Ya saben que en esta sección, cada semana le iremos haciendo entregas de distintos momentos vividos en la Historia de la Fiesta. Además de poder leer la crónica correspondiente, también podrán escuchar el montaje de audio que realizan nuestros compañeros Juan Antonio Machado y Roberto Pablo. En esta segunda entrega, el cronista de el Diario Pueblo, Antonio Bellón, escribe sobre la corrida que tuvo lugar en Sevilla el 30 de abril de 1960, donde actuaron los diestros Diego Puerta, Curro Girón y el rejoneador Ángel Peralta.
La miurada cuelga el cartel de “No hay billetes”. Ha cundido que es un corridón serio. Y lo es.
Carmona dibujaba en la madrugada su silueta, piedras de oro, deslumbrante de cal, cuando a sus faldas, en “la Cascajosa”, el encerradero práctico, sin bambalinas, de Miura, se ponían en movimiento enjutos vaqueros, jacos ágiles y una magnífica parada de cabestros ensabanados, caretos, apelados en manchas castañas berrendas, que eran, quietos en la lejanía, como un arrabal, cobre y cal, de Carmona. Fueron por los miureños. Por una alfombra florida. Ataque pausado de cencerros, repique cuando se angostaba el embudo de la manga, gritos, garrochazos, galopes y crujir de hondas, metían a los toros en las corraletas del encerradero.
Despertaban los gallos. Reburdeaban los sementales, sultanes de la dehesa. Los toros, en el silencio y la pericia, perdían al cabestraje por el laberinto de puertas y se engallaban bonitos, recrecidos, bien armados de cómodas cuernas, en el retemblar la piel por su sangre brava, quietas las camperas moscas grises en el valle de la canal rebosante de laderas de carne.
Única dificultad de la faena, el estarle estrechos, justos los cajones, sus cárceles. Rebosantes de toro quedaban, cuando iban para Sevilla encerrados los toros de Miura, Carmona inundada de sol, gallos y sementales pavoneándose ante sus harenes.
La miurada en una tarde gris, con luz norteña, arranca la emoción de torero y toro. Ángel Peralta le pone un prólogo lucido y triunfante, con vuelta al ruedo, ante un toro de Cobaleda, que sale sólo despuntado, no mocho, y con estas astas peligrosas, Peralta juega, quiebra, clava y hasta pie a tierra se estira en muletazos y mata volcándose. Su triunfo, precisión de jinete garrochista, pundonor y arte de torero, calienta el ambiente. Lo pone torero, torerista y torista, los dos eternos polos de la corriente apasionante de la fiesta brava.
La presencia de los miureños en el ruedo, gallardos, listos, estirados, mastodónticos, sus caritas aniñadas, son exclamaciones de admiración y ovaciones.
Pelean, derriban, matan caballos. Malhieren a otros. Este pelear los deja quebrantados. Pero se refrescan y con mas o menos viveza, van a los engaños. Son listos, no crueles. Poderosos, pero dejan colocarse a la torería, que encabeza Curro Girón. Con el que el público está injusto. Con capa, banderillas y muleta torea y burla, cerca y saleroso, a su primero y lo mata bien. Se pide la oreja con insistencia, y no se la conceden, y si ovaciones clamorosas cuando recorre el ruedo.
En el cuarto, cincuenta y dos arrobas acometiendo en vivo, muy vivo ímpetu, Curro lidia y mata pronto. Y otra vez lo injusto del regateo. Su amor propio le hace jugarse el tipo en un quite al sexto y parece casi rectificado lo injusto al ovacionarle.
Antonio Cobo, sin hacer caso de su espectacular banderilleo, realiza todo ceñido y valiente. Lancea cargando la suerte. Ahorma por bajo con la muleta y quizá en esto de andarle por los costados a los miureños pierde muletazos erguidos. El aire también molesta. Los que cuaja emocionan, y como pone verdad al matar, le ovacionan como al cruzar el ruedo con el capotillo debajo las contenidas nubes llorosas al final para empapar ferial y trigales.Diego Puerta, rostro, vocecilla de niño, sale vestido de rosa con ligero bordado negro. Ya el traje dice -lo usaba Pepe Luis idéntico en las miuradas- que espera tarde en que hay que andar ligero, listo. Puerta pidió la de Miura. La corrida de Miura en la feria de Sevilla es sólida, base de famas toreras si en ella se triunfa. A su primero lo recibe con quiebro arrodillado. La escobilla del pitón derecho le atrapa la tela. El casquillo que deja dentro el varilarguero apaga al toro. Cada vez que lo pasa, con mimo, Diego Puerta, se juega el tipo. Es tarde de jugársela. Y se la juega, y gana, ovacionado, con saludo en su primero. Comienzo de la emoción torerista. Para los amigos del toro o parte sana de la afición, que decía “Oselito”, por el ingenio de Martínez de León, no se olvidará la lidia del cuarto, el “Cartujano”, de las treinta y tres arrobas en canal, el bravo y noble para la caballería, molinillos de papel picadores y jacos, tremebundos tumbos, no ir a los hombres y si a las bestias con el extraordinario acierto impetuoso de matar sin puntilla, instantáneamente, a un caballo.
