Madrid, miércoles 13 de mayo de 2009. Tres cuartos de entrada. 3 toros del Marqués de Domecq (1º, 3º y 5º), desiguales de presencia, mansos, embestidores; el tercero incómodo. 3 toros de Las Ramblas, también desiguales de presencia, mansos, pero boyantes y nobles, con casta. Juan Bautista, silencio en ambos. David Fandila, el Fandi, silencio en su lote. Luís Bolívar, silencio y oreja.
Las Ventas, 13 de mayo de 2009, Séptima de San Isidro
Naufragó el débil esquife del toreo; empezó a hacer agua cuando en el primero, un toro del Marqués de Domecq que embistió aunque con blandura y yendo algo a menos, el francés comenzó a achicar el agua de las embestidas, que desbordaba el pobre toreo, sin apenas borda que oponía el diestro transpirenaico. Y siguió haciendo agua, ante las boyantes y nobles embestidas del segundo, sin que el Fandi consiguiese parar las vías de agua; anduvo en el tercero echando agua fuera el colombiano, más mal que bien; y definitivamente se hundió ante las oleadas de casta de cuarto y sexto. Torear es dominar y someter la embestida de un toro de lidia, mandar en sus acometidas, desviarlo de su camino natural, llevarlo en redondo a la espalda y ligarle los pases. Y no es lo que hoy hemos visto: pasar el toro por los Alpes, llevárselo lo más despegado posible, lo que pueda dar el brazo y la muleta desplegada a un lado, pasarlo en paralelo por allá y despedirlo siempre hacia las afueras. Eso es falta de dominio, falta de corazón, falta de generosidad, y es más notorio cuando, como hoy, los toros han ofrecido juego y posibilidades hasta el fin, como el toro que siempre sueña el lidiador o el aficionado más conspicuo.
Muy mal la terna de hoy, aunque reconozcamos a Bolívar el gesto de mantenerse ante ese sexto –un gran toro para la muleta- hasta matarlo –y no de buena manera-. Eso aumento la emoción del trasteo, pero no la calidad; y si no se hubiese producido el desafortunado percance por descubrirse, quizá la faena hubiese acabado con el reconocimiento al toro y sin trofeo para el colombiano. Mandó la emoción, el público se dejó vencer por la emotividad y el gesto y siguió aplaudiendo mientras el toro embestía encastado a la muleta, y Bolívar lo echaba fuera, achicando el agua, el torrente del toreo.
Los de Las Ramblas, al margen de un decepcionante comportamiento en varas, y una flojedad preocupante, llegaron a la muleta embistiendo con clase, repitiendo con insistencia, desbordando en ocasiones. Los de Domecq fueron también mansos en los caballos, pero al menos embistieron sin complicaciones –salvo el tercero- en la muleta, yendo y viniendo, mejor el quinto que el primero, aunque se vinieran abajo al final.
Juan Bautista anduvo perdido por los Alpes mencionados, y casi toreando desde allá y pasándolo por la región camarguesa. Su primero se llamó Murciano, del Marqués, un toro castaño y listón de 510 kilos, delantero de cuerna, poca cosa en general, manso en conjunto, aunque embistiendo para venirse a menos al final. Y siempre desde fuera, ni una sola vez colocado en su sitio, despegadísimo y llevándolo en paralelo, lo fue pasando y pasando y pasando y pasándose él que debió torear más. Tanto con una mano como con otra, tanto cuando el toro tenía viaje, como cuando lo acortó a partir de la cuarta tanda. Una estocada entera, caída de posición y saliendo por las Hurdes, requirió un descabello. En el cuarto la cosa fue peor, al mejorar notablemente el comportamiento del de Las Ramblas, de nombre Opaco –no lo debió ver claro el francés-, de 549 kilos, capa tostada y listón, casi veleto de cuernos, y aunque manso en los caballos, noble y boyante como los que lo son. Despegado con el capote, más lo estuvo aun en la muleta, y a pesar de que nos lo mostró, dándole distancias y llevándolo largo, su actitud no tuvo ni explicación ni comprensión posible. Es el toro que cualquiera hubiese soñado; y volvimos, sin embargo, a la pesadilla anterior: a pesar de que alguna vez se lo metería a medio viaje –eso lo hace perfectamente Ponce, pero a usted se le vio bastante más-. Al final el toro acabaría desbordándole en una tanda con la zurda, mientras se hundía el francés con el toreo en la más negra de las pesadillas. Media espada caída y sin pasar, junto con un descabello, tocaron fondo.
