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Puerta grande para José Tomás en su reaparición madrileña

Puerta grande para José Tomás en su reaparición madrileña

Madrid, jueves 5 de junio de 2008. La plaza estaba abarrotada. 4 toros de Victoriano del Río 2 toros de Cortés, de irregular presencia, mansos, embistiendo pero yendo a menos en general. Javier Conde, pitos y silencio. José Tomás, dos orejas en cada uno de su lote. Daniel Luque, silencio y ovación.

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Rafael Cabrera - 05-06-08
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Rafael Cabrera, director de El Albero de COPE, analiza la corrida del 5 de junio

La gente venía predispuesta a favor del madrileño, y éste ya oyó una ovación después de hacer el paseíllo vestido de azul pavo y oro. Las ovaciones están fenomenal cuando alguien reaparece, tiene un gesto o viene de un triunfo verdaderamente resonante, pero en la ovación de hoy ya se veía, además, una clara inclinación a favor del diestro, al que se esperaba como al salvador de la fiesta. Gentes hubo que al parecer pagaron cantidades desmesuradas por las entradas, que venían –lógicamente- a rentabilizar el carísimo precio de la reventa, y ello quita cierto brillo al gesto espontáneo y sincero del aficionado de todos los días. Mucho famoso –no siempre por méritos profesionales o artísticos- se dejó ver ayer por Las Ventas, ayer y nunca más, excepto que vuelva a pisar su ruedo el de Galapagar de adopción. El Rey y la Infanta Elena en barrera –no como ayer, que ocupó S.M. el palco real-; títulos del reino, grandes empresarios, medianos y pequeños, todo el que era, es o quiere ser en este mundo cruel quería y si pudo estuvo presente ayer en la plaza de Madrid. Y todos, absolutamente todos, aplaudieron a José Tomás… ¡a ver quien es el guapo que dice lo contrario…!

Vayamos al análisis de lo contemplado y saquen ustedes sus conclusiones, que yo tengo las más propias. El ganado de Victoriano del Río, en sus dos hierros, salió con trapío desigual. Segundo, tercero y quinto –por cierto, los dos de José Tomás- tenían muy poca culata, más bien eran lo que los aficionados antiguos llamaban “culipollos”. Bien de pitones, en general, no fueron espectaculares de cornamenta. En cuanto a los caballos, sólo el tercero cumplió con escaseces, aunque luego se dolería en garapullos, y se vendría a menos al final. El resto mansearon aunque no con escándalo, dejándose pegar en términos amplios. Embistieron en la muleta, el primero con poca casta, el segundo con muy poca de ella y sosería en demasía; el tercero sin sal –ya se la pondría el diestro-; el cuarto viniéndose a menos, con poca casta; el quinto con comportamiento irregular, acometiendo a oleadas y rajándose al final; y el sexto, viniendo muy a menos, aplomándose carente de acometividad, en parte por el encimismo de Luque.

Javier Conde, que no hizo nada con su primero, Condor de mote, 526 en la báscula y capa negra, estuvo siempre fuera, excepto en la serie con la zurda, llevándolo en paralelo, despegado y a media altura, sin forzar ni dominar las naderías del toro. Al menos estuvo más erguido que de costumbre y no hubo paso atrás en el trasteo. Lo mató de un pinchazo huyendo y media muy atravesada de la misma forma que requirió de descabello. Mal y recogiendo pitos. En el cuarto de la tarde, Dulce de apodo, 562 kilos y capa negra, dio un par de verónicas aceptables, pero echando atrás el pie de embarque, aunque aplaudidas –vivir para ver-. Comenzó ligando bastante su muleteo, sirviendo de eje sobre el cual giraba el toro, pero sin colocarse como se debe. Ca,mbió los terrenos para irse al 6, y allí muy despatarrado, y colocado fuera, lo siguió ligando, en paralelo ahora, para irse apagando en las restantes series y acabar dando lances muy sucios. Montó muy mal el estoque, y le dejó un pinchazo hondo saliéndose y 1 descabello. Silencio en la plaza.

Daniel Luque, que confirmó su alternativa con Vazqueño, bicho negro de 576 en la romana, tampoco se colocó demasiado. Además, abría plaza, con la expectación por Tomás. Desde fuera, con un toro que iba corto y que se hacía notar el defecto cada vez más en el trasteo, no hubo demasiado temple y acabó encimista, metiendo pico y con la muleta atrás. Hubo algún detalle de gusto, como un trincherazo de cartel, pero se perdió en un fárrago de lances que dijeron poco. Dejó una estocada desprendida con ligera tendencia a atravesar, y lo remató al primer golpe. En el sexto, Empanado, de 531 kilos, negro salpicado y listón de capa, volvió a acortar distancias en exceso. Tampoco el toro tenía juego apreciable, flojo como su primero, y de corto recorrido, pero si le hubiera dado algo más de espacio para pegarse al arrimón en la última serie hubiese lucido más. Se empeñó en ponerse entre los pitones en la tercera tanda, y, claro, a la quinta la gente ya le había dicho varias veces que lo matara. Es verdad que mientras embistió le sacó algún pase bueno, llevándolo desde delante hasta atrás, tirando de él, y que luego hubo valor sobrado, pero torear también es otra cosa… que ya hemos mencionado muchas veces. Con la espada le dejó un pinchazo hondo, desprendido y media de la misma forma, sonando un recado y descabellándolo a la primera.

