Madrid, domingo 7 de junio de 2009. Tres cuartos de entrada. 6 toros de Alcurrucén, feos de hechuras, justos de presencia, mansos en varas, embestidores, algunos con casta. Antonio Ferrera, división y silencio. Matías Tejela, silencio en ambos. Rubén Pinar, una oreja en cada uno.
La corrida tuvo matices, es verdad, pero en términos generales siempre estuvo por encima de la terna. Toros que no fueron bravos con los caballos, es cierto, que resultaron complicados en ocasiones en los garapullos, pero que se vinieron arriba en el último tercio, embistiendo con casta, con movilidad, metiendo los riñones alguno de ellos, desarrollando las lógicas complicaciones cuando no se les mandaba, no se les hacía las cosas adecuadamente –eso de los derechazos y naturales omnipresentes tiene, qué duda cabe, sus riesgos-. Y la terna no lo hizo, no los pudo, no los sometió, y hasta buen punto, los bichos mandaron sobre los espadas, que hubieron de buscar todo tipo de subterfugios para pasar, al menos, los mínimos apuros. Mucho pico, siempre desde fuera, intentando llevarlos hacia atrás pero hacia el más allá, y despegados cada vez que podían. Y además de ello practicando un toreo de recursos –no necesarios en muchas veces- donde hay que doblarse y retorcerse en ocasiones, hay que colocarse fuera, quitar la muleta a medio pase o enseñársela desde atrás. Estos toros se han ido –incluso los desorejados por Pinar- en buena medida enteritos, así que bien por los ganaderos, a los que sólo les falta afinar el tipo de algunos –más bien feotes de hechuras- y buscar más bravura en el primer tercio.
Ferrera abría el cartel, y le cupo en suerte Heredero en primera instancia, un toro de 523 kilos, negro bragado corrido y meano, tocado de armas, manso en varas, pero embistiendo con castra en la muleta. Hoy, por cierto, no ha habido nada en el capote, apenas un par de quites de Tejela y Pinar sin nada destacable en ellos. Eso de que ya se nos prive del primer tercio en conjunto –la suerte de varas hoy ha sido un auténtico desastre, con picadores desmontados, varas por los suelos, marronazos, puyazos bajos, cariocas… en fin el compendio ideal de lo que no debe ser el noble arte de vara larga- es una vergüenza, pero a la gente, que sólo va a ver la faena de muleta, al parecer, le importa un pito. Hoy era día, por cierto, de regalo, de entradas por parte de la mayor parte de los abonados –o reventa de los mismos, quién sabe- y de aplausos y otras recompensas por parte de los asistentes, porque ya que uno va una vez al año a los toros… a ver si se nota la generosidad. Pues bien, Ferrera, volviendo al curso de los acontecimientos, pareó como suele, destacando en este toro un tercer par por los adentros, los otros dos bastante pasado. Llegó el toro a la muleta embistiendo y fue viniéndose a más, buena prueba de su casta, especialmente por el pitón izquierdo. Lo pasaría sin forzar el viaje en las primeras tandas con la derecha, descolocado, metiendo mucho pico en ocasiones y despegado, aunque intentando lancearlo en redondo a partir de la tercera. Con la zurda se colocó un poquito mejor, poco más, pero se le fueron ensuciando los lances y él retorciéndose en los cites. Acabó por debajo de las embestidas de su oponente y lo despenó de una entera, baja de posición, con pérdida de la muleta. El cuarto se llamaba Mimoso, de 592 kilos, colorado ojo de perdiz, bragado y meano, delantero de cuerna, un señor toro. De condición mansa en varas, fue complicado en la muleta, quizá por ahogarlo el diestro, porque se arrancaba de lejos con riñones y generosidad. Volvió a poner banderillas, y volvería a destacar en un par por los adentros, muy expuesto, pasado el primero al cuarteo y con un quiebro final saliendo un poco. Lo tanteó en el cinco para ver si allí le ayudaba la gente; pero si que si quieres… El toro se le fue como una locomotora en los primeros pases… y eran seiscientos kilitos de peso vivo –vivísimo- a una velocidad considerable. No le aguantó en la siguiente tanda –pese a regalo de aplausos varios- perdiendo algún paso, y decidió estrechar las distancias para ver si así lo sometía. Pero en vez de ello lo acabó de complicar: el toro se quedaba más corto, se revolvía achuchando, a veces entraba casi al paso y se defendía. Nada vimos al animoso diestro pacense en esta ocasión, citando al final con la muleta atrás, con el pico, pero sin darle distancia para rectificarnos este juicio. Sendos pinchazos sin pasar precedieron a una estocada entera, caída, que lo dejó para las mulillas.