Que el Fandi es un torero limitado con la muleta lo sabemos todos. Pero que en banderillas y con la capa estuviese también naufragando, no suele ser habitual. Su primero fue Estirado, de Las Ramblas, toro castaño de 563 kilos, tocadas las puntas, con poca culata –aunque hubo cuartos traseros almendrados, los lomos estuvieron, en general, bien nutridos-, manso pero embistiendo con ganas. No hubo toreo de capa por el granadino, pareó siempre a toro pasado, si acaso apuntamos un par por los adentros más expuesto, y con la muleta anduvo claramente por debajo de su oponente. El toro repetía con codicia y él lo anduvo pasando perdiendo algún paso al principio, sucio, metiendo mucho pico y desde fuera y para afuera. A media faena se lo metió más para adentro, incluso agarrándose a los lomos, algo muy estético en Villapellejos del Garbancillo, pero poco valorado en Madrid, y de repente, ¡oh sorpresa! Un natural mandón, en redondo, largo y rematado en la espalda. Fue tan descomunal el susto, la sorpresa de ver aquello, que hasta el maestro, retiró la muleta de la cara del bicho, se recolocó y decidió seguir pasándolo hacia fuera y levantando la muleta. ¡Dios mío…, casi vemos torear! Una entera contraria, que escupió el bicho y otra baja, acabaron con el toro. En el quinto, de Domecq, un toro de 566 kilos apodado Estresado, negro mulato, delantero de cuerna, colín y de carácter manso, flojo, soso y yendo a menos, al menos le vimos dar unas chicuelinas algo desangeladas. Las banderillas fueron un nuevo querer sin poder, clavando a toro pasado, tirando un par al suelo, y poniendo al final un par al violín –muy pasado-, ligado con otro cuarteo más breve y mejor, en el que clavó sobre un pitón. Con la franela comenzó de rodillas para levantarse al tercer lance y seguir erguido. Y vuelta a las andadas: desde fuera y hacia fuera lo fue pasando una y otra vez, las más de las veces en paralelo, sin profundidad nunca, hasta que el toro se fue apagando en breve. Mi vecino de localidad, no el insufrible sabelotodo, sino un sustituto -inteligente en materia taurina-, sentenció “no da dos pasos adelante cuando debe darlos, y los da atrás cuando no debe”. Una estocada entera, caída y con desarme muleteril puso fin al toro tras de un descabello.
El tercero, primero de Bolívar llevaba por mote Fatalista, del Marqués, con 530 en la romana venteña, negro de capa, tocado de púas, colín, manso e incómodo. Pero incómodo, no peligroso, porque nunca tiró una cornada, ni se coló con descaro, ni fue buscando al diestro. Solamente se quedaba corto y se revolvía, alguna vez miró al diestro, es verdad, pero sin hacer por él, probablemente preguntándose por qué no terminaba de torearlo. Y es que el colombiano, al margen de derechazos y naturales, con muchísimo movimiento entre lances, no sacó pase limpio ni se lo pasó por la faja y Bolívar anduvo perdido con él, sin saber qué hacerle ni doblarse adecuadamente. Un metisaca muy bajo, con desarme, saliéndose de la suerte, y perfilado fuera, fue precursor directo de otra casi entera, caída a lo venatorio, y tras un aviso, un descabello. El estuvo perfilado para la muerte fuera de la rectitud, y en un momento dado el toro se colocó bien él solito, sólo para que Bolívar lo volviese a mover y a descuadrarse de nuevo. En el sexto, al menos tuvo la excusa de la cogida, del revolcón y del gesto –heroico siempre- de quedarse a matar el toro. Éste, de Las Ramblas, se llamaba Orgánico –no habíamos pensado lo contrario-, pesó sus buenos 555 kilos, capa colorada ojo de perdiz y calcetera, y manso con los équidos, pero encastado, noble y boyante en la muleta. Al rematar los lances de recibo con una segunda media, fue volteado, sin consecuencias. Y eso, a la gente, que andaba un tanto desilusionada por el recorrido de la corrida, le subiría la adrenalina. Y llegó, tras dos buenos pares de Gustavo Adolfo García –los mejores de la tarde-, con nobleza, boyantía, clase y recorrido a la muleta, repitiendo sin cesar en clara demostración de lo que es la casta en el último tercio; un verdadero ejemplo. Bolívar anduvo porfiando con él, pero al igual que en el anterior, desde fuera y hacía la Galia Cisalpina, pero en un remate de una de las series iniciales, al descubrirse fue prendido y el toro le infirió una cornada de 10 cm en la pierna derecha. Y con ello, para qué queremos más; el público vencido por completo por la emoción, sobrepasado por las arrancadas encastadas de Orgánico, empezó a aplaudirlo todo, aunque la faena siguió como la primera, como la segunda, como la tercera y sigan ustedes. Le desbordó en la quinta tanda con la zurda, pero ya nada importaba, los tendidos estaban entregados –aunque la afición veía las grandes virtudes del toro desaprovechadas en buena medida-. Desde fuera le soltó una estocada verdaderamente caída, con pérdida de la muleta, que tampoco importó gran cosa. Don Trinidad, hoy ante petición suficiente, otorgó ese trofeo, salvando del completo naufragio a un superviviente herido: Luís Bolívar. ¡Que se recupere cuanto antes!
Parte médico de Luis Bolívar: "Herida por asta de toro en la cara anterior del tercio superior de la pierna derecha con una trayectoria de 10 cms. Causa destrozos en músculos peroneos. Fdo.: Dr. García Padrós".