Ahí estaban ellos, alzando su voz “progresista” en defensa de esa causa que parecía perdida, buscando esa sentencia judicial que diera la razón a esos padres que deseaban acabar con la vida de su hija, sumida en un coma irreversible, aun en contra del parecer de las religiosas que la cuidaban con inmenso cariño.
Sí, y no se cansaron de repetir, una y otra vez, que no hay nadie en el mundo que tenga más derecho sobre la vida de sus hijos que un padre, que la madre que le dio cobijo en su interior y le trajo a este mundo.
Y se felicitaron cuando llegó el visto bueno de la sentencia de muerte, cuando triunfó el egoísmo más vil que existe.
Así es, ahí estaban ellos, alzando su voz buscando esa sentencia judicial que diera la razón a esos médicos que deseaban acabar con la vida de aquel bebé con graves malformaciones, aun en contra del parecer de sus padres que lo cuidaban con mucho amor, testigos de sus muchos momentos de sosiego y felicidad.
Sí, y no se cansaron de repetir, una y otra vez, que no hay nadie en el mundo que tenga más derecho sobre la vida de un paciente que su propio médico.
Y se felicitaron cuando se dictó la sentencia de muerte, cuando triunfó el egoísmo más vil que existe: el que acaba con la vida de un ser humano argumentando que el coste para permitirle una mínima calidad de vida es demasiado elevado.