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Una nueva tauromaquia y nuevos premios para Juli y Perera

Más de lo mismo

San Sebastián, sábado 16 de agosto de 2008. Media plaza. 6 toros de Victoriano del Río, desiguales de presencia, mansos, algunos rajados, otros inválidos. El tercero y cuarto embestidores. Julián López, el Juli, silencio y oreja. José María Manzanares, silencio en ambos. Miguel Ángel Perera, oreja y ovación

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Rafael Cabrera - 16-08-08

Lo mismo que ayer. Toros inválidos, rajados, que se salían de las suertes, descastados. Sólo tercero y cuarto embistieron tras mansear en el caballo. Pero ya lo decíamos ayer: esto es lo que buscan los profesionales del día, toros mansos, que no molesten mucho, que si pueden embestir lo hagan con nobleza y sin problemas, como zombis, y que si se caen, que se levanten para enjaretarles cinco mil tandas por ambos pitones. La corrida de Victoriano del Río fue por completo decepcionante, y eso que a un vecino de localidad le gustó muchísimo: aplaudió a todos los toros en el arrastre, aunque se fueran a toriles a medio trasteo, aunque no pudiesen con el rabo, aunque mansearan y salieran sueltos de los caballos. Digo yo si sería amigo del ganadero, porque ninguno de los hoy, con excepción quizá del tercero, merecía aplauso, salvo…, salvo que estemos en la nueva y diferente tauromaquia que se están inventando.

El primer animal se llamaba Lastimado –premonitorio-, de 515 kilos, negro meano, delantero de púas, manso, descastado y rajado al final. Un bicho al que lanceó Julián a pies juntos, con alguna verónica buena, mientras metía bien la cabeza. Después de dos picotacitos –lo más duro que vimos en la corrida-, sólo se cayó cinco veces. Llegado a la muleta, el Juli lo llevó desde fuera y hacia fuera, despegado, con la derecha, y más colocado con la zurda, pero con el toro protestando con la cabeza y con tendencia a rajarse, cosa que haría en la segunda tanda al natural, aunque lo sujetó en los medios todavía. Retomada la diestra, se fue definitivamente a toriles. Costó cuadrarlo porque humillaba, y tras lograrlo le dejó un pinchazo hondo que los peones hicieron media a base de perder tres capotes, y necesitó de 6 descabellos, mientras llegaba un aviso tardío. En el cuarto, sin embargo estuvo Julián mejor. Tenía por mote Casanueva, de 590 kilos, negro meano como el anterior, algo brocho y tocado, manso pero embestidor. Lo lanceó a los medios con algún pase agraciado, y pasó por varas con una vara y picotazo. Volvería a sacarlo a los medios y allí, con la derecha lo fue metiendo en la muleta, al principio despegado y desde fuera, poco a poco llevándolo más toreado, con pases largos. Con la zurda, al natural, hubo dos series en las que la colocación fue mejor al iniciar las tandas. Y de nuevo con la derecha, ligó más, volvió a llevarlo más toreado y largo, y remató la faena con circulares y algún desplante torero entre los pitones –a un bicho que aun podía embestir, ¡ojo!-. Una casi entera, un poco trasera, tuvo que ser rematada, con el bicho en tablas, de un certero descabello, antes de pasear una oreja que, dada la escasa exigencia del público, pareció más justa que la de Perera.

