Bilbao, viernes 22 de agosto de 2008. Dos tercios de plaza. 5 toros de Torrealta,y uno de Javier Pérez Tabernero (2º), de buena presencia salvo el quinto, mansos, flojos o inválidos, descastados. Manuel Jesús Cid, el Cid, ovación y silencio. José María Manzanares, palmas y ovación. Eduardo Gallo, oreja y silencio
Tarde insufrible en la que ni la oreja de Gallo levantó los ánimos del público –fácil de entusiasmar por otra parte-, porque el ganado lo echó todo a rodar. Y puestos a echarlo, comenzaron, con buen criterio y coherencia, por sí mismos. Hubo desplomes completos, batacazos, caídas de manos y cuartos traseros, derrumbes, precipitaciones, despeños hundimientos. Algunos se cayeron más, otros menos por la labor de los espadas, que intentaban mantenerlos en pie, dándoles aire, con la mano alta, sin obligarles en lo más mínimo, con salidas hacia
Vayamos al toro, que es una mona en términos de casta y fuerza. El primero se llamaba Alumno, de 573 kilos, berrendo en negro, algo tocado, manso, soso y descastado. El Cid lo lanceó a pesar de que ya tenía poco gas en la capa; se cayó dos veces de salida. Pasó sin pena ni gloria por varas y banderillas –Alcalareño no repitió como el otro día-, y llegó a la muleta cabeceando por falta de fuerzas. Manuel lo llevó en paralelo, sin forzar, desde fuera y rematando por alto en series que tenían dos o tres derechazos, nada más. A pesar de todo el toro se volvió a caer, no crean ustedes. Más colocado con la izquierda, el inválido empezó a tardear y hubo de darle los pases de uno en uno, sin forzar viaje, ni profundizar, claro. Mandó más en la siguiente con la derecha, de tres muletazos y sin recorrido apreciable en la próxima, fue el matador por la espada para dejarle un pinchazo dubitativo, al hacer un extraño el toro, y una entera desprendida, buena de ejecución, y vio como el toro se iba a tablas y se echaba. En el cuarto., Uruguayo de mote, de 572 kilos, negro, tocado de astas, manso, flojo y peligroso –se cayó dos veces antes de los caballos, otras dos con ellos y dos más en banderillas-, se las vio con un bicho que miraba mucho al entrar por la izquierda. No le aguantó ni un pase de las dos series que le dio, y con la derecha el toro fue descaradamente por el de Salteras, que se dobló con el marrajo, para dejarle una estocada caída, con ganas, y, en tablas, descabellarlo a la primera.
El primero de Manzanares fue Velocillo, de 574 en la báscula, colorado, tocado de armas, que pareció que cumplía en varas –puro espejismo-, pero que fue manso, complicado y rajado de puro descaste al final. Ya perdía las manos en el capote, pero llegó a varas y derribó a los dos caballos, al primero por empujar, al segundo porque la vida es así, saliendo de éste suelto y cayéndose a continuación. Se desmonteró Trujillo en banderillas, y Manzanares se lo sacó a los medios. Colocado, con la derecha, el toro entraba incierto, soso, y colándose de vez en cuando. Insistiría el de Alicante, cruzado sobre el pitón contrario –¡albricias, ese lugar existe!-, pero para ver como el bicho quería rajarse a cada pase. Puso voluntad y evitó, con mérito, que el toro se le fuera a tablas, a las que miraba y hacía ademán desde la tercera tanda. No pudo hacer más. El bicho entraba soso, cuando lo hacía, incierto y mirando por donde se podía escapar de aquello. Lo mató de una estocada entera, arriba, buena de verdad, y lo descabelló al segundo intento... en tablas. Su segundo fue Sabelotodo, de 528 kilos, negro listón chorreado en morcillo, algo tocado y con poco trapío por detrás. Manso de condición, fue un inválido más y descastado. Se cayó dos veces antes de que ordenaran salir a los del castoreño –no les cuento las pérdidas de manos-, volvería a hacerlo en un desastroso tercio de varas, y llegó a la muleta soso y cayéndose –hasta dos veces más en los inicios, aunque luego el diestro le levantó la mano-. Empezó corto y defendiéndose para dejar de hacerlo casi enseguida. Peor colocado que en su primero, por la incertidumbre de las entradas del animal –pero para eso hay que aguantar y mandar- Manzanares se puso porfión en series cortitas, pero ni con esas. Desde lejos le dejó un pinchazo arriba y una entera caída al sesgo, de efecto rápido.
Gallo recibió a su primero, Triguillo, de 542 kilos, negro listón y tocado con pocos lances; el animal era manso, flojo, aunque embistió algo complicado al final. Se cayó de salida, repitió en varas, y llegó al último tercio cabeceando y algo rebrincado por falta de energías vitales: 3 veces más besaría el santo suelo. Y entre coladas esporádicas, cabeceos y ceñidas, el matador salmantino se colocó mejor que otras veces –a veces al hilo y otras, menos, fuera- y estuvo aseado en general, con alguna serie apreciable con la derecha, mucho más firme que otras veces, y viendo como pasaba bastante más cerca. Una estocada entera, caída, de la que duró unos instantes, le consiguió una oreja algo exagerada en plaza de primera. El que cerraba plaza obedecía por Abatido, de 570 en la romana, negro bragado y listón, feo y mal hecho en general, delantero y bizco del derecho, manso, flojo y descastado. Éste sólo perdió las manos de salida -¡loado sea el Señor!- aunque se caería al entrar en la primera vara. Luego lo repetiría en algunas otras ocasiones. Llegado al final, Gallo lo citó más en consonancia como le hemos visto en los últimos años, desde fuera y despegado, para ver como se paraba, y se aplomaba en dos series. Lo que empezó en los medios, en la tercera tanda era barrera, y como apenas iba al engaño, pues no hubo nada de nada, sosos ambos. Ni con distancia, ni sin ella, acabó yendo. Un bajonazo casi entero, a lo cinegético, y aconchado en tablas seis descabellos –algunos defensivos porque el bicho arreaba- oyendo un aviso, terminaron con el martirio general y el particular del toro. Un festejo para recordar como no deben ser nunca las corridas de toros, o como no deben ser los toros para las corridas.