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Grandeza de corazón del pueblo bilbaíno con Ponce

Casi tres horas para ver torear a retazos

Bilbao, jueves 21 de agosto de 2008. Casi lleno. 4 toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados, mansos, flojos, segundo y cuarto embestidores, primero y tercero descastados. 2 sobreros de los Hdros. de Manuel Santos Alcalde (5º bis y 6º bis) justos de trapío, mansos, complicados, descastados. Enrique Ponce, ovación y vuelta. Morante de la Puebla, ovación y división. Sebastián Castella, silencio y ovación.

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Rafael Cabrera - 21-08-08

Dos de los Cuvillos embistieron y eso fue todo. Uno, por cierto, de Ponce, el cuarto, se cayó hasta cinco veces antes de la muleta…, háganse idea del tipo de animal y de lidia que luego recibió; a base de no forzar las embestidas iniciales, de cuidarlo muchísimo sin violentar el viaje, y de darle aire y hasta oxígeno con mascarilla, Ponce le sacaría una faena larguísima –algo más de 16 minutos-, oyendo sólo dos avisos por la magnanimidad presidencial. Hubo otros dos descastados, el primero, soso y manso, al que Ponce le daría hasta ocho insulsas series –dos caídas antes de varas-, y el tercero, manso, soso y saliendo distraído de las suertes, mirando hacia las Olimpiadas –tres caídas antes de la muleta-. Y aun hubo otros dos que fueron para chiqueros por rebozarse en seis ocasiones antes de banderillas el uno, y cuatro y pico el otro, antes de lo mismo. En su lugar salieron dos sobreros de Santos Alcalde, que ni Santos, ni de Alcalde, todo lo más hipócritas y empleados municipales de la más baja estofa o catadura moral, tipo alguacil de sainete arnichesco. ¡Eso es calidad!: anuncia usted una corrida de lujo, y trae estos bichos de sobreros... Compra usted un televisor de plasma de última generación, alemán u holandés; y si sale defectuoso se lo cambian por un Marconi en blanco y negro, de caja de madera y dos toneladas de peso, con lámparas en vez de circuitos y de una cuerpo de metro y medio de profundidad. Y “santas y buenas” –que no alcaldesas-. Hoy hubo, al menos, mínimas protestas con los dos devueltos, que ya es algo. Por lo demás, dos horas y cuarenta minutos de corrida –no diré festejo-. Avisos que llegaron, otros que no se oyeron porque a don Matías se le paró el cronómetro, otros que sonaron minutos después, y dos toros al corral después de dos varas, cuando de salida deberían haber recorrido el mismo camino sin necesidad de tanta espera, porque resucitar… no resucitaron.

El primero de Ponce fue Cordobés, negro mulato y listón, de 579 kilos, delantero de cuerna, manso, soso y descastado. De la flojedad ya hemos dicho algo, sin un sólo pito de disgusto. Vimos, eso sí, un muy buen quite de Morante, a base de dos elegantísimas chicuelinas y una media. Y Ponce lo cogió con la muleta para, una vez más, situado fuera de la rectitud y despegado irle dando series con cuidado de que no se cayera, sin forzarle el viaje y a media altura. Una, dos, tres, cuatro: sosos ambos, con pico y hacia Pekín, con derecha e izquierda –en una-. Luego se colocó más al hilo del pitón y le ligó tres muletazos con la derecha, metiéndolo a medio viaje y sacando tripa, para ensuciar lo hecho en la siguiente y terminando por agarrarse al anca para dar unos circulares... ¡deje algo para Padilla, caramba! Con la espada un feo estoconazo trasero y bajo sin paliativos y ovación. Resultó cogido su banderillero –al caerse en la cara- José Luís Tejero, con dos cornadas, “una en la cara posterior del muslo izquierdo y otra en la cara anterior; la primera con dos trayectorias de 15 centímetros que no afecta vasos ni arterias importantes y la otra de 5 cm. que interesa solamente la estructura muscular”. El cuarto  se llamaba Furioso –ja, ja-, de 539 en la báscula, castaño chorreado en verdugo, delantero y aunque manso, embistiendo boyante al engaño. Eso sí, de fuerzas, muy pocas, pero sin cambio a pesar de doblar manos o patas hasta cinco veces. La faena se planteaba sobre la base de cuidar al bicho para que no se cayese, y en eso el de Chiva es un verdadero experto, muchas pausas –que no lo parecen-, mucho darle salida para no obligarle demasiado, todo a media altura, y así. Lo hace con gusto y parece que es más de lo que realiza, pero en definitiva estuvo fuera o lo más al hilo toda la faena, despegado en toda la primera mitad –luego se lo metió a cabeza pasada- y sólo llevándolo más en redondo –sin tanta salida en paralelo- a partir de la quinta tanda. Mucha faena para poco contenido, la verdad, bastante superficial, aunque con elegancia. Sonó, casi dos minutos tarde, un primer aviso sin coger la espada, y le dejó un pinchazo arriba, saliéndose, y una entera y trasera. El toro se fue a tablas y allí escuchó el segundo aviso –casi un minuto tarde-, y al final lo remató de dos descabellos. Le obligaron a dar una vuelta, porque en Bilbao son así de grandes de corazón.

