Salamanca, lunes 15 de septiembre de 2008. 5ª de Feria. Tres cuartos de entrada. Toros de Vellosino, altones, feos de hechuras y desiguales de volúmenes, el mejor fue en noble 3º. Julio Aparicio, pitos y bronca. Morante de la Puebla, silencio en ambos. Miguel Ángel Perera, oreja con petición de la segunda y dos orejas tras aviso.
Sin fallar ningún día, valiéndole todos los toros, descarrajando las puertas grandes… ese es el momento de forma en el que se encuentra Miguel Ángel Perera. Y Salamanca no ha podido ser menos. La Glorieta se ha rendido a un torero en estado de gracia que ha cortado tres orejas en otra gran tarde de su temporada.
Su primero ha sido el animal de Vellosino más claro del encierro, un animal con movilidad y nobleza en la primera parte de la faena y que aunque se rajó mediada la misma tuvo la intención de seguir las telas cuando se le hacían bien las cosas. Perera, como tarjeta de visita, dejó ya de principio un gran saludo capotero a pies juntos y un ceñidísimo quite por gaoneras. El comienzo de la faena por el pitón derecho fue sensacional, ganándo un pase al toro para poder ligar los pases. Siempre le dejó puesta la muleta en el hocico para tirar con templanza de la embestida del toro.
Por el pitón izquierda los naturales surgieron hondos y profundos, siempre colocado en el sitio. Cuando el animal amenazó con rajarse, Perera sujetó del animal, dejando circulares con la cintura completamente rota. La pena fue que la estocada cayó baja, circunstancia que dejó el premio en una oreja pese a la petición del público. Bien para el Presidente, pero hay que recordarle al señor Grande Cubino que igual circunstancia ocurrió con Castella y a éste si le regaló la puerta grande.
Pero Perera salió con rabia en el sexto, al que literalmente se comió en
El toro se vio podido y dejo de embestir. El trasteo perdió en ligazón pero ganó en emoción, con el torero metido literalmente entre los pitones, apurando hasta el último suspiro las embestidas del toro. Esta vez el estoconazo fue en lo alto del morrillo, y aunque el animal tardó en caer y se levantó tras el primer de los puntillazos, le fueron concedidas las dos orejas.
El resto del festejo tuvo tan poco contenido como casta los ejemplares de Vellosino.
Morante de la Puebla, por su parte, sólo pudo esbozar alguna verónica en sus dos recibos con el capote. Alguna de ellas tuvieron el sello inconfundible que imprime el de la Puebla con el percal. Con su primero no se acopló con un toro paradote y sin clase y con el quinto no terminó de apostar con otro manejable pero que nunca descolgó y con el que anduvo a la deriva, intentando sacar faena en diversos terrenos pero sin resultado final.