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MONSEÑOR RAFAEL PALMERO, OBISPO DE ORIHUELA ALICANTE, EN LA VIGILIA PASCUAL TRANSMITIDA ANOCHE POR LA COPE

"No seguimos un libro, o una doctrina, sino a una persona que está viva: Jesucristo"

Monseñor Rafael Palmero, obispo de Orihuela-Alicante, celebró ayer la Vigilia Pascual en la Catedral de Orihuela, con la concurrencia de autoridades civiles y militares de la provincia, con gran asistencia de fieles oriolanos, y con miembros de las comunidades neocatecumentales que hicieron un rito especial de renovación de las promesas bautismales. También recibieron el sacramento del bautismo cinco niños. Les ofrecemos el texto de la homilia del Obispo

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Manuel María Bru - 12-04-09

«¡SERÁ LA NOCHE CLARA COMO EL DÍA!» (Pregón pascual)

1. «Ésta es la noche iluminada por mi gozo». En la celebración de la Vigilia del Sábado Santo, ocupa un lugar destacado el pregón pascual. Su mismo nombre ya nos está hablando de un «discurso elogioso en que se anuncia al público la celebración de una festividad y se le incita a participar en ella», como enseña el D.R.A.E. Es una pieza poética que intenta armonizar la belleza literaria con un profundo contenido teológico y espiritual, y que presenta a los fieles la trascendencia del momento que celebramos: la Resurrección de Cristo. Con insistencia, el pregón repite las palabras «esta noche» y «noche dichosa… que conoció el momento en que Cristo resucitó». Es una llamada de atención para que caigamos en la cuenta de las maravillas que Dios ha hecho a lo largo de la historia de la salvación, y las que continúa realizando en nuestro presente y en nuestra presencia. La luz de Cristo, simbolizada en el cirio pascual, seguirá brillando esta noche santa, durante todo el tiempo litúrgico de la Pascua y, espiritualmente, durante toda nuestra vida, hasta que también nosotros «pasemos» de esta existencia terrenal a la vida eterna, a la Pascua definitiva.

Por ello, en actitud de vigilancia activa, acompañemos a Cristo resucitado en esta «noche de vela». «Para exhortarnos a imitarle –comenta san Agustín–, el bienaventurado apóstol Pablo menciona también sus frecuentes vigilias, entre otras muchas pruebas de su virtud. ¡Cuánto mayor ha de ser nuestra alegría en la observancia de esta vigilia, en cierto modo la madre de todas las santas vigilias, en la que todo el mundo está despierto!» (Sermón 219).

Las lecturas que se han proclamado nos enseñan a agradecer a Dios su creación, obra de su sabiduría y amor, para que reconozcamos en Cristo al nuevo Adán; la fidelidad de un hombre creyente como Abrahán nos sirve de modelo ante las pruebas, dificultades y contratiempos; el paso del Mar Rojo y la liberación nos recuerda que la vida es un continuo éxodo en el que hemos de seguir al nuevo y definitivo Moisés: Jesucristo; la voz de los profetas nos anima a confiar en la misericordia y el amor siempre fiel de Dios. San Pablo nos invita a renovar la gracia que Dios nos regala con el bautismo, haciéndonos sus hijos. Pero, sobre todo, nos interpela el evangelio de la resurrección del Señor: si somos cristianos es porque Cristo ha resucitado. No seguimos un libro, o una doctrina, sino a una persona que está viva: Jesucristo.

2. «He resucitado y siempre estoy contigo». La liturgia del día de Pascua comienza con esta antífona de entrada, viendo en ella las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su resurrección. Son palabras tomadas del salmo 138, un canto de confianza en Dios, que nunca nos deja de su mano: «Si escalo el cielo, allá está tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: “Que al menos la tiniebla me encubra…”, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día» (vv. 8–12).

El evangelio nos habla de la tumba vacía, del miedo de las mujeres que acompañaban a María Magdalena, y del encargo recibido para citar a los apóstoles en Galilea, donde lo verán resucitado. El anuncio del ángel, la imposibilidad de remover la piedra, el verla removida, todo, absolutamente todo, contribuye a aumentar la confusión. Para que comprendamos que la conversión es obra de Dios, que la fe es un don suyo. Se inicia, en este preciso momento, en la vida de los primeros discípulos un cambio de rumbo, un modo distinto de ver las cosas, un nuevo nacimiento como hijos de Dios.

