Esta semana nos dedicamos a definir uno de los conceptos más importantes en el toro de lidia: la bravura. También se analizará otra característica muy polémica, el trapío.
¿Y qué es la bravura? Quizá la más amplia, detallada y precisa definición del concepto nos la dejó Luis Fernández Salcedo, último propietario de la legendaria ganadería de Martínez y prolífico e inteligente escritor. Acojámonos a él para intentar definir la bravura. En un artículo de 1985, luego inserto en el libro Seis artículos de Lance, el autor se fija en las características que definen la bravura a lo largo de toda la lidia, y es una obra maestra del género. Fijémonos, sólo, en lo referido a la faena de muleta. Dice así: «La bravura es la resultante de un sistema de fuerzas, o sea el saldo de una cuenta, con su debe y su haber, o más claro, la suma algebraica, de datos a favor y en contra. Del coeficiente de importancia que cada cual asigne a los hechos depende el juicio personal del toro, por lo cual no habrá dos opiniones iguales. Y si en el tercio de varas, repetimos, el gran público se fija poco, y en el de banderillas menos todavía, puede decirse que, en la muleta, se aquilata demasiado. Véase la muestra. Factores positivos: que el toro ande mucho, como se decía en 1950, o que tenga mucho recorrido, como se dice hoy; que embista con el hocico por el suelo; que se revuelva codicioso; que no desarme; que no vaya a tablas; que muera en el centro del ruedo... Factores negativos: que apenas embista; que esté quedado; que tenga mala arrancada; que sea probón; que sea incierto; que escarbe; que eche la cara al suelo; que desarme; que vaya a morir a las tablas; etc. La lista de méritos y defectos no es exhaustiva. Y de la combinación de unos y otros, sale el juicio definitivo.»
Importantísimo es el comportamiento del toro en el primer tercio. Apenas hay toro que tome más de dos varas (una salvaje y un refilonazo) y si exceptuamos los cosos de primera, tan sólo un encuentro con los caballos es suficiente. La vara es brutal, y lo habitual, por tanto, es que el toro acabe repuchándose, saliendo suelto, defecto fundamental en cuanto a la valoración de la bravura. Si importante es que el toro entre alegre, de lejos, metiendo los riñones y empujando de veras, con la cabeza fija, embistiendo en contra de sus querencias naturales o adquiridas, más lo es como sale de la suerte. El toro que sale suelto, o huido, se duele ante el castigo, cabecea, se deja pegar, cornea el peto o hace sonar los estribos, empuja con un único pitón, o anda distraído ante el revoloteo de los toreros a pie, merece un calificativo negativo, quizá, de manso. Seamos indulgentes y atribuyamos a la "brutalidad actual del lance" parte de esta crítica, ¡será que antes no se picaba brutalmente...! En definitiva, y como añadía Fernández Salcedo en su día, “la bravura es de signo creciente” y no basta con manifestarla en el primer tercio, sino que debe mantenerse en los restantes. Pero, ¡ojo!, el toro que no se comporta como bravo en la suerte de varas, por mucho que acometa en los restantes, será un toro muy encastado, pero nunca merecedor de ese juicio y calificativo excelso que reservamos sólo para un número muy reducido de reses: “ha sido un toro bravo”.
Y qué decir del trapío. Otro concepto, desgraciadamente, en franca decadencia, hasta el punto de que algún Reglamento autonómico, como el andaluz, lo ha suprimido en pro de un concepto más vago y etéreo como el de encaste. Trapío, que ya quedó definido, en un editorial anterior, con el concepto que de el toro de lidia tenía el revolucionario Francisco Montes Paquiro, autor de la más importante de las Tauromaquias del siglo XIX. Concepto, por tanto, que ni es nuevo, ni por ser ya antañón, ha dejado de tener plena vigencia. Me gusta, especialmente, la definición que del mismo ofrecía, en 1920 el ganadero Félix Moreno Ardanuy, que había adquirido la célebre ganadería de Saltillo, en su libro “Filosofía Taurina”, que escribiera junto a Manuel Serrano del Cid. En sus páginas escribió el importante continuador de los famosos lesacas, atiendan: