A partir de esta semana Rafael Cabrera, director del programa El Albero de la Cadena COPE, comenzará a publicar una serie de artículos relacionados con el toro bravo, elemento esencial de la Fiesta Nacional. Edad, el concepto de trapío, la casta y bravura, entre otros, serán temas que se analicen en estos artículos.
El toro de lidia es uno de los dos pilares básicos del festejo. Toro y torero, que con la participación accesoria del público, imprescindible para considerarlo como fiesta, como espectáculo público, conforman la trilogía necesaria para que el más grandioso de los festejos exista, aquel donde se “muere de veras”, como en frase apócrifa, aunque ciertamente posible, se atribuye a Cúchares o a Mazzantini entre otros. Con ello y todo, toro y torero son sus dos máximos protagonistas.
Toro. Toro bravo. Toro encastado. Toro en plenitud. Toro con sangre y trapío, en su plena esencia, sin artificios ni manipulaciones de ningún género. Toro íntegro, como debe serlo el torero, como lo será, en definitiva, el toreo. El toro necesita, para ser considerado como tal, de una edad y un trapío acorde a su propia naturaleza, a su raza..., sí..., qué duda cabe, también a su encaste. Y sobre todo ello, la casta, la acometividad, la bravura.
Hemos consentido los aficionados, a lo largo de varias décadas, la rebaja de la edad para considerarlo ya como adulto, como toro y no como novillo. Desde antiguo, a principios del siglo XX, y hasta el reglamento de 1923, sólo eran considerados toros aquellos que contaban con cinco o más años de edad. Se transigió con la tesis de algunos ganaderos, que nos impusieron el novillo de cuatro años, porque con nuevas y modernas técnicas de alimentación se aceleraba el crecimiento y se cerraba la boca (la dentición) algo antes. Toro, pasó a considerarse como el de cuatro años y cinco hierbas, cumplida ya la primavera de cada año, con el aporte de la nueva y rica hierba tras las penurias invernales. De ahí, y en unos cuantos años más, lo dejamos en los cuatro años estrictos. Y ya hay voces que reclaman o que consiguen, por mor de complicados artificios con guarismos y meses de parto, colocar como toros o novillos a reses que probablemente no hayan cumplido los cuatro o los tres años de vida. No hace mucho, en la propia plaza de Las Ventas, el primer día de un cierto mes, una buena parte del público cantaba el “Cumpleaños feliz”, a un toro nacido ese mismo mes de cuatro años antes. Habremos de creer que ese hipotético toro –que todos suponíamos novillo- tenía que haber nacido obligatoriamente el mismo día 1, porque, de otra forma, no sería aun toro, sino utrero de tres años y pico, nunca de cuatro cumplidos.
Pero la edad no es sólo una exigencia numérica, arbitraria o vaga. Es la exigencia ética de que la res que se lidia tiene no sólo un determinado número de años, meses y días de existencia, sino que ha llegado a su madurez comportamental y vital. En un festejo mayor, donde se enfrentan a diestros ya curtidos en años de aprendizaje y dura brega con animales menores, donde habrán de ser lidiados por espadas de alternativa, no podemos consentir que se lidien animales que no tengan esa mínima edad, que no sean adultos, con el sentido, la acometividad, el instinto desarrollado que les confiere el paso el tiempo. Y si no, bastará con reducir la categoría de quienes a ellos se enfrentan, de diestros con alternativa a novilleros, sin más, y con vuelta al escalafón inmediatamente inferior.
La edad, por tanto, cualifica y califica al toro, distinguiéndole del novillo. No es un simple guarismo grabado en el arranque de la mano derecha del animal, en su brazuelo. Es un compromiso ético, es una obligatoriedad legal, es una garantía de comportamiento en definitiva, sea éste mejor o peor que sus hermanos más pequeños.