Valdemorillo (Madrid), sábado 7 de febrero de 2009. 4ª de Feria. Lleno aparente. Toros por este orden de Antonio San Román, bien presentado y manso; El Torreón, cómodo de pitones y descastado; Luis Algarra, sospechoso del pitón izquierdo, descastado y manejable. Victorino Martín, feo de hechuras y encastado. Alcurrucén, sospechoso del pitón derecho, noble y con clase. Núñez del Cuvillo, pobre de cara, manso y descastado; Un sobrero de regalo de Luis Algarra, bien presentado, manso y aquerenciado. César Jiménez, como único espada, silencio, silencio, oreja, oreja, saludos tras aviso, silencio y silencio en el de regalo.
Decepción, esa es la palabra que mejor definía a la salida del festejo el estado de ánimo tanto del torero como de los aficionados que han llenado el coso de Valdemorillo para ver la encerrona que ha protagonizado el madrileño César Jiménez.
Y para buscar culpables de esta decepción no hay que ir muy lejos. El torero y su apoderado. O su apoderado y el torero. Tanto monta, monta tanto. De ellos surgió la idea de este festejo y su organización. Si bien el toro de Antonio San Román, según reconoció días pasados el propio Jiménez, fue una imposición de la empresa, el resto del ganado elegido para la ocasión ha sido cosa de la administración que gestiona la carrera del torero madrileño.
Un saldo ganadero, limpia de corrales en el mes de febrero, varios toros cinqueños, la mayoría de feas hechuras y dos de ellos con sospecha de ‘humanización’ en sus defensas. Con semejante material no es de extrañar el resultado final. El despeñadero estaba preparado para que por él cayese César Jiménez.
Su tarde ha sido un querer y no poder, no se le ha visto sonreír en todo la tarde; sólo hubo un atisbo de remontar el festejo en el quinto, el de Alcurrucén, pero falló a espadas y de ahí en adelante la moral del diestro se vino abajo.
Ha faltado alma a una actuación que nunca ha terminado de levantar clamor en los tendidos, se ha echado en falta el toreo de capote tan reclamado en este tipo de festejos de un solo matador. Y con la muleta han sobrado gestos grandilocuentes para tan escaso contenido.
Al primer toro de Antonio San Román se empeñó en torearlo en redondo cuando parecía más claro el pitón zurdo. Con el segundo de El Torreón no apostó quedándose siempre al hilo en cites y embroques.
La primera oreja llegó en el tercero, un astado noblón y soso de Algarra al que ligó una estimable tanda en redondo que fue un espejismo en el desierto de un conjunto con altibajos. La otra oreja la paseó del ‘victorino’ que hizo cuarto, un animal encastado y con un buen pitón derecho al que volvió a realizar una faena deslavazada en la que destacó otra tanda en redondo. El pitón izquierdo nos quedamos sin verlo porque Jiménez dudó en un cite, el cardenito le ganó la partida y el diestro desistió de intentarlo por ese lado de ahí en adelante.
En el quinto, un toro de Alcurrucén que tuvo nobleza y clase, llegaron los mejores muletazos de la actuación de César Jiménez. Le cogió bien la distancia y llegaron varias tandas en redondo de templado trazo y ligado resultado. Finalizó la faena toreando por ese pitón sin la ayuda del estoque simulado, pero falló a espadas y perdió algún trofeo que hubiese maquillado el balance final.
El ‘cuvillo’ que hizo sexto tuvo tan poco casta como el sobrero de regalo de Luis Algarra. Ambos buscaron tablas sin disimulo y César, entre la indiferencia ya del personal a esas alturas de tarde, los pasaportó sin pena ni gloria.
A pesar de las dos orejas obtenidas, a la finalización del festejo el diestro tuvo el gesto torero de no querer salir a hombros, abandonando el coso de La Candelaria a pie.