La plaza tiembla y cruje de emoción del toro. La fiesta se engrandece. Hay una tremenda verdad que sortear, con arte, en las arrancadas de proyectil del toraco. Que espera, pero cuando va...
Lo mas noble del toreo, el quite, florece grandioso cuando Almensilla - ¡que oportuno su pisar el rabo cuando luego actuaba el cachetero! - a cuerpo limpio, salva a su compañero de rehiletear, acosado. Hasta su trago de agua de botijo embucha cuando a él le hace el salvado otro quite.“Cartujano”, al fin, tundido por el picador Antolín, que le clava media vara, frena. Cuando levanta sus zapatillas el citado peón del rabo, una clamorosa ovación hace que “Cartujano” recorra el ruedo, paso a pasito de las mulillas. Se premia, en las aclamaciones de la plaza, al señorío ganadero. Cuando va a los garfios la montaña de carne sólo quedan vivas las pocas moscas camperas que patean en el lacre de la impetuosa sangre aclamada.
Cierran estos comentarios - y se necesitaría una bobina de papel - el triunfo de Puerta en el quinto miureño. Diego lancea ceñido, encorajinado, dispuesto a redondear la tarde, su tarde, con miuras en Sevilla.
El toro mata a un caballo, se le ensangrientan los finos pitones. Se recrece. Se aviva. Aprende. Es el momento. “Escobero” se llama el toro, y en el toreo se tiene que ser escoba : para barrer al enemigo de cairel y divisa, para poder barrer para adentro.
Diego reluce como un pétalo en lo gris, tormentoso, tristón, dramático de la tarde. Tanteo. Redondos. Naturales. ¡Ay! que el toro lo prende por la cintura. Y lo tira al alto. Diego ni se mira. Sin nuevo tanteo, derechazos, naturales, y otra vez el toro, un toro de miura de treinta y dos arrobas que lo voltea, lo embarriza de sangre y arena, lo deja casi sin sentido. Pero Diego Puerta sabe que es su momento. La plaza, angustiada, lo aclama. Diego, maltrecho, roto, un rosón dorado de albero al añadido, se recrece en su valor y en su toreo. Quieren llevárselo. Puerta, a zarpazos, se quita la gente. Y mata, mata con la vista que solo ve el morrillo. Allí hunde la espada, la que hace rodar a “Escobero”, el toro que trae una escoba torera para Diego Puerta, que para reponerse, para ser curado de un puntazo en la barba - finta trágica - se lo lleva un batallón humano a la enfermería.
Por esta ausencia, sus peones, descubiertos, recorren, aclamados, el ruedo y le llevan la oreja del miureño, ¡y en la feria de Sevilla!, a su maestro.
Que al final de la corrida sale a hombros. Triturado, pero abriéndose ante su valor y toreo un camino tan rosado, y con tanto que limpiar, como su vestido.
Tres espontáneos saltaron en la miurada. El primero con alguna copita dentro, porque si no, no se va a un miureño con un pitillo encendido en los labios. Otro trapeó con un banderín grana de guardabarrera. El tercero, atrapado, lucía una señoritina americana verde como los campos de la Carcajosa, de Zahariche, de Los Gallos, tierras en las que Eduardo Miura, ganadero señor, aficionado, cuida, mejora, depura, afina su vacada de toros que hacen y deshacen toreros. Ayudado por servidores que le vieron nacer y ya tienen hijos que siguen su fiel servir de criados en la casa criados.
El conocedor Antonio Mateo Navarro y sus hijos José y Antonio. El vaquero Antonio Domínguez Bravo, su hijo Juan, su hermano José, Manuel Blanco, Manuel García Barrera, ocho hombres a caballo - ¡loor a sus nombres! - que cuidan, miman, mandan y manejan en ignorados heroísmos de valientes a diario a estos toros de Miura que emocionan y entusiasman a toristas y toreristas en tardes grandiosas para la fiesta brava.
Antonio Bellón. Diario Pueblo.