En él último capítulo de esta serie, se analiza la diferencia entre peso y trapío en el toro de lidia.
El peso es peso, no es trapío. El toro, no repetiremos lo que nos decía el ganadero, debe estar bien conformado y musculado, enmorrillado, debe tener los ojos vivos y lustrosos, el pelo fino y los cuernos finos y puntiagudos. No nos valen los toros mal hechos, los panzudos sin nada más, los de lomos caídos, los que no levanten la penca del rabo merced a una grupa prominente, sino escurrida y esmirriada. Si la musculatura de ambos lados de los lomos deprime la parte central de éste, formando una canal por el que escurra la sangría de la suerte de varas, si la cabeza es grande pero proporcionada, si los pitones están limpios, acaban gradualmente, no están astillados ni escobillados, si el pecho en ancho y fuerte, si las extremidades son finas y las articulaciones moderadamente pronunciadas, aplaudiremos al toro de salida, porque tendrá trapío. El trapío, que junto con la edad es la primera de las exigencias antes de conocer lo que el toro lleva en su interior, es algo que puede tener un toro de menos de 500 kilos, pero es más probable en reses de algo más de peso, aunque puede estar ausente en toracos anovillados de más de 600 kilos en la tablilla inicial. Una exigencia imprescindible al ganadero y al empresario, y, de nuevo, un componente ético del festejo.
En cualquier rincón de España se lidian corridas de verdaderos toros; sólo se necesitan dos condiciones imprescindibles para ello: un público que así lo reclame y exija, incluso manifestando su disgusto cuando no se le ofrece, y una presidencia consciente de tales exigencias y dispuesta a no dejarse llevar por el mundillo profesional, sino a hacer valer su opinión y mantenerla con firmeza ante cualquier presión; en definitiva espectadores conscientes de su responsabilidad y equipos presidenciales –con los veterinarios al frente- inteligentes, honestos y exigentes. Existen multitud de localidades donde tienen a gala presentar sus corridas como si en la mismísima plaza de Las Ventas se tratara, incluso en pequeños pueblos de nuestra geografía peninsular. Alrededor de Madrid, sin ir más lejos, localidades como Cenicientos, y el llamado Valle del Tietar, presentan unos verdaderos corridones. En Daimiel tienen a gala, como en otros pueblos manchegos que los toros de sus corridas sean de primerísima fila. Novilladas con toda la barba –entiendan hechuras venteñas- se corren en Arganda, Calasparra o Arnedo.
El peso medio de las novilladas en Madrid supera muchas veces los 500 kilos: ¿y me dicen que el toro no puede pasar de cuánto...? El que algunos taurinos recurran a eso de que en plaza de esta categoría no se puede lidiar más que “eso” es una falsedad manifiesta. El primer Reglamento que se hace eco del peso es el de 1917, que especifica que entre Junio y Septiembre los toros tendrían un peso mínimo de 550 kg.; peso que aumenta, en el Reglamento de 1923, y entre los mismos meses, a 570 kg. El resto del año, en ambos casos, solo podrían pesar 25 kg. menos respectivamente. El Reglamento de 1923 especifica que “la comprobación oficial del peso se hará por medio de básculas o romanas instaladas en los empalmes o encerraderos ante el Delegado de la Autoridad, los Subdelegados de Veterinaria y el representante de la Empresa”. Lamentablemente ambos Reglamentos solo se cumplirían en plazas de primera. Y en el comentario inicial a la edición del Reglamento de 1917 se decía que: “Hay la novedad del peso de los toros, y a pesar de que algún ganadero lo impugna, es lo cierto que todos hemos visto en innumerables revistas taurinas, que el toro que no arroja en canal 30 arrobas, se considera de inferior categoría, y que en vida tenga 550 kilos, no es para asombrar a nadie. Cualquier toro de cuatro años, bien criado, arroja ese peso”. Años, por cierto, en los que lidiaba el Conde de Santa Coloma… A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Exijan los públicos lo que desean ver, controlen veterinarios y presidentes lo que se lidia en sus cosos. El respetable paga tanto en Santander, Castellón o Albacete como en Pamplona, Bilbao o Madrid; y lo hace de la misma forma en Teruel –buena afición- que en Cenicientos o Daimiel. Aplíquense el cuento y no se dejen colar gato por liebre, rata por toro, salvo que sea eso lo que deseen.