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Una nueva entrega en esta sección

Crónica de antaño: "Una plaza chica para un torero extraordinario"

Ya saben que en esta sección, cada semana le iremos haciendo entregas de distintos momentos vividos en la Historia de la Fiesta. Además de poder leer la crónica correspondiente, también podrán escuchar el montaje de audio que realizan nuestros compañeros Juan Antonio Machado y Roberto Pablo. En esta cuarta entrega, el cronista de ‘El Liberal’, Alfonso, escribe sobre la corrida que tuvo lugar en Las Ventas, con motivo de la inauguración oficial de la nueva plaza, el 21 de octubre de 1934, donde actuaron los diestros Juan Belmonte, Marcial y Cagancho ante reses de Carmen de Federico.

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Redacción El Albero - 10-02-09

“Mala idea la de construir allí el coso taurino, que a pesar de sus líneas monumentales, yo juzgo destartalado. Creo que sería un magnífico acierto derruirle dejando en pie el otro, o dedicarle a veladas deportivas o a actos políticos. No acompañó la fortuna a los que la idearon y la llevaron a la práctica. El tiempo lo dirá. [...]

Tiene tradición la feria bilbaína por el tamaño de las corridas. El pleito de los ganaderos hizo que la de Murube que allí se iba a lidiar quedara en los prados, y esa fue la que precisamente eligió Juan Belmonte para reaparecer en Madrid. Una «buena moza», para que si existía quedara hecha trizas la leyenda del becerro. Para que nadie se llamara a engaño las fotografías de los toros, expuestas en diversos lugares de la capital, llamaron la atención de los aficiona­dos. ¡Era -lo que se dice- una corrida para hombres! [...]

Una multitud se apiñaba en la plaza Monu­mental, que se inauguraba, para presenciar la reaparición de Juan Belmonte. Éste, al hacer el paseo, fue acogido con una ovación estruendosa. En unión de Lalanda y Cagancho salió a los medios para corresponder al cariño con que 26.000 espectadores acogían al artista que a través de los años continuaba siendo el ídolo. Pronto Belmonte, con las exquisiteces de su arte soberano, demostró el por qué la pasión se mantenía latente. Entre la expectación de todos abrió el capotillo y dibujó cinco o seis verónicas de las que le dieron fama y le hicieron millonario. Cuando puso digno remate a la obra con media verónica, el público se levantó rugiendo en sus localidades. No era la leyenda ni la tradición lo que hacía enloquecer a la multitud de entusiasmo. ¡Era Juan Belmonte que estaba toreando! Ya continuación un tercio de quites admirable. Juan, Marcial, Cagancho. Las ovaciones se sucedían. El toro se «rompió» en el primer tercio y llegó muy quedado a la muleta. La faena, sin embargo, fue valerosa. Belmonte a dos dedos de los pitones, exponiéndolo todo, pudo dar algunos pases de los de su clase. Un natural, un molinete, un afarolado, algún ayudado; pero todos ellos vestidos con el ropaje belmonti­no. Una estocada en lo alto y ovación grande, vuelta al ruedo y petición de oreja.

Buen principio. Los aficionados discutían en los tendidos. Todos estaban conformes en una cosa: ¡Mejor que antes! 

Y sin embargo, lector, si pierdes unos instantes y me sigues, podrás ver que aquello no fue nada, porque Belmonte guardaba para el cuarto las grandes manifestaciones y el esplendoroso brillar de su arte único. El bicho huido, había hecho una mala pelea en varas. No se le pudo torear con el capote. ¿Se iba a conformar el artista? Pronto los semblantes recobraron el brillar de la alegría. Belmonte, solo en el tercio, prendía al manso en los vuelos de su mágica muletilla y le hacía doblar en cuatro ayudados por bajo suaves, templadísimos, sin que la figura del coloso perdiera su escultórico ritmo. y el bicho ya no se fue. Quedó allí a merced del dominio del maestro. Medio metro de terreno le fue suficiente para realizar la gran obra que su musa inagotable le iba inspirando. ¡Plaza monumen­tal! ¡Ilusos! ¿Qué significaban las veintiséis mil almas allí congregadas? Al conjuro del artista no había nada más que una: la suya. Lo extraordinario, lo monumental era él. Aquella multitud ebria de entusiasmo iba enronqueciendo de jalear al torero. Al cuadrar el toro, Belmonte se dejó ir rectamente tras de la espada, recreándose a placer. El acero se hundió centímetro a centímetro. El animal rodó sin puntilla y se produjo un hecho extraordinario. El público quedó mudo. Ni un grito, ni una palma. ¡Se hallaba extasiado contemplando al ídolo! La inmensidad de la plaza se cuajó de pañuelos blancos. Las dos orejas, el rabo. Aquello no había con qué premiarlo. La ovación estalló imponen­te. Belmonte dio una, dos vueltas al ruedo. Los aplausos continuaban atronando el espacio. Belmonte se dejó caer ocultándose en un burladero. La emoción le ahogaba. Lloró. También las lágrimas se deslizaron por las mejillas de los viejos aficionados. [...]

Fue una verdadera pena que los dos murubeños que correspondieron a Marcial desentonaran el conjunto, y mucho más que los espectadores se mostraran intransigentes con el joven maestro. Me separo en absoluto de la apreciación que parte del público tuvo para juzgar la labor realizada en su primero. ¿Se podía hacer más que lo realizado por Marcial? Yo afirmo justicieramente que no. Cuando el enemigo no se presta a lucimientos hay que apartarse de éstos: «torear». Marcial ejecutó una gran faena. Inteligencia y dominio se aunaron y el lidiador se impuso al toro. ¿Se podía estar más cerca? ¿Que disiento de parte de los espectadores? Para el crítico sería mucho más sencillo dejarse ir a favor de corriente; pero ello ni sería justo ni equitativo. Con el estoque tuvo peor fortuna que otras veces, y esa fue la única gota de agua fría en la tarde, porque el gitano Cagancho parece que ha despertado del letargo en que se hallaba y quiere reedificar su leyenda, dejada desaparecer por esa «gandulería» tan innata en los descendientes de Faraón. Como tiene vida propia no necesitó más que decidirse para que la tarde transcurriera entre constantes ovaciones. Dio alegría y calor a la fiesta. Hubo dos faenas preciosistas. A mi juicio les faltó algo de ligazón, porque el artista las interrumpía para cosechar los aplausos. Sobre todo en la segunda dibujó algunos pases estatuarios. Mató con su admirable estilo, descubierto ahora. En ambos escuchó dos ovaciones y grandes, y en el segundo perdió la oreja, que tenía bien conquistada, porque el bicho, bien herido, tardó en doblar y Cagancho no acertó pronto con el descabello.[...]

¿Inauguración de la plaza Monumental? ¡Ilusiones! Una plaza muy chica para un torero extraordinario, monumen­tal: ¡Juan Belmonte!”

Alfonso, Diario "El Liberal"

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