A Manzanares le tocó en suerte un Manifiesto en primer lugar, toro de 525 kilos, negro zaíno, delantero y algo bizco del izquierdo, con poco por detrás, manso, soso y descastado. No hubo nada digno de mención en los dos primeros tercios, y en el último se lo sacó a medios, para, en paralelo, y colocado al hilo, darle una serie con cada mano, mejor la que dio al natural, donde al final se lo metió en redondo, aunque ya evidenciaba, Manifiesto, poco viaje manifiestamente. Con la derecha tomó tres pases antes de tardear, mientras el alicantino hacía lo que podía, con clase, pero algo sucio, y desde ahí fue a menos el toro, así que calculen… Una estocada entera, tendida pero arriba, aunque alargando el brazo, el toro a tablas, y cuatro descabellos necesitó el diestro antes de que el toro se echara por su gracia, no sin antes de escuchar un recado, a su hora. El quinto fue desesperante, se llamaba Batatero, de 565 kilos, negro mulato, listón, tocado de astas, y que a pesar de que pareció cumplir en varas, demostró ser un auténtico buey con malas ideas. Hizo pelea que pareció de bravete, pero luego se dolió en garapullos y en la muleta no le dio la gana de embestir, buscando siempre toriles, incluso andando de lado, cual caballo de rejoneador a dos pistas. Manzanares se empeñó en lancearlo en los medios, donde no había posibilidad, y ambos visitaron la zona de chiqueros en más de una ocasión. ¡Hombre!, ese toro sólo hubiese ido al hilo de las tablas, aunque sabemos que es comprometido, y como el toro se le arrancó de improviso cuando le dio la espalda, con peligro, no era ni aun siquiera seguro en tales terrenos. Un sector del público, imcomprensiblemente, le pitó cuando cogió la espada; a eso se llama ignorancia supina. El diestro dejó media, sesgando y una entera, arriba, de buena ejecución, que lo mató rápidamente.

El tercero, el mejor toro del encierro, se llamaba Zahareño, de 510 kilos, negro meano y sin trapío de plaza de primera, todo lo más justito en segunda división. Fue, aunque manseó en los caballos, noble y boyante, pero Perera se empeñó en ahogarlo al final. Dos picotacitos recibió, sin más, y tres pares en la misma penca del rabo –es exageración literaria, aunque no tanto-. Y Perera se dispuso a lancearlo, comenzando en tablas, a pies juntos y por alto, y siguiendo en los medios, con suavidad, desde lejos –virtudes obvias-, pero acompañando las embestidas: el toro reponía y se remataba él solito, y fue el extremeño dando media altura y despegado, siempre en paralelo –defectos-. Hubo un buen cambio de manos al natural, con clase. En la segunda serie con la zurda –la sexta, ya- acortó distancias y el toro, que hasta entonces había ido de lejos con cierta alegría –aunque a menos en los tres siguientes lances-, empezó a tener menos recorrido y ser más soso. Y la faena se vino abajo, más sucia, y ni con el cambio a la diestra mejoró notablemente. Eso sí, lo cazó de una entera, algo caída –hacia el rincón-, de efecto rápido y la gente pidió y consiguió una oreja que supo a poca cosa. En el sexto, Endiosado –el toro-, de 565 en la romana, castaño listón y tocado, manso, y yendo a menos, sólo vimos una vara, ¡y eso que es plaza de primera! El toro se desplomó en el inicio del trasteo y luego evidenció esa falta de fuerzas con cabeceo incesante, aunque tomaba un par de pases en los inicios de las primeras series, antes de acortar el tranco, entrar al paso y tardear en los siguientes. Perera se empeñó en darle mil muletazos, serie tras serie, para no sacar nada. La gente aplaudía las nulas embestidas de la res y los medios, o cuartos de pase del diestro; y eso cuando el bicho entraba. Tauromaquia de la moderna en su estado más puro. Un arrimón o media docena, que da lo mismo, ante un bicho que no podía con el rabo desde la cuarta serie. ¡Y eso le gusta a la gente! ¡Sorprendente! ¿Qué dirán cuando vean un toro pujante, boyante y encastado y a alguien que lo toree de verdad, con pases enteros y verdaderos, bien colocado, mandando y pudiendo sobre la fiera? Media arriba, un aviso, tardó en doblar bastante –lo que hizo que no hubiera más que tímida petición-, los peones que ahondan el estoque a base de capotazos, y “finis coronat opus”. Este nuevo invento para el que le guste…

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