Valencia, miércoles 18 de marzo de 2009. Tres cuartos de entrada. 6 toros de La Palmosilla (incluso el sobrero), bien presentados, inválidos, mansos, sin casta. Apenas el cuarto embistió un poco. Julio Aparicio, silencio y oreja. Alejandro Talavante, ovación en ambos. Daniel Luque silencio en ambos.
Fallas, miércoles 18 de marzo de 2009
Si ayer no vimos más toreo que lo mostrado por Jiménez en el tercero; hoy el festejo ha estado marcado por el desastre ganadero. Inválidos como los tres primeros (incluso el devuelto) es difícil encontrarlos, pero supongo que la selección tendrá mucho qué decir en estos asuntos. No hay más que buscar la docilidad absoluta, aunque el bicho no pueda ni moverse, para que en dos o tres generaciones tengamos la estatua de sal o el toro de Guisando. “Toreabilidad” lo llaman los ganaderos del momento, pero en definitiva se trata de seleccionar al toro sin casta, para que no moleste al que se pone delante, y pueda desde darle infinitos lances y hasta sacar una manzana y pelarla como en el famoso número de Gila. Y venga toreabilidad y más toreabilidad, y vengan después las campañas orquestadas contando a los pocos aficionados que van quedando o al público en general que “eso” es la panacea, el Dorado ganadero, el “non plus ultra” de lo que debe ser el toro bravo. Y si uno sale y embiste con acometividad o genio, o simplemente con alguna brusquedad inicial, pues se mata a la madre... que le parió.
Lo de ayer, como comentaba algún amigo, también hace falta porque ya no existen las mojigangas al uso del siglo XIX o principios del XX. Antes teníamos al “Sultán y las odaliscas”, “La toma de la Venta”, “Don Quijote y Dulcinea”, “La fragua de Vulcano” o “La toma de Tetuán”, a los negros salvajes, don Tancredo, el hombre hierba –o su imitador el hombre musgo-, las banderillas en bicicleta o con la boca, y las geniales cuadrillas del Charlot y su Botones, Llapisera, La Banda del Emplastre, o tantos otros. Incluso entre ellos había su parte seria, en la que actuaban espadas de alternativa –como también Jiménez- que daban cierto nivel al espectáculo entre risas, guasa y bromas. Y de la “fragua” salió, nada más ni nada menos que el propio Frascuelo, rival durante treinta años del genial Lagartijo. Así que un respeto.
Pues hoy el ganado “palmosillo”, a punto de palmarla desde que salió, ha dado al traste con el espectáculo. Nada han hecho, ni podido hacer los tres espadas, y apenas Aparicio ha mostrado su calidad, a ramalazos, en el único que medio se ha sostenido sobre sus patas. La presidencia, hoy, desgraciada: tenía que haber mandado a los corrales a casi toda la corrida, derechita al infierno de la ignominia y del cachetazo entre penumbras.
Y vayamos al poco juicio que, de lo visto, podemos hacer. El primer animalejo –sustituto de otro inválido titular- se llamaba Piconero, de 478 kilos, negro listón, tocado de armas, manso e inválido como su hermano. Se cayó antes de varas, lo hizo patas arriba a la salida del primer refilonazo, y otro tanto después de un segundo encuentro en que ni le rompieron la piel. Y en el breve trasteo de tres series y media, cuatro más. Ni con las suavidades de Aparicio pudo tenerse en pie el “palmosillo”. Dos pinchazos a la “juida” y una entera, desprendida, con cuarteo, necesitaron de un descabello. El cuarto fue Papelón, de 521 kilos, castaño, delantero, manso, flojo, noble y boyante. Aparicio lanceó con gusto en alguna verónica de recibo, mientras el toro se caía por vez primera. Luego besaría el suelo en otras dos ocasiones, antes de llegar a la muleta, sin que apenas lo picaran. Don Julio salió dispuesto y sacó algunos muletazos de extraordinaria clase –dos con la derecha en la serie inicial tras el tanteo, firmas y trincherazos varios, un derechazo mirando al tendido en la tercera, un magnífico de pecho en la misma y en la siguiente y así algún otro- pero dentro de una faena un poco deslabazada y sin continuidad, con enganchones que la ensuciaron un poco. Pero la torería y el empaque del sevillano, el clasicismo que destila, se impuso al detalle de la faena, quedándonos un regusto de toreo de otra época, mejor dicho, de todas las épocas: Toreo. Lástima que no fuese más maciza. Dejó medio espadazo, desprendido y un acaso delantero, que fue suficiente y consiguió esa oreja, más bien facilona.
Talavante se vio en primer lugar frente a Espantado, un animalejo de 516 kilos, castaño, delantero, manso, flojo y bajo de casta, o soso si quieren. Dos caídas antes de varas, una durante y un par después, marcaron lo que el toro era. Alejandro comenzó por alto, a pies juntos, pero ya se vio, por el calamocheo y poco viaje de la res en la segunda tanda que nada podría sacar en positivo con toreo largo y profundo, así que optó por acortar distancias, dar medios lances, y buscar el recurso encimista, muchas veces en la pala del pitón, y sin demasiada limpieza. Media estocada caída y atravesada, un aviso y un descabello pusieron rúbrica a la tarea. El quinto pasaba por Carbonero, de 575 kilos, jabonero, delantero de armas, manso, inválido, soso y con ganas de rajarse al final. Lo de la inexistente suerte de varas nos recuerda a lo mentado días atrás: sustituyamos este espectáculo degenerado, grotesco, absurdo e inútil, por la colocación de la divisa, que con su arponcillo hace ya más sangre que los dos encuentros con los caballos. Sólo se cayó en tres ocasiones, pero es que su escasez de fuerzas se manifestó, sobre todo, en el acortamiento del viaje. Y de nuevo el extremeño volvió a las cercanías encimistas, en la pala la mitad de las veces, y con los mismos peros que en la anterior faena. Un pinchazo arriba, bueno, y una entera, contraria y atravesada, requirieron luego de tres descabellos, oyendo un recado del presidente.
Menos aun pudo hacer esta tarde Luque, al que le vimos capotazos con mucha clase. Su primero era Resultón, de 514 kilos, berrendo en negro, delantero, manso e inválido. Visto lo poco que prometía decidió pasarlo de uno en uno, dándole aire, rematando por alto, pero es que el bicho era cadáver ya en la tercera tanda. Siguió porfiando dos más, con nulo resultado y le dejó una estocada entera, buena de ejecución como pocas, y un pelín trasera de posición, que lo mandó a los infiernos. En el sexto, de nombre Rompedor, con 578 kilos, colorado de capa, delantero con tendencia a abrochar, manso, descastado y flojo, aun menos pudo hacer. Porque, o bien por falta de energías o por falta de casta, o por ambas, el animalejo éste, dijo que no pasaba, decidió quedarse a medio pase y tirar el gañafón correspondiente, y hubo de matarlo, tras intentarlo con voluntad, de media caída por atacar desde lejos y un certero descabello.
Los “palmosillos”, en resumen, a lo propio, medio palmados de salida, al final estropearon por completo el festejo.