Santander, domingo 27 de julio de 2008. Lleno. 6 toros de Luís Terrón, mal presentados –los dos primeros novillejos indignos-, mansos y deslucidos. Sólo el primero cumplió. Andy Cartagena, silencio y palmas. Sergio Galán, ovación en ambos. Diego Ventura, ovación y silencio
Ya se pueden ustedes imaginar lo que es una corrida de rejones sin orejas. Como un mar sin agua, como un desierto sin arena, como un jardín sin flores; algo tan consustancial a los rejones como las orejas ha brillado hoy por su ausencia en Santander. Culpables… los toros de Terrón, mansos y sin juego, excepto el primero y algo el tercero, que embestía a oleadas. Responsables…, no busquemos responsabilidades porque quizá nos llevaríamos sorpresas indeseadas; al menos diremos que tampoco los rejoneadores pusieron toda la carne en el asador, les faltaron ganas, meterse más en los terrenos de los bichos, buscar las suertes más de frente –ya que los toros esperaban a pie firme e inmóviles como los de Guisando-, clavar más en el estribo y menos en la grupa. Eso sí, no hubo grandes caballadas, los adornos en su mayoría se hicieron en la cara de los cornúpetos, salvo algunos cites o la manera de ir hacia éstos, lógicamente mostrando al público domas refinadas o espectaculares. Pero, repito, faltó meter más al público en la corrida, calentarlo con más verdad –o quizá es que buscaran los espectadores más espectáculo caballístico que rejoneo, en cuyo caso, nos echarían toda la argumentación por tierra a cambio de encontrarnos con menos seriedad y ganas de ver rejoneo que circo ecuestre-.
El primero, un bichejo inapropiado para plaza de tercera, era Narciso, de 488 kilos, negro –como todos los de la corrida-, pero sin trapío digno de alguna consideración, aunque cumplió en cuanto a juego se refiere. Andy Cartagena lo recibió con Bético, poniendo un rejón de castigo a la grupa, arriba, y tras pasar en falso, puso otro de la misma manera. Después sacó a Maravilla para poner una banderilla sin historia, dar tres cabriolas en la cara –bien, hay que hacerlas cerca de los pitones y no a veinte metros de distancia-, y poner otra con toque de caballo, encelándolo a dos pistas. Luego recurrió a Manili, para poner otras dos banderillas al violín, pasadas, y montaría a Fortuna para poner tres de las cortas. Mató a lomos del mismo caballo de un rejón arriba, un poco atravesado, tras pasar en falso. El peón pisaría el rabo al toro para evitar que se levantara una vez echado y antes de apuntillarlo un compañero. Silencio en las gradas. El cuarto se llamaba Nubito, de 595 kilos, con cuajo de toro, manso y descastado. De nuevo inició con Bético poniendo dos rejones a la grupa, uno en su sitio y otro pasado, mientras el toro iba y venía distraído. Montaría después a Fandi, llevando el toro con clase a la grupa del caballo, pero sin conseguir meterse en el terreno del toro para colocar una sola banderilla, por lo que se lo llevó y sacó a Manili, y con éste sí, cayeron dos banderillas, al violín y al sesgo, la última mejor. Luego exhibiría a Pericalvo, entrando en suerte con trabajo de los traseros y citando con cambio de manos, para poner una banderilla aceptable, y con el bicho inmóvil, cual estatua de sal, pondría otra más al estribo, buena y se adornaría tocándole el testuz. Por último sacó a Carioca poniendo unas cortas al violín, con toque de montura, y poner tras pasar alguna vez sin clavar, un rejón arriba, trasero, y pie a tierra necesitó hasta 6 descabellos para rematarlo.
El segundo toro se apodaba Botinero, y podía haber sido el ejemplar que algunos tienen sobre el televisor, 491 kilos y sin cuajo por ningún lado que le miraran. Sergio Galán montaba a Charro e hizo un recorte con los posteriores de salida, bueno, encelándolo a la grupa. Pero el toro era, además de manso, flojo, y así puso con dificultad un rejón de castigo a la grupa, saliendo distraído el bicho y cayéndose después. Sacó después a Vidrié, templando bien al toro, sacándolo bien de tablas, para poner una banderilla al quiebro y toreándolo a dos pistas. Volvería a caerse el novillejo, volviendo a poner el rejoneador una al quiebro, dar una especie de verónica a caballo y repitiendo el llevarlo a dos pistas. Con Montoliú, con el toro como si fuese de escayola, clavó otra en quiebro muy en corto y otra más al estribo, buena. Y por último montó a Ciclón para poner dos cortas a la grupa y matarlo de medio rejón clavando hacia atrás. En el quinto vimos el mejor toreo a caballo de la tarde. Se llamaba el astado Bailarín, de 484 kilos, bien de trapío, aunque corto y algo chico, manso y parado. Montaba a Camino para iniciar, pero ya manifestaba el toro sus nulas cualidades, con mucha mirada a chiqueros y poca iniciativa. Cuando clavó el rejón pegó el toro una coz y salió de estampida, y haciéndolo todo Galán puso otro de castigo, bueno, dando los pechos y en su sitio. Luego montó a su caballo Capea, encelando al toro a la grupa poniendo una banderilla al sesgo, bien, y saliendo con paso español. En corto y de frente pondría otra, aunque a la grupa. Sacó del patio de caballos a Apolo XXI, para poner una suelta y un par a dos manos, clavando como se debe. Y por último a lomos de Ciclón, pondría dos de las cortas, metiéndose en el terreno del toro, hizo el teléfono, y ante un bicho muy aplomado le pincharía hasta tres veces –nada buenos- para acabar finalmente con un rejón de muerte trasero y caído. Ovación.