A Tejela le correspondió en suerte Castañuelo, de 548 kilos, colorado chorreado, adelantado de cuernos, manso, sosote y embistiendo a media altura. El bicho se ciñó en alguna ocasión, aunque no sabemos si por su condición, o porque con el mal hábito de meter un pico descomunal y lancear separado, el toro veía dos objetos y se inclinaba por pasar entre ambos. Y es que anduvo el madrileño con el extremo distal de la muleta, siempre citando desde fuera y con unas distancias con el toro que hubiera cabido, en frase castiza, el trolebús catorce. Por la zurda se le metió alguna vez porque reponía más, esto es repetía sin dejar recolocarse al espada, por lo que terminó éste por pasarlo de uno en uno, quitándole la muleta de la vista. Un pinchazo y una entera por el rincón y a otra cosa, mariposa. El quinto era Cornete de apodo, un toro de 550 kilos, negro listón y bragado, tocado y feo –algo avacado-, manso pero encastado, embestidor, con complicaciones. El toro llegó a la franela derrotando por alto, debido a los enganchones en los capotes y su tendencia natural, y Tejela empezaría rematando los lances por alto, a ver si agravaba el defecto; apenas un par de lances muy por bajo demostraron que cuando se le bajaba la mano era otra cosa, pero muy otra cosa, metía la cara con ganas y codicia. De nuevo fueron mil las cautelas, desde fuera, con pico y despegado, creciéndose el toro y repitiendo. Se ensució el trasteo a media faena, con la derecha y siguió con la zurda, para acabar toreándolo de abajo a arriba –con lo que el resultado fue el esperado-. Una estocada entera, buena, lo mató con eficacia.
El tercero, para Rubén Piar, fue Afanes, de 547 en la báscula, negro listón, con tendencia a abrochar de pitones, manso, flojete, y aunque embistiendo al principio yendo a menos. Lo tanteó por alto el albaceteño, y siguió llevándolo con la derecha, en redondo, pero desde fuera, metiendo pico y despegado como sus compañeros; el toro aguantaba, algo soso es cierto, pero sin molestar. Tiró de él en varios muletazos, mandando, pero sin continuidad, y a partir de la sexta tanda el toro se fue viniendo un poco a menos, acortando su viaje. Si se hubiese colocado bien, y no hubiera abusado del pico, cantaríamos otra cosa, pero como el toro era soso y sin problemas aparentes, la faena dejó bastante que desear, aunque llegase a la gente que llevaba su entrada regalada o comprada a última hora en el bolsillo. Unas manoletinas deslucidas precedieron a una estocada entera, delantera, desprendida y perpendicular, en la que salió zarandeado por no terminar de vaciar. Una oreja más que generosa, con escasa petición –no hubo mayoría- le concedería don Trinidad –al que hoy, ni su onomástica le salva de una nueva petición de cese-. El sexto era Amable de nombre, de 604 kilos, negro bragado corrido, meano, girón y facado, delantero, manso y encastado. La faena fue casi una copia de la anterior, pero metiendo algo más al toro a medio pase y ligando más al dejarle la muleta en la cara –descolocado, pero qué más da-. Una faena por momentos embarullada y que estuvo por bajo de las cualidades de la res, pero que volvió a calar en la gente –entre otras cosas porque una parte del siete se puso a protestar cuando no debía y a insistir en ello hasta echarse al público encima-. Una estocada, buena esta vez, algo delantera, provocó la muerte encastada del animal en los mismos medios. En resumen, una corrida interesante, donde los toros estuvieron, como hemos comentado, por encima de los espadas y tuvieron más juego que el ofrecido. Vimos una cantidad tal de recursos y triquiñuelas para disminuir el riesgo, que nos decantamos por los de Alcurrucén, por más que la generosidad de usía e invitados se inclinara por el más novel de los matadores.