Fue un encierro de victorinos que parecían de otro hierro: pastueños, dóciles en la muleta, boyantes, repetidores; alguno hasta soso en sus buenas costumbres, educados y con urbanidad de colegial de antaño. La dulzura en sus embestidas, no exenta de algún aderezo de casta, no en abundancia, molesta o con genio, sino con aquel leve sentido de la responsabilidad en sus embestidas. “Ya que embisto con nobleza voy, acepto el engaño, pero, ¡hombre!, ¡lléveme toreado, porque si no me revuelvo!”. Tan sólo el segundo, y un poco el cuarto, mostraron esas complicaciones prototípicas del encaste albaserrada, mirando, buscando, entrando incierto y con peligro en algún trance. Corrida dulcificada pero con castita, a la postre, que hizo que embistiesen sin aquel picante, sin aquella acometividad, sin aquel genio desbordante de los de antaño, o algunos de los de hogaño. Si les ponen ustedes el hierro de alguna ganadería comercial en buen momento, pasan y cumplen como tales. En lo demás, hubo de todo, poco bueno. Mansearon en el primer tercio, pese a apariencias fingidas en alguna primera vara; y de trapío, en términos generales, anduvieron justitos, tapándose muchos por la cabeza, generosa, bien armada y casi veleta en varios casos. De carnes… pocas, el tamaño de alguno, raspando la permisividad de esta plaza, y en ocasiones con algún comentario del respetable sobre su anovillamiento. Pero a la postre, como lo que interesa es que se muevan y ofrezcan pelea, el público acabo transigiendo con los escurridos cuartos traseros o lomos de algunos, viendo como repetían en el capote.
Vaya por delante que los pitos escuchados por Ferrera fueron de todo punto exagerados, injustos a mi juicio. Su primero era Mecenas, de 501 kilos, cárdeno de capa y bien puesto como sus hermanos, con cuartos traseros almendrados, manso, pero noble, boyante y encastado. El toro repitió codicioso en la capa, humillando hasta el punto de mancharse el hocico con la cal de las rayas de los picadores. Luego saldría sueltecillo de ambos encuentros, a pesar de arrancarse de lejos, bien puesto por Ferrera, que dio unas verónicas en su quite. De los tres pares que puso, colocaría uno bueno en la cara, por los adentros, y daría un buen quiebro en tablas. El toro, en la muleta, era la bondad y la repetición ejemplarizantes -y eso que se coló de entrada una vez-, yendo largo, con viaje y transmisión. Ahí Ferrera no estuvo a la altura; no es que estuviese rematadamente mal, es que el toro pedía y tenía mucho más. Templó bien el diestro, especialmente bien en diversos pasajes del trasteo, pero no terminó de colocarse en su sitio más que en una de las tandas –al natural- y aprovechó, más que mando en otros momentos. Aseadillo, sin más, ante un toro de los que se llevan al público de calle, eh ahí el misterio de esos pitos. Eso sí, dio una buena estocada arriba, entrando con el brazo por delante, de la que murió con casta el de Victorino. El cuarto pasaba por Medialuna, de 517 kilos, manso, complicado, pero con castita. Volvió a parear el pacense de adopción, pero sin las apreturas ni limpieza anteriores. Con la muleta estuvo descolocado y un tanto atropellado o acelerado por momentos, alargando el brazo para echárselo afuera. Dos momentos tuvo la faena: el inicio, por bajo y torería; y la firmeza ante el viaje del toro que no terminaba de rematar las suertes, revolviéndose antes de tiempo. Toda la faena se construyó sobre la izquierda -por el derecho entraba peor- y al final le daría dos buenos naturales, tirando de él pero sin remate. Lo mató de pinchazo, otro aguantando, y una entera baja.
Diego Urdiales tuvo que pechar con el más complicado del encierro: Morisco, de 530 en la tablilla, escurrido, incierto, manso y peligroso. Ya de salida mostró su querencia por toriles, y allí habría de volver varias veces. Después de dos primeros tercios sin historia positiva que contar, llegó a la muleta cortito y frenándose a medio lance. Enganchaba con frecuencia el engaño al pegar la tarascada defensiva, revolviéndose buscando al diestro. Era la típica alimaña de los victorinos de antaño, que hoy no encuentra lidiador adecuado. Urdiales lo intentó al principio con dudas, luego peleándose bien con él y aguantando mucho antes y durante los cites; para acabar doblándose con él. Una buena estocada, en los rubios y a esperar el quinto. Que fue Platafino, de 512 en la báscula venteña, manso, pero noble y boyante. Pareció empujar de riñones en la primera vara, pero manseó en la segunda, y llegó a la muleta con ganas de embestir. Urdiales sin colocarse como le hemos visto en Madrid, San Sebastián o Bilbao, sino más bien fuerita, lo fue encelando y ligando en la muleta, pero como parece que está de moda, atrasando el pie de entrada, esto es sin cargar la suerte, sino al contrario. Es verdad que le ligó algunas tandas, pero también las hubo sucias y despegadas. Acabó acortando las distancias, colocándose hacia la pala del pitón, entre la algaraza general, pero ahogándolo un poco, en sitio donde los pitones no ofrecen el mismo riesgo que cuando uno está colocado en la rectitud del toro, terciado el cuerpo. Una estocada contraria, por atracarse, aunque ahondada con el tacón de la mano al salir, le ganó una oreja con una petición que apenas llegó al mínimo posible. Otro toro, francamente bueno, se fue con la otra oreja al desolladero.
Luis Bolívar se dejó también sus trofeos en la cabeza de sus toros. El tercero se apodaba Pacense, de 490 kilos, escurrido y pequeño aunque con leña, manso, noble y boyante. Dio una verónica buena y dos grandes medias en su quite; de lo mejor del festejo, sin duda. Fue bien lidiado y pareado por su cuadrilla, y llegó a la muleta con recorrido y generosidad. Después de recibirlo en los medios, daría una buena serie con la zurda, con un gran natural, largo, con mando y por bajo, que levantó un olé sincero del coso. En la siguiente, con la derecha, bajó el nivel, y poco a poco la faena se fue diluyendo en superficialidades, sin bajar la mano como antes, y mandando menos. Hubo pases, pero no arrancaban olés como el anterior, a medida que la gente veía, cada vez más, las bondades del toro. Terminó al natural con la derecha, esto es, sin montar la espada para aumentar la superficie de la muleta, abandonada tras clavarla en la arena. Una estocada entera, arriba, recobrado el acero, saliendo revolcado de la suerte, un aviso y dos descabellos pusieron punto y seguido a su labor. El sexto obedecía por Mechero, con 514 a los lomos, noble, boyante y pastueño. No le vimos en el capote, pero en la muleta, tras ser bien banderilleado, demostró dulzura sin igual. El trasteo fue anodino, a media altura, en redondo, sí, pero sin emoción, más mecánico que nacido del corazón, con oficio, pero sin ángel. Hubo pico excesivo para las bondades del animal, colocación excéntrica y despegamiento. Un pinchazo caído, y desde fuera, una casi entera desprendida, fueron rematadas con un certero descabello. Una corrida bonancible que tuvo que irse por la puerta de arrastre sin mayor número de apéndices auriculares.