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Lo que es un toro de lidia (II)

Seguimos con nuestra sección "Lo que es un toro de lidia". Si en la primera entrega hablábamos de la edad y sus condicionantes en el toro de bravo, hoy abordamos un aspecto fundamental que diferencia al vacuno de lidia del resto de los de su especie: la casta.

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Rafael Cabrera - 05-08-08

Al dato frío de la fecha de nacimiento del animal, con todo lo que ello conlleva, se habrán de sumar otros muchos factores y características: trapío, finura de cabos, encornadura, casta. Y puede llegar a darse el caso, muchos ejemplos pueden traerse a colación, que incluso alguno de ellos eclipse a los demás. La casta, sin ir más lejos, nos hará olvidarnos del trapío, de la cabeza o de la bastedad de la conformación del toro. Recuerden al famosísimo “Capitán” de los Herederos de Hernández Pla, lidiado hace casi tres décadas en la plaza de Madrid, cuyo trapío y encornadura motivaron una incipiente y tímida protesta de los aficionados, hasta que el toro mostró su casta, su acometividad, su fiereza. Entonces todo el público se olvidó de considerar otros aspectos del toro, porque, aunque en lo externo no cumpliera con los requisitos y exigencias del aficionado venteño, en lo más profundo de su esencia, en su propia definición era un toro bravo, con casta, en definitiva. Pero habremos de partir de la base de que era un toro, de que, aunque pequeño para los cánones madrileños, con una fea y cornigacha encornadura, con escasas carnes y fea conformación, era un toro con la edad precisa y necesaria, y sobre todo ello sobrevoló la más importante de sus características: la casta, la bravura, la acometividad y la fiereza. 

 

Si la casta es factor esencial, imprescindible para considerar al toro como de lidia, definidor de su propia naturaleza y que lo distingue de tantas y tantas razas bovinas mansas, acomodaticias o temerosas, la edad es un compromiso ético para considerar al animal de esa especie como apto para ser corrido en festejos con matadores de alternativa o de novilleros con caballos. Requisito, además, previo al festejo y por tanto a la posible –y añorada- demostración de su verdadera esencia: la que le define como toro bravo. 

 

La casta, es un concepto bastante más abstracto. Podríamos definirla como la capacidad del toro para acometer, para buscar pelea incesantemente, para dar la cara en todas las suertes, para luchar y vender cara su vida. Y ello al margen de la bravura o mansedumbre, de la boyantía o nobleza en la muleta, del peligro o las complicaciones. El toro bravo, obligadamente debe estar encastado, es condición imprescindible. Pero el manso puede tenerla o carecer de ella; lo mismo que un toro noble puede poseerla o estar ayuno de la misma. 

 La casta se demuestra en esa condición constante de movilidad; un toro inmóvil, quedado o parado, rara vez la tendrá. No confundan este parado con uno de los estados naturales del toro en la plaza, como lo definen las tauromaquias clásicas: levantado, parado y aplomado. Este parado se refiere al toro que después de haber pasado por la suerte de varas y banderillas llega a la muleta con sus fuerzas ya mermadas y sin esos ímpetus que suele mostrar de salida. Cuando un toro se para, es decir, tardea, apenas embiste o casi ni se mueve, ese toro carece de casta, o se encuentra ya tan fatigado por el combate que lo situamos entre los aplomados. También carecen de ella los toros que buscan la huída, los rajados, los que se desentienden de los engaños para acometer al bulto y seguir su camino, sin rematar su faena, los que miran como sorprendidos al torero en el suelo o mal colocado, para hacer la estatua sin buscar el cuerpo del lidiador descubierto por falta de defensa con el trapo.

El toro descastado es la antítesis de la fiesta, el peor de los males que hoy aqueja a la corrida de toros. Y, sin embrago, fruto de una selección a la inversa –en vez de buscar casta y bravura- se ha querido dejar en las vacadas dulzura, ausencia de genio, exceso de lo pastueño, que en muchos casos ha conducido al descaste, lo mismo que si se hubiesen abandonado a su natural ser. Porque lo natural, lo lógico, tratándose de ganado vacuno, es lo contrario a la bravura, la mansedumbre, como acontece en cualquier otra raza bovina. Sólo seleccionando lo más arisco, lo más agresivo y encastado, a la par que bravo según nuestro concepto, se fueron delimitando las ganaderías que hoy mal llamamos fundacionales en el siglo XVIII y comienzos del XIX.

CONTINUARÁ...

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