San Sebastián, domingo 17 de agosto de 2008. Algo menos de media plaza. 6 toros de Victorino Martín, irregulares de presencia, encastados. Cuarto y sexto bravos. El quinto, flojo y soso, el resto embistiendo. Pepín Liria, ovación en ambos. Antonio Ferrera, silencio y ovación. Diego Urdiales, oreja y ovación.
Lo que no se había picado en toda la feria lo vimos hoy; lo que no se habían movido los toros, en buena parte del serial donostiarra, también lo vimos hoy, a pesar de que se les dio de lo lindo en varas. Lo mencionábamos ayer, al que le guste lo de los otros días, con el toro chocho, aborregado, manso, parado y sin casta, y los ficticios alardes ante la nulidad de las ñoñas embestidas –si es que se arrancan los toribundos, con “t”-, para ellos. La verdadera fiesta necesita de toros de verdad, con su cualidad principal que es la casta, y toreros con agallas para ponerse delante, aguantar y mandar en las embestidas. Lo que es una porquería es esa otra fiesta que intenta vendernos el taurinismo imperante como lo más de lo más, cuando es lo más denigratorio y antitaurino que existe. Ese toro mortecino, inválido, añorante del rebaño lanar, que embiste al paso o ni se mueve, que mete la cabecita insulsamente, no es la máxima aspiración del festejo, ni debería serlo del ganadero; horripila al aficionado y hace bostezar al neófito. Sólo las orquestadas campañas a favor del mismo, los aplausos pagados, la cla que arrastra a la ignorancia, consiguen la aceptación popular de esa asquerosidad, probablemente para que ese mismo público –que en fondo muchas veces se aburre-, no vuelva a los toros más que el año que viene. Sin embargo, si ve casta, si se emociona, si el peligro y el riesgo son patentes, si hay movilidad, fuerza y acometividad en el ganado, y toreros capaces de ponerse delante, y sin dudarlos meterlos en la muleta, surge la emoción, el interés, y ese público volverá con ganas a ver anunciado a tal diestro o tal ganadería. No hay más misterio. Una corrida al año y pasar por pasar, o crear afición a base de autenticidad. Hoy Victorino ha echado en Donosti una de las de crear afición, y eso que alguno tuvo poco trapío, pero, como tantas veces ocurre en tales circunstancias, si hay casta y acometividad, si el toro se mueve, busca y persigue, rápidamente vence la emoción al cálculo a priorístico de las hechuras. Hemos visto casta, excepto en el quinto, un toro que debía estar enfermo o Dios sabe qué, porque fue el único que se cayó –y bastante-, para entrar soso y flojeando en la muleta. Una corrida con pitones e interés, unos más bravos y otros más mansos, en los que el ganadero acertó su pronóstico matutino: cuarto y sexto, nos dijo, y cuarto y sexto fueron.
Pepín Liria se despedía también de Illumbe. Su primero se llamaba Verdadero, con 485 kilos en la báscula, cárdeno listón, bragado corrido y tocado, pero con poca culata y escurridito de carnes. Manseó en varas, pero luego tuvo casta y embistió en los engaños, con un buen pitón, el izquierdo, que el murciano no terminó de aprovechar. Liria estuvo descolocado, despegado y llevándolo por las afueras –con pico-, aunque por momentos lo metió y sometió en la franela, llevándolo largo. Al final, con el toro más corto hubo demasiada rectificación de terrenos, y lo mató de un bajonazo casi entero y dos descabellos. En el cuarto, Cuco de apodo, de 530 en la romana, cárdeno oscuro, bragado y tocado de puntas, un toro que cumplió dignamente en varas, derrochó casta y siguió embistiendo en el último tercio, volvimos a ver otro tanto en el diestro. Si la primera faena fue sobre la zurda, en esta hubo lances por ambas manos, mejor colocado pero sólo en los primeros cites. Hubo algún muletazo suelto entre muchos con las características mentadas, como un buen derechazo, un magnífico doblón a media serie, con la derecha, y poco más. Desde lejos pinchó en los sótanos por dos veces, antes de dejar media baja y atravesada y rematarlo de sendos descabellos, mientras oía un aviso.
