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La terna y el ganado poco hicieron para levantar la tarde

Verdaderamente lamentable

Madrid, domingo 5 de octubre de 2008. Casi lleno. 5 toros de Peñajara, de irregular presencia, mansos, inválidos o flojos y sin casta, excepto la escasa que mostró el tercero. 1 toro de Jandilla (6º bis), bien presentado, manso, inválido y sin casta. Carlos escolar, Frascuelo, silencio y pitos. Jesús Martínez, Morenito de Aranda, silencio y palmas. José Miguel Pérez, Joselillo, silencio en ambos.

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Rafael Cabrera - 05-10-08
Cuando vimos lo de Peñajara en San Isidro nos hicimos muchas ilusiones, pero lamentablemente los hechos no han venido a ratificar las mismas, sino muy al contrario. Los lidiados en la feria del Aniversario, los de Colmenar Viejo, o estos de hoy, han mostrado una cara inequívocamente pareja: mansedumbre y falta de fuerzas por doquier. Al menos dos de los lidiados en el mes de junio en Madrid embistieron; lo de hoy, ni eso, apenas uno, el tercero ha querido hacerlo y se lo han impedido las escasas fuerzas de las que disponía. De presencia, por si había algo que añadir, ha habido de todo, desde un bicho anovillado como el tercero, a alguno más sin rematar por detrás, aunque en general con leña por delante. Y de fuerzas, verdaderamente lamentable… El presidente de esta tarde, don Julio Martínez, se mostró muy reacio a enseñar el pañuelo verde y con ello tuvimos que soportar en el ruedo animales cayéndose cada dos por tres y algunos que debieron volver para toriles sin dudarlo un momento. Un encierro lamentable.

Frascuelo, después de algún festejo triunfal –no sé si triunfalista- como el de San Lorenzo de El Escorial, volvía a Madrid tras su tremenda cornada de San Isidro. Había expectación y ganas por verle hacer el paseíllo, por admirar cómo anda por la plaza, por aplaudir la clase que atesora y ese regusto clásico que muestra en ocasiones. No sé si muchos se habrán mostrado defraudados con lo de esta tarde, pero ha vuelto a dejarnos esas frescas gotas de rocío que rejuvenecen el toreo de siempre, aunque no hayan llegado a calar en el ánimo y en el corazón de los aficionados. Su primer toro era un Lampiño cualquiera, de 519 kilos, negro bragado corrido, con dos señoras velas, manso, flojo y descastado. ¡Lástima! Intentó lancearlo con ese regusto suyo sin conseguirlo, y después de una primera vara aparente, saliendo suelto, y una segunda en la que empujó un poquito, llegó a la muleta distraído y defendiéndose por el derecho. Aunque se había colado por el izquierdo con la capa, luego no volvió a hacerlo. No se confió el espada, pasándolo desde fuera y despegado, metiendo el pico, pero es que el toro pronto dijo que nones, y se fue a chiqueros, donde terminaría la faena, con medias arrancadas. Se dobló el matador, lo intentó por la zurda con el bicho ya aplomado e inmóvil, y lo remató de un pinchazo saliéndose, una casi entera alargando el brazo y un descabello, mientras oía un aviso. El cuarto se llamaba Cartuchero, pesaba 543 kilos, era colorado ojo de perdiz, tocado de puntas, manso, con genio, bronco y flojo. Frascuelo dejó una buena verónica, por el izquierdo, de recibo, cuando el toro parecía que metía la cabeza, cosa que dejó de hacer en lo sucesivo. Llegado a la muleta el toro empezó a echar la cara arriba y derrotar por alto, poniéndole los pitones más allá de la altura de la cabeza. Colocado intentó meterlo varias veces en el engaño, y al ver que no lo conseguía, se dobló bien con el bicho entre la incomprensión general. No había más que hacer y al menos estuvo breve. Pero en lo que no lo estuvo fue en la muerte: media chalequera, otra media, atravesada, y con el toro en tablas, dos descabellos antes de ver como barbeaba las tablas y se echaba él solo. Pinceladas sin más.

A Morenito de Aranda le tocó un Primero en segundo lugar; era un toro de 515 kilos, berrendo en colorado, tocado de astas, manso, inválido y descastado. Empezó dando una semivoltereta y siguió cayéndose en la muleta. Brindó el burgalés al respetable, antes de iniciar una faena insulsa ante un bicho que tenía medio viaje e iba con la cara alta por no poder humillar. Las series fueron cortas, al hilo, no demasiado limpias -al final bastante enganchadas-, muy cercanas al nihilismo. Un pinchazo y media arriba de la que se murió con brevedad y silencio en la plaza. El quinto obedecía por Pelotieso, de 520 kilos, negro bragado y meano, tocado de cuerna pero con culo de pollo, manso, y aunque embistió lo hizo sin casta. Lanceó a la verónica sin gran historia, y con la muleta entre las manos se encontró con un toro protestante y distraído. El trasteo, por tanto, no fue ni católico ni ortodoxo: desde fuera, acompañando o aprovechando las insípidas embestidas del morlaco, en paralelo, sin bajar la mano. Sólo en la quinta y sexta series se colocaría mejor, pero con lances enganchados, una con cada mano. En definitiva, nunca obligó y lanceó casi siempre sin forzar, en paralelo y a media altura. Una entera en el rincón y algo tendida, tuvo efecto inmediato. Triste impresión la dejada.

Joselillo también venía con el triunfo isidril a cuestas. Su primer toro se apodaba Aparcero, de 535 kilos, colorado, bragado corrido y ojo de perdiz, pero sin trapío –no sé quién pesa algunos toros-. Y de condición mansa, floja, y aunque con alguna casta yendo a menos. Y es que el toro, a pesar de su escasez de energías, quiso embestir, arrancarse de lejos y con recorrido, pero sus limitaciones físicas se lo impidieron en buena medida. Algo rebrincado y con cabeceo al finalizar los lances al principio, mejoró algo a media faena, para hundirse al final, y acabar defendiéndose. El diestro siempre estuvo fuera de la rectitud y muy despegado, toreando a media altura para no tirarlo, y sin transmisión; desdibujado en ese valor que mostró en el mayo madrileño. Una estocada entera, trasera y desprendida de posición, pero entrando recto, fue su colofón. En el sexto se repetiría la película en cuanto al actor se refiere; el toro fue muy otro, era un Jandilla, de nombre Bananero, con casi seis años, 547 en la tablilla, jabonero claro de capa, tocado, basto de hechuras, manso e inválido. Después de pasar por el simulacro de varas que se estila en estos tiempos, incluso en Madrid –de lo que hemos tenido cumplidos ejemplos en días pasados, especialmente en la encerrona de Perera, pero también en los otros festejos-, y dolerse en banderillas, llegó a la muleta entrando poco más que al paso. Hasta ocho series le daría el madrileño sin sal, desde fuera y despegado –excepto en un pase-, mostrando pico y a media altura. El bicho ya andaba mortecino a media faena, así que la eutanasia final se produjo de una entera caída, entrando al sesgo. Otra decepción vespertina. Una corrida, en conjunto, lamentable.

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