Santander, sábado 26 de julio de 2008. Lleno. 6 toros de Victorino Martín, bien presentados, salvo el tercero –más lavado de carnes-, mansos y con juego desigual. Encastados primero y segundo, complicados tercero quinto y sexto, abanto y tardo el cuarto. Juan José Padilla, pitos y vuelta protestada. Antonio Ferrera, ovación y silencio. Diego Urdiales, silencio en ambos.
Los victorinos que empezaron ofreciendo un buen juego, con casta y dificultades pero con sendos pitones buenos, fueron cayendo en el genio y las complicaciones a lo largo del festejo. Y como hemos dicho tantas veces, ya no quedan toreros para estos toros. Sí que los debió haber para los dos primeros, que tuvieron un buen pitón cada uno, pero hoy no estuvieron acertados sus respectivos matadores, no los llevaron como debieron, desaprovecharon la nobleza y boyantía de esos dos ejemplares que llegaban a los tendidos, aunque sólo fueran por un pitón. Más genio que casta, en definitiva, porque la casta es esa embestida franca, repetidora, ese ansia de pelea y búsqueda de la cometida incesante, pero de buena fe, sin aviesas, tortuosas o arteras intenciones, acometidas que no siempre tuvieron los de hoy.
El primer toro, que correspondió a Padilla, se llamó Borrascoso, de 532 kilos, cárdeno, tocado de cuerna –como sus hermanos de encierro- y cariavacado –como sus compañeros-, en general –al igual que sus congéneres- en el tipo de la ganadería. Fue manso en los caballos, pero boyante por el pitón derecho y complicado por el izquierdo. Padilla lanceó con dos largas afaroladas de rodillas, al hilo de tablas, y luego con bastante movimiento, pese a los aplausos generosos. Banderilleó con Ferrera –un buen par en la cara, al cuarteo- y comenzó la faena de rodillas. Todo hacía esperar una de sus faenas efectistas, y en buena medida así fue. Sin embargo el toro tenía un buen pitón derecho al que no le sacó el juego oportuno, primero colocado al hilo y en paralelo, luego metiéndoselo a medio pase sin corregir posición, más adelante con enganchones varios, y al final, más colocado, sin profundidad. Unos naturales sin historia porque el toro se quedaba más corto y revolvía, y unos adornos populistas tampoco mejoraron el panorama, aunque éstos llegasen a las masas. Con la espada dejó una entera, arriba pero que hizo guardia por el lado derecho, quedándose en la suerte y saliendo con un varetazo, oyó un aviso, y lo descabelló a la primera. Un buen toro desaprovechado. En el cuarto, Playero, de 598 en la romana y cárdeno también, topó con un manso, abanto y con poca casta –si alguna- que tardeaba al entrar una barbaridad para luego repetir tres pases seguidos y volver a desentenderse. Volvió a banderillear, pasado en este caso, y con la franela comenzó a pasarle en unipases por la condición del bicho, sin dejarle la muleta en la cara y por ello sin ligar. Luego seguiría con la derecha, ligando más, pero saliendo el toro distraidote hacia toriles en muchos de los lances. Lo intentó una, y otra y otra vez, el toro cuando entraba lo hacía con cierta nobleza, pero sin repetir y costándole un esfuerzo tremendo entrar en cada pase. Al final, visto que no había posibilidad de torearlo de verdad, se puso el diestro jerezano populista como él sabe, con giros en la cara, agarres de lomos, saltos, brincos y desplantes en la cara del toro, efectismo que no sacó las embestidas nobles aunque tardonas que el bicho pudo retener para sí. Perfilado retorcido, dejó una entera, bastante baja, con desarme que le mató, y dio una vuelta con bastante división de opiniones.
El segundo, para Ferrera, se llamaba Platanero, de 585 kilos, negro entrepelado, bizco del izquierdo, manso y con un buen pitón, el izquierdo. Parearía el pacense con su compañero, sin lucimiento a pesar de aplausos, y llegado el último tercio se lo sacó a los medios. Con la derecha el toro llevaba la cara alta, remataba por alto y punteaba en exceso, pero con la izquierda iba bien, más largo. Se dio cuenta el matador, y pese a unas probaturas iniciales deslucidas, lo fue llevando mejor, más en redondo, más toreado, colocado en la rectitud el diestro, aunque sin demasiada continuidad, por momentos de uno en uno. Una serie con la derecha, más embarullada bajó el interés, y la siguiente, con pases más cortos y sin rematar el lance, se desinfló bastante. Llegó un aviso sin entrar a matar –hoy hubo seis en los seis toros-, y le embutiría el estoque de una entera desprendida, un poco atravesada y trasera, que necesitó de tres descabellos. El quinto se apodaba Esclavino, de 536 kilos, cárdeno y tocado, pero manso, complicado, y con genio. En banderillas lo hemos visto mejor muchas veces. El toro empezó quedándose a medio lance con la capa, revolviéndose y cabeceando, y así seguiría hasta la muerte. Lo mejor lo hizo Ferrera al final, y debió hacerlo al principio de la faena: se dobló con clase, sin mucho movimiento y con pases de pitón a pitón por bajo. Lo demás fue intentar darle derechazos y naturales quedándose el toro debajo, o aguantando derrotes de entrada, lógicamente sin mucha limpieza. Tres pinchazos, un aviso y un bajonazo entero, y el toro se echó.
El tercero de la tarde se llamaba Musolari, de 502 kilos, algo más lavado de carnes que sus hermanos, menos cuajado que ellos, cárdeno oscuro, con tendencia a abrochar los pitones, pero tocado, y manso, complicado y descastado. Urdiales lo recibió por delantales, rematados con media en los medios, nada más apropiado. La verdad es que entre las brusquedades en las embestidas, lo incierto de muchas de sus arrancadas, lo inopinado y repentino de algunas, el escaso viaje y lo que se revolvía, al riojano le tocó un regalito de cuidado. Pese a ello vimos tres buenos naturales a media faena que nos hicieron concebir alguna esperanza, pero fue un espejismo. No terminó de poderlo, la faena se fue ensuciando con toques del bicho a la muleta y ni con izquierda ni derecha le sacó algo apreciable, a pesar de sus intentos y de colocarse bien al final. Un aviso, un pinchazo atravesado y una estocada entera, delantera y caída, remataron al bicho. El sexto fue otro prenda, llamado Planchador, de 609 kilos, cárdeno y manso y complicado. No hubo qué comentar en los dos primeros tercios, y llegado al último trance, el animal entraba ciñéndose, quedándose corto en sus arrancadas y revolviéndose con problemas y peligro evidente. Colocado siempre el matador lo intentó hasta la extenuación, pero tenía que corregir constantemente la posición; incluso probaría a meter mucho pico y dar salida excesiva, sin que el toro mejorase en su acometida. Un pinchazo arriba, un recado del presidente, otro más y una entera delantera lo hicieron doblar definitivamente, a las dos horas y media de festejo y con la sensación de haber disfrutado de un espectáculo… muy aburrido.