Albacete, miércoles 17 de septiembre de 2008. Lleno. 6 toros de Gavira, mal presentados, mansos, descastrados, alguno rajado. Julián López, el Juli, silencio, ovación, silencio. Miguel Ángel Perera, oreja, palmas, oreja.
Todo en la vida es relativo. No depende tanto del cristal con que se mira –Campoamor-, como de la situación anímica a la que uno se enfrenta a un hecho determinado. Las dos orejas de Perera de hoy, lejos de sus actuaciones de Sevilla o Madrid, han sido de pura bisutería, casi de quincallería, lejos del oro de ley de 18 o 24 quilates. Preguntados algunos aficionados a la salida del coso sobre sus recuerdos de la tarde, sobre sus impresiones de las faenas del diestro pacense, casi respondían por unanimidad: “Manzanares es el que ha hecho lo mejor de la feria”. No era esa la respuesta buscada, pero es que a muchos se les había olvidado lo realizado en dos faenas bastante insulsas frente a un ganado auténticamente lamentable de casta y presencia. Y por desgracia no eran los únicos a los que se les había borrado de la memoria lo realizado en la arena… No se preocupen, les refrescaremos la memoria, pero es verdad que el mérito de cada oreja no tiene ni punto de comparación con lo que hiciese el diestro alicantino, o el enorme mérito que tuvo la lidia del Fundi a aquel marrajo de Adolfo Martín, la autenticidad, el afrontar el riesgo, el compromiso ético que supuso jugarse la vida ante un bicho complicadísimo de albaserrada, y no esos arrimones finales de Perera ante un bicho que no se iba a arrancar –por falta de casta- que en última instancia le conseguirían ese segundo trofeo tras una faena que no levantó olés, ni hizo rugir la plaza, bien armonizada, eso sí, por la magnífica banda musical de Pozohondo.
El ganado fue lamentable de presencia… y de casta. Las dos primeras exigencias básicas que se le piden a un ganadero. Tan sólo el más pequeño de la corrida, corrido en tercer lugar y que correspondió al Juli, de 482 kilos, tenía pinta y hechuras de toro; la mayor parte del resto eran unos novillotes de cinco años –algunos-, o unos bichos con pinta avacada, sin cuajo ni respeto para una plaza que pretende ser de primera, donde ni se pica, ni se conceden orejas con criterio, donde el toro que sale es el que vale, y la exigencia de algunos equipos presidenciales está bajo mínimos. Nada que ver con la exigencia, el respeto a la legalidad, el interés por el prestigio de la plaza y la defensa de los intereses de los aficionados del equipo del día anterior, que rechazó la corrida de Samuel.
Y vayamos al toro, al análisis pormenorizado de lo que vimos en un espectáculo final, programado como triunfal colofón de la feria albaceteña y que fue un fiasco auténtico pese a cortes de orejas. El Juli pasó por la plaza para cumplir el trámite de matar sus tres toros es un mano a mano en el que no hubo ni competencia, ni atisbos de la misma, ni pique alguno, ni asomo de nada. Quizá tuviese algún otro trámite administrativo en Albacete, pero lo del coso fue una ausencia injustificada. Su primero era Japero, de 502 kilos, negro chorreado, tocado de puntas, manso y descastado, que tuvo poco gas de salida y aunque duró en la muleta fue a costa de embestir lánguidamente y sin ganas. El Juli estuvo como el toro, nada con el capote, y en el muleteo despegado, desde fuera y sin templar, resultando bastantes lances enganchados. Hubo, eso sí, tres o cuatro pases de calidad salpicados en una faena de trabajador más que de artista. El toro, con la cara altita, a media altura no terminó de entregarse, ni el torero de someterlo. Dos medias espadas bajas, atravesadas por salirse –como hizo toda la tarde un buen estoqueador como él- y un descabello, pusieron broche a su primera labor. El tercero tenía por mote Solterón, tenía 482 kilos y fue el único toro del festejo, pese a su pequeñez relativa, negro de capa, tocado, sin embargo fue manso y dio juego en la muleta. Apuntó unas chicuelitas en su quite y nada más con el capote. Con la franela se encontró un bicho que comenzó reculando y doliéndose, quedándose corto y revolviéndose en algún caso, pero al que fue alargando sus embestidas, siempre desde fuera, despegado, por momentos en redondo pero generalmente lanceando en paralelo, y con suciedad en distintos pasajes. Un pinchazo caído, ay una entera, atravesada pero arriba, y en toriles un descabello dieron paso a un silencio del respetable. El quinto era Dispuesto, de nombre, claro, de 501 kilos, negro meano, anovillado y feo, con cabeza de vaca, manso, rajado y sin casta. Con el bicho mirando por donde salir del coso no hubo pase apreciable con la capa; y con la muleta, gazapón y con alguna tarascada al final del pase con la derecha –con la zurda pegaba el gañafón a medio viaje-, estuvo el madrileño descolocado y metiendo pico. Lo tiró dos veces al doblarse con él, y cogió la espada para dejársela de una entera, arriba, a paso de banderillas, con división de opiniones.