Y vayamos, por fin, al meollo del espectáculo. José Tomás y la sugestión general. El tercer toro era Dakar, 525 kilos, negro bragado y meano y acabando sosote. Tomás ya había lanceado con unas gaoneras ceñidas al segundo, en su reglamentario quite, aunque sin el temple y cadencia de las del Payo; y con el capote en éste dio unas chicuelinas ajustadas, al principio sucias pero luego mejores tras la primera vara. Brindó al público y se sacó el bicho a los medios. Y allí, con la derecha, empezó a ligar series, sin mover un ápice los pies, mandando, llevándolo sometido, pero siempre colocado al hilo o más allá –¡claro que eso nadie se lo iba a protestar hoy, aunque se le proteste a otros diestros!-. El viento le molestó en alguna fase del trasteo y por ello y por el empleo de algo de pico, le salían algo sucios los pases. Pero hubo un momento en que bajó la mano y le dio dos o tres derechazos, largos y soberbios, más en redondo, de la mejor marca. Unas trincheras al final de la cuarta serie decidieron ya al público a aclamar al torero, y con la izquierda, mejor colocado, logró atemperar la embestida, y rematar la serie con circular invertido, cambio de mano y una firma espléndida. La gente no cabía en sí de gozo. Unos ayudados por alto, unas nuevas trincheras y firmas precedieron al uso de la espada. Y se tiró a por todas, tanto que el toro le encunó porque no vació absolutamente nada, gracias al Creador, sin consecuencia física, dejando media en su sitio. Primeras dos orejas. Méritos: los mencionados, la quietud estoica, el mando y el poderío sobre el toro, la templado y ajustado de algún derechazo, natural y los adornos menores. Demérito, falta de capoteo de recibo, estocada en buen sitio pero de ejecución defectuosa, y la colocación a lo largo de la faena, junto con alguna suciedad en el muleteo. Para mí, una oreja hubiese sido, dada la petición popular, premio sobrado.

En el quinto me gustó más. El toro se llamaba Comunero, 536 en la tablilla, negro listón de pelos, con cabeza y culata algo anovillada. Tampoco fue eficaz el capoteo inicial, pero estuvo muy bien picado por Francisco de Borja Ruiz, y bien pareado por Chacón. Dio dos verónicas a cámara lenta muy buenas y media aun superior en su quite. El toro comenzó embistiendo con brusquedad, con riñones y al galope, y Tomás lo paró con unos estatuarios a pies firmes, poderosos, ceñidos y emotivísimos, muy buenos. Luego siguió, como en su primera faena, con las mismas virtudes y defectos, bien es verdad que el toro iba y venía con genio y tenía mucho más que torear, por lo tanto el mérito era mayor. Hubo algún buen pase de pecho, trincheras y firmas con la derecha. Con la zurda subió la emoción al clímax, colocado entre los pitones y con un aguante que sólo él puede mostrar, con lo que la gente, ya de pie, gritaba “torero, torero…”. Fue el mejor momento de la tarde. La siguiente, a pies juntos, fue un prodigio de aguante, quizá con menos ligazón, pero es que el toro tardeaba un poco para venirse como un tren en cada lance. Los pitones pasaban a milímetros en unos pases ceñidísimos. Y con las pasiones desatadas, desbordada la capacidad del público, el toro fue y se rajó. Así, sencillamente, se rajó, y Tomás tuvo que perseguirlo por tres tendidos. Llegaría un aviso, antes de que le dejara una entera, desprendida,, aguantando la arrancada del bicho. Había habido mando, dominio hasta ese momento final, mérito en aguantar y tolerar las bruscas acometidas del toro, técnica en llevarlo sin que hubiese apenas lances enganchados –más que al inicio de la mano izquierda-. Otras dos orejas. Pecados, menores… La falta de posición en la rectitud, una faena larga, emotiva es cierto, pero sin demasiada estructura central, y al final el no evitar que el toro se le fuera suelto y rajado donde quiso. Dos orejas, quizá faena de una, pero quien concede o deja de dar orejas cuando la emotividad manda en un coso de veintitantas mil personas enfervorecidas…

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