Debe ocurrir lo mismo en nosotros. Pidamos en esta noche santa una mentalidad nueva, un nuevo corazón y nuevas actitudes que funden un comportamiento plenamente pascual, abiertos a la acción del Espíritu Santo.

3. «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». Entrando en las aguas del bautismo, hemos sido incorporados simbólicamente a la muerte de Cristo. El Bautismo es nuestra Pascua personal. Por eso renovamos esta noche las promesas bautismales y pedimos a Dios que «avive en nosotros el espíritu filial». También tiene particular sentido, en esta Vigilia solemne, el sacramento de la Eucaristía. En ella celebramos que Jesús, el Señor resucitado, se nos entrega como el Pan que da la vida eterna, el alimento que repone nuestras fuerzas y levanta nuestro espíritu.

Los dos discípulos de Emaús, que contemplaban la realidad con tintes negros y estaban, por eso, tan desanimados, empezaron a cambiar su modo de ver y de actuar cuando acogieron al caminante misterioso. Ellos supieron reconocerlo en la fracción del pan, después de haber escuchado con atención su Palabra. Y dieron testimonio de su encuentro con el Resucitado volviendo a los Once, a la Iglesia naciente, a la comunidad de la que se habían alejado y a la que regresaban alentados por una fe luminosa y llena de esperanza. Elevemos, pues, nuestra mirada hacia las cosas de arriba, sin dejarnos atrapar por las de abajo, que no sólo nos entretienen y ocupan en demasía, sino que pueden llegar a consumir nuestras energías: «Nuestra vida –aseguraba la M. Teresa de Calcuta– no tiene otra razón de ser que Jesucristo… Sin Cristo, sin la Eucaristía, no podríamos hacer lo que hacemos, y menos a lo largo de toda una vida. Sin Jesús, nuestra vida sería incomprensible. No tendría sentido… La Misa es el alimento espiritual que me sustenta. Sin ella no lograría mantenerme en pie un día, ni siquiera una hora de mi vida».

4. «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús». Imploremos al Señor que, esta Pascua, abandonemos el hombre viejo que está agazapado en nuestro interior para dejar crecer al hombre nuevo, reflejo de Jesucristo, cuya imagen y semejanza habíamos perdido a raíz de la culpa original. Pero vivir por Cristo, con Él y en Él lleva consigue, ineludiblemente, morir a nosotros mismos, dando muerte a nuestro egoísmo, nuestros esquemas preconcebidos, nuestras perezas y sensualidades… para resucitar con Cristo.

            «Nada puede satisfacer eternamente a una persona sino el estar con Dios      –afirma Benedicto XVI con rotundidad–. Una eternidad sin esta unión con Dios sería una condena. El hombre… anhela ir hacia arriba (pero) sólo Cristo resucitado puede llevarnos hacia arriba, hasta la unión con Dios, hasta donde no pueden llegar nuestras fuerzas. Él carga verdaderamente la oveja extraviada sobre sus hombros y la lleva a casa. Nosotros vivimos agarrados a su Cuerpo, y en comunión con su Cuerpo llegamos hasta el corazón de Dios. Y sólo así se vence la muerte, somos liberados y nuestra vida es esperanza» (Homilía en la Vigilia Pascual, 7.4.2007).

            Que la celebración de estas fiestas pascuales nos ayude a comprender la fuerza inagotable de la Eucaristía, memorial de la Pasión de Cristo y sacramento del amor de Dios. Cada Misa es un pregón en el que continuamos entonando con Jesús el triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, del perdón sobre la culpa. Cada Eucaristía es un eco en el que resuena aquella losa que abrió el sepulcro vacío, y que nos grita con júbilo: ¡hemos sido liberados! «Pidamos, pues, en esta noche: Señor, demuestra también hoy que el amor es más fuerte que el odio. Que es más fuerte que la muerte. Baja también en las noches y a los infiernos de nuestro tiempo moderno y toma de la mano a los que esperan. ¡Llévalos a la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de quienes esperan, que claman hacia ti desde el vientre del infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al “sí” del amor, que nos hace bajar y precisamente así subir contigo! Amén» (Benedicto xvi, Homilía…, 7.4.2007).

¡Feliz y santa Pascua a todos! Felicidades al Cabildo de esta Santa Iglesia Catedral, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a los matrimonios y familias que habéis celebrado junto a nosotros este solemne Triduo Pascual. Y un saludo muy afectuoso a los seminaristas de Orihuela, así como a sus padres y familiares.

                                                              X Rafael Palmero Ramos

                                                           Obispo de Orihuela – Alicante

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