Perera se encontró con Fulano, de 510 kilos en segundo lugar, un colorado ojo de perdiz que parecía haber salido de una capea de pueblo, tal era su trapío indigno y avacado, de cuerna tocada y apretada. Junto a ello, de carácter, fue manso, distraído y sin casta. El pacense no hizo nada notable con el capote; y tras el trámite de los dos primeros tercios –a eso ha quedado reducido el gallardo arte de detener con vara larga y el notable de banderillear-, dentro de una lidia propia de la capea citada, llegó el muleteo. Perera estuvo perfilado casi siempre fuera de cacho en los inicios, pasando en paralelo y despegado, con el novillejo a su aire, prácticamente hasta la cuarta serie, donde vimos un buen derechazo, algo más en redondo. En la siguiente hubo un circular largo y templado, con el diestro situado como antes, y en la próxima un largo natural, rematado en la espalda. Con esos tres o cuatro muletazos en una faena de seis series, cogió el estoque y lo dejó arriba, bien de ejecución, pero un poco atravesado de posición, consiguiendo una oreja facilota. El cuarto era Distinguido, un bichejo negro, de 476 kilos, pequeño –cuasi diminuto-, manso y rajado. Se distinguió, eso sí, por quererse ir a toda costa a chiqueros desde que salió, y lo conseguiría en una lidia semejante a una capea pueblerina en alguna ocasión. El diestro no fue capaz de sujetarlo con la muleta en ningún momento, no le bajó la mano, ni lo dominó, no hizo, en palabras de Domingo Ortega que “el toro fuera por donde no quería ir”, sentencia del espada toledano –no mía- que bien define la esencia del arte taurino. Tres o cuatro veces lo recogería camino de toriles para llevárselo a los terrenos en los que pretendía lancearlo, siempre infructuosamente. Una estocada entera, hacia el rincón, y muerte camino de toriles. En el sexto hubo nueva oreja, merced a la actuación de la banda musical que ameniza el espectáculo, en una nueva faena insulsa donde no surgieron los olés hasta el remate final con el arrimón ficticio ante un bicho que no se arrancaba porque no quería embestir. Se llamaba Soltero, de 542 kilos, negro, tocado de astas, manso pero embestidor para irse a menos, de pocas hechuras pese a la báscula. Con el toro campando sueltito hubo unos capotazos perdiendo pasos, pérdida del capote a la salida de la vara y pase anodino por los garapullos. Se lo llevó a los medios, con la derecha, y allí lo fue llevando, al hilo del pitón, con algún pase en redondo al final de la segunda tanda. Luego, algo más despegado, desde fuera, repitió con la diestra, todo a media altura, sin molestar al toro para que no se le rajara, y por ello sin profundidad. Sonaba, y muy bien, la música, y ese era el melodía de fondo de la faena. Luego, con el toro parado, llegó el arrimón, rozando los pitones el traje del pacense, pero con un toro al que sólo con un brusco cite lograba arrancar una cortísima embestida. Esa es la tauromaquia del momento. Una estocada baja, perpendicular, un aviso y la oreja necesitada para salir por la Puerta Chica –puesto que cual horcas caudinas tiene el diestro que agacharse para salir en triunfo, por bajo de los munícipes albaceteños-. Una puerta grande con sabor a…, inodora, incolora e insípida. Sevilla y Madrid entre las presenciadas, fueron otra cosa.