Morante nos dejó retazos de buen toreo, como siempre, en su primero, un bicho de Cuvillo, llamado Dudosito, de 546 en la tablilla, negro listón, tocado de armas aunque algo prieto, manso y embestidor. No le vimos, sin embargo, con la capa, pero con la franela, en una faena de altibajos, nos fue dejando naturales, derechazos, pases de pecho de clase, trincherazos, pases de la firma y ayudados por alto de elegancia y torería. Pero todo ello entre algunos lances sucios –a veces series casi enteras-, y una colocación al hilo del pitón. Una faena que de haber tenido más unidad hubiese sido interesantísima. Oyó un aviso tardío antes de coger el acero, y lo tumbó de un pinchazo arriba y media desprendida y trasera. En el quinto bis, el sobrero de Santos, de apodo Ranchero, de 552 kilos, capa negra, bragada y meana y axiblanca, y condición mansa y descastada, rajado al final, tampoco vimos toreo de capa, y sí unas ganas tremendas de que el bicho se rajase definitivamente desde el primer muletazo. Al final el toro cumplió con las expectativas, Morante respiró hondo, nos lo mostró a todos a las claras, sin retenerlo, ni rematar los pases para que no se fuese, y ¡para qué queremos más!, una entera algo contraria, saliéndose mucho y “requiescant in pacem".

Castella comenzaría viendo como su primero se iba a chiqueros por invalidez y corrió turno para que viésemos a Billetero, de 541 kilos, berrendo en negro chorreado y listón, manso, soso, distraído y sin casta. Tuvo poco viaje desde los inicios muleteriles, y él desde fuera y despegado tampoco se lo alargó; resultado, en la segunda serie ya iba corto, medio parado y distraído, con la cara alta. Se descubrió varias veces a lo largo del corto trasteo, bien por usar pico, bien por llevar el pase hecho, y acabó matándolo de un pinchazo bajo y media caída y trasera, algo atravesada. El sexto era el sobrero de Santos Alcalde, de mote Barrendero, 530 kilos, castaño, con poca culata para esta plaza, tocado por delante, manso complicado y descastado. Salió distraído y parecía que así seguiría, pero el francés, con mérito, lo sujetó en los medios sin que se le fuera a pesar de miradas al olivo. Eso sí, desde la segunda serie evidenció sosería e incertidumbre, protestas y poco viaje cuando gustaba, y le acabaría cogiendo al descubrirse en un derechazo. Él se mantuvo firme y siguió intentándolo con medios pases de escaso lucimiento, pero con emotividad, a pesar de que fue ganando en peligro y complicaciones. Un pinchazo sin pasar y un bajonazo infame, remataron su faena no sin que el toro diese dos achuchones antes de caer patas arriba. Y es que no terminamos de levantar cabeza ni en festejos, como el de hoy, de vez y media.

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