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Por un momento parecía que la Beneficencia se ejercía sobre los toreros

Interesante encierro de Ortigao Costa en Santander

Santander, lunes 28 de julio de 2008. Media entrada. Corrida de Beneficencia. 5 toros de Ortigao Costa, bien presentados, salvo el tercero, mansos, pero nobles y encastados. 1 toro de Esteban Isidro (4º), manso e incógnito. Julio Aparicio, pitos y bronca. Antonio Barrera, oreja y dos orejas. Eduardo Gallo, oreja y ovación tras aviso.

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Rafael Cabrera. - 28-07-08

Por un momento miré la entrada para asegurarme que el festejo de hoy no era un festival benéfico. Se regalaban orejas, se aplaudían series inverosímiles, enganchadas, despegadas, aturulladas, aceleradas o embarulladas. El público –parte al menos- jaleaba a los toreros –bueno a dos de ellos-, había algunas mujeres que los llamaban guapos –yo no entiendo de eso-, y la media plaza que había, parecía dispuesta a entregarse en cuerpo y alma a lo que fuera. Quizá tuvo mucho que ver la actitud distante, pasiva, negativa, ausente de Julio Aparicio, el torero de más clase de la terna, hoy andante por las Batuecas o el más allá. Quizá, en respuesta a su abstencionismo “activo”, aplaudieron cosas que en una corrida seria ni se plantearían. Hubo trasteo que, realizado en Sevilla hubiera recibido un silencio sepulcral, y en Madrid algunos pitos y protestas, pero que se saldó con corte apendicular; déjenme creer que en respuesta a la nada del sevillano Aparicio. 

 

Y para qué nos vamos a engañar, los toros estuvieron muy por encima de la terna. Toros con la presencia necesaria para este coso, sólo el tercero, escurrido, pequeño y poca cosa desdiría en el panorama de trapío. Pero el segundo cumplió en varas y fue noble y boyante en la muleta, otro tanto el pequeñín tercero, algo abanto pero repetidor el quinto y noble y boyante también el sexto. Un encierro interesante, sin duda. 

 

Aparicio estuvo como perdido en la inmensidad del océano, sin saber si quería hacer algo, o qué le había traído a la capital cántabra. A su primero, Aguaviva de apodo, 526 y negro como todos los demás, un manso con cuerna delantera, se lo quitó de en medio después de tantearlo, al ver que se defendía un poco y se quedaba algo corto. El acero lo dejó bajo pero entero, cuarteando a lo cinegético. En el cuarto, Garboso, el de Esteban Isidro, un  toro de 569 tocado y de comportamiento ignoto en la muleta, aun lo liquidó más rápido. Eso sí, dio un trincherazo que fue el pase más bello de todo el festejo, pero ya arreciaban los pitos, que acabarían en bronca. Se dobló con movimiento de pies y dejó un espadazo casi entero, caído y saliéndose; el bicho se fue a toriles y allí le acertó al segundo descabello. Bronca fenomenal; el público santanderino también tiene su corazoncito. 

 

Antonio Barrera tuvo enfrente a un toro bravo en primer lugar, de nombre Espejito, 504 en la báscula, delantero, y además noble y boyante, con casta.  Lo lanceó con una larga afarolada  y verónicas de diferente catadura, antes de que el bicho tomase una única vara pero empujando, costando sacarle, y luego diese unas gaoneras sin historia. Con la muleta el toro fue con clase, quizá peor por la izquierda –llevaba la cara alta-, y vimos a un Barrera entregado, con ganas, aseado, al principio colocado al hilo, pero siempre intentándolo en redondo, por momentos mandando bien en su embestida. Lástima que su estética personal no ofrezca la profundidad y clase de otros, porque fue una faena con ganas de veras. Colocado en la restituid se tiró con ganas a matar, cobrando una entera aunque un poco caída. El quinto, al que cortó dos orejas, tenía por mote Abierto, de 578 kilos, tocado de puntas, bajo pero largo y un poco ensillado. En lo anímico fue manso y abanto, tardeando al arrancar pero repitiendo con clase y codicia cuando lo hacía. Y así como con el segundo nos gustó más, aquí le vimos carencias, como la de templar, embarcar con la muleta más por delante, colocarle o quitarle la muleta para dar pases de uno en uno. Al final, incluso, lo ahogó un tanto, saliendo sucios los muletazos. Buena voluntad, pero sin gran toreo, que, no obstante, le granjeó aplausos por doquier, que se recrudecerían tras cobrar una estocada caída, perfilado fuera. Quizá todo fue la reacción frente a Aparicio…, pero las orejas exageradas de todo punto. Por cierto el presidente fue el generosísimo Ramón Paterna, que en las tres corridas presididas ha otorgado más trofeos que nadie en esta feria: 12 en total; ¿será por algo que le ponen, o se pone, en determinados festejos? 

Eduardo Gallo se topó con Vicioso, un toro de 458 kilos, mínimo de apariencia, que se tapaba algo con la cabeza, pero con unos cuartos traseros de gnomo, manso de carácter con el caballo y luego embestidor con nobleza y boyantía, también encastado. Dio unas chicuelinas ajustadas en su quite, aunque con movimiento de pies, y con la muleta estuvo bastante más despegado que lo que la nobleza del bicho pedía. Colocado siempre al hilo, lo fue llevando en redondo, sin profundidad, sin bajarle mucho la mano, con algún momento sucio en el trasteo, y acabó requetesobándolo en las últimas series, a las que seguía yendo el Vicioso de turno. Una estocada arriba, entera, pero un acaso traserilla, lo remató y ganó su oreja. En el sexto, Chicharrito, de 484 kilos, castaño chorreado y ojo de perdiz, corniabierto y colín se midió a un toro manso, noble y boyante pero yendo un poco a menos al final. Gallo anduvo anodino lo más del trasteo, de nuevo despegado –excepto cuando el toro se metía él solito un poco más-, y más enganchado que en su primero. Con la izquierda el toro tardeaba un poco y tenía menos viaje, pero con la derecha tuvo recorrido y transmisión, hasta el punto de que, como su primer toro, recibió diez series sin rechistar. Falló con el acero y eso le privó de mayor recompensa que una ovación: media arriba, un pinchazo delantero, un aviso, y tres cuartos de estoque arriba, alargando el brazo, a los que finalmente sucumbió Chicharrito. Finis coronat opus

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