió en la muleta según le daba, unas veces bien, metiendo la cara, otras cabeceando y sin recorrido, otras más defendiéndose –como al principio del trasteo-, en otras, reponiendo incómodo, o yendo a menos al final, para intentar rajarse ante el último trance. La faena, como el bicho, estuvo llena de altibajos, a veces, al hilo, otras fuera, a veces con lances limpios, otras enganchados, aunque, eso sí, vimos los mejores muletazos del festejo, dos derechazos muy buenos en la segunda tanda, algún natural mediado el trasteo y una serie pasable, casi al final, con la mano diestra. Lo mató de una entera baja, y de nada le sirvieron esos buenos pases, entre otros tantos, si no fue para no escuchar nada. 

El segundo de Castella fue Casaillo, de 525 kilos, colorado salpicado, bragado y meano corrido y girón; lució blandura de patas, mansedumbre, alguna brusquedad inicial pero acabó embistiendo. Empezó sin entregarse, algo violento y enganchando la muleta, y siguió corto hasta pararse. Si algo caracteriza al francés es la perseverancia, desde luego, y a base de una y otra y otra serie más, al final le acabó exprimiendo y haciendo que olvidara esas brusquedades iniciales, para venirse a menos, momento en que siguió encimista y algo populista, pero consiguiendo llegar a la gente. Hubo un par de buenos muletazos con la derecha, sin continuidad, mediada la faena, pero en vez de seguir con eso, decidiría cortar las tandas. Una estocada entera, desprendida, adornándose bien en la muerte del toro, le valdría esa única oreja de la tarde. El quinto se llamó Alerto, con 575 kilos, negro bragado, tocado, más feo de hechuras, y manso, flojo, descastado y rajándose al final. Dio Castella lances de recibo interesantes, a pies juntos, intercalando verónicas, delantales y chicuelinas, y con la muleta, tras brindar a la gente, comenzó con pases cambiados por la espalda, hilados con alguna trinchera y alguno del desprecio, en un inicio brillante y emotivo. Siguió con una serie buena con la diestra, al hilo, pero luego empezó a decir bastante menos, más descolocado y sin terminar de sujetar al toro, cuyo único afán al salir de los muletazos era mirar a toriles y hacer ademán de marcharse para allá. Y así le iría sacando algún lance suelto y sin terminar de someter a su oponente. Pases hubo muchos, pero muletazos de recia condición, largura o profundidad, los menos. Un metisaca muy bajo, por el costillar, precedió a una entera caída, intentada rematar con tres descabellos infructuosos. Como la cosa se alargó en demasía, llegaron hasta dos avisos y al final el toro se echó en tablas, donde habían llegado hacía rato, en la zona de… toriles, sí señor.

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