Ferrera iba de segundo. Su primero se llamaba Bolsillero, de 520 kilos, cárdeno oscuro, listón, bragado y tocado de astas, aunque escurrido de carnes. Manseó en varas, pero tuvo algo de casta y embistió en la franela. Banderilleó el extremeño, destacando un par por los adentros, bueno. Con la muleta estuvo algo dubitativo, y como Pepín, despegado y desde fuera y rematando hacia allá los lances, por utilizar el pico. Como el toro reponía incómodo, al final tuvo que andar él casi más que el bicho; pero no se engañen, alguna vez que le costó arrancar no fue porque no tuviera motor, sino porque con estos toros, como con los santacolomas, hay que cruzarse para que acometan con presteza y boyantía. Dejó un pinchazo desprendido, otro bajo y una entera delantera y algo caída, escuchó un recado del usía y vio como el toro se echaba él sólo. El quinto fue el peor del festejo, Varones le pusieron, lucía capa cárdena bragada corrida y ojalada, 550 kilos, trapío de plaza seria, y armas tocadas. Manseó en varas, donde no tenía fuerza para empujar y salió suelto del segundo encuentro –un picotazo-, se cayó bastante –hasta siete veces le apuntamos-, y fue, lógicamente, soso en el trasteo. Volvería a parear el diestro, apuntándole un quiebro interesante y un cuarteo en la cara, con salto. Y con la muleta, entre las caídas del toro y el mucho pico utilizado, vimos poca cosa de interés. Mejor colocado al natural, se lo pasó cerca en las dos últimas tandas, algo desmayado, con la derecha, a media altura, aunque en los últimos momentos de la faena. Un pinchazo hondo, desprendido, le bastó para que, después de que cerraran al toro en tablas, y tardara en hacerlo, doblase el bicho.
Urdiales estuvo hecho un tío toda la tarde. El tercero obedecía por Hotelero, de 490 kilos, cárdeno oscuro, listón, bragado corrido y ojalado, tocado de cuerna y sin trapío. Fue manso, pero tuvo casta y complicaciones como los victorinos de antaño. Empezó entrando codicioso al capote, le dieron en varas –como a toda la corrida-, y llegó al último trance dispuesto a presentar pelea. Urdiales se colocó desde el principio, con derecha e izquierda, pero tardó en centrarse en la faena, al principio dando pases de uno en uno, rectificando terrenos porque el toro se revolvía incómodo. A media faena cogió la zurda y empezó a mandar, a tirar del toro a su antojo, a alargarle el viaje, de uno en uno, pero, al final, ligados y en redondo, siempre bien colocado y con muchísimo mérito. Buenas fueron dos con la derecha, con mando, colocación y viaje; pero el toro se quedó debajo en un remate, le revolcó sin consecuencias, y aprendió tanto y tan rápido, que ya no hubo forma de darle más. Una estocada entera, algo caída, pero con muchas ganas, sonó un aviso –administrado tarde- y el toro se echó consiguiendo una de las orejas más meritorias –quizá la más- de esta Semana Grande donostiarra. En el sexto, Patanegro, de 500 kilos pero con trapío, cárdeno listón, bragado corrido y tocado de cuerna, vimos a un toro hacer la mejor pelea en varas de la feria: arrancándose de lejos, con alegría, empujando fijo en ambas varas, y teniendo que sacarlo en las dos entradas. Siguió con la misma alegría en banderillas –iba dejando un charco de sangre en cada parada-, y llegó al muleteo colándose por el derecho. Urdiales cogió la zurda, y magníficamente colocado desde el principio le dio una buena serie, cogiéndolo delante, desviando su trayectoria para esquivar el cuerpo del diestro, y mandándole hasta atrás. Repetiría en la siguiente, con las mismas buenas cualidades –lo que es en realidad el toreo-, pero caería algo al coger la derecha, el peor pitón del toro. Se empeñó en sacarle jugo por ese pitón, y a base de tragar, de aguantar, bien colocado, al final lo pudo, dando emoción y haciendo vibrar al público y al que subscribe, ante un toro peligroso por tal lado. Le daría una última serie por la izquierda, colocado, como siempre, en la rectitud, llevándolo largo y toreado, y cuando todo hacía presagiar un buen triunfo del riojano, lo desgració con el acero. Dos pinchazos hondos, arriba, media perpendicular, un poco atravesada y cuatro descabellos le hicieron olvidarse de los trofeos, mientras el toro moría con la boca cerrada. El toro más bravo de la feria, sin duda. Se ganó una ovación de las buenas, a pesar de recibir un aviso, y me permito augurar que con que hubiese matado a la tercera, probablemente hubiera conseguido una oreja de más mérito y verdad que la mayor parte de las cortadas en esta Semana Grande. Eso es torear y eso es una buena corrida de toros. La porquería del inválido descastado, del toribundo aborregado, para el que le guste…