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Puerta Grande para Manzanares en Albacete

Lección de temple

Albacete, lunes 15 de septiembre de 2008. Más de tres cuartos de entrada. 6 toros de Las Ramblas, desiguales de juego y presencia. Encastados los tres primeros, rajado el quinto. Desiguales y complicados los otros. Manuel Jesús Cid, el Cid, oreja y ovación. Antón Cortés, oreja y ovación. José María Manzanares, oreja y oreja.

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Rafael Cabrera - 15-09-08

Templar es acompasar la velocidad de la muleta al ímpetu del toro, pero aun es algo más, es atemperar las embestidas de la res a la cadencia y ritmo, velocidad e inercia que el torero disponga. El concepto no es nuevo. Ya es un lejano siglo XVIII, y al hablar de Pedro Romero en el Diario de Madrid se decía que en “éste la muleta, es inimitable, ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro [templar y presentar la muleta plana], ya llevándola rastrera como barriendo el piso donde ha de caer o que ha de besar mal su grado [bajar la mano]; aquella muleta que siempre huye, y nunca se aleja de los ojos de la fiera [nueva versión del templar], que a veces la obedece como un caballo al freno”. Pero en la práctica es muy difícil ver templar tal y como queda definido, simplemente atemperar la velocidad de ésta al ímpetu del toro es cuestión que se echa en falta en muchas faenas modernas, cuanto más incluso, modificar la velocidad de la embestida según el ritmo y gusto del lidiador. Hoy Manzanares lo ha conseguido en su primero, con gusto exquisito, con profundidad, mandando en el animal, sometiendo sus embestidas encastadas –hoy contrariamente a lo de otras tardes, al menos ha habido casta en los tres primeros-, y lanceando al natural, sobre todo, con verdadero clasicismo. Tan un solo un pero puede ponerse a su actuación en ese tercero: la colocación al hilo en varias de las series, aunque en la fundamental, con la izquierda, la primera y mejor de ellas, estuviese bien colocado.

La corrida de Las Ramblas ha dado tres primeros ejemplares que, siendo mansos en los caballos, han tenido casta y acometividad en la muleta, han llegado a los tendidos; el primero más pegajoso e incómodo, los otros dos con clase y transmisión. Lástima que la segunda mitad del festejo no haya correspondido a las halagüeñas expectativas que nos habíamos formado: el cuarto  se vino abajo muy pronto, tuvo menos casta y fue flojo; el quinto fue un buey rajado; y el sexto  también tuvo la casta justa y más genio que otra cosa. De presencia hubo un primero anovillado y el resto estuvo bien presentado, si acaso con un tercero con menos culata.

El Cid no estuvo más que cumplidor en el primero, Animador de mote, de 530 en la báscula, manso, noble y boyante, aunque pegajoso. Dio unas verónicas aceptables a los medios, y unos delantales lo mismo en su quite, después de un picotacín –como a toda la corrida-. La faena fue de una suavidad excesiva, a media altura para evitar las caídas del bichillo, que lucía unas embestidas pegajosas y demasiado nobles. Estuvo casi toda la faena al límite de colocación y algo despegado, metiéndoselo un poco en la segunda mitad del pase. A medio trasteo el animal desarrolló ese defecto de hacer hilo y los pases salieron más sucios, y no hubo profundidad, en general. El toro tuvo mucho más dentro y el espada estuvo aseado sin más. Una entera, arriba, a capón, lo mató rápidamente y cortó la primera oreja. El cuarto se llamaba Apuntador, de 506 kilos, castaño casi retinto, delantero de armas, manso, embestidor al principio pero sin duración: se vino abajo en la tercera o cuarta tanda. Dio el Cid dos buenas verónicas en las de recibo, y quitó por lo mismo con gusto. Pero en la muleta, con un toro viniéndose abajo por momentos, lo llevó, sí, pero sin profundidad, mejor colocado que en su primera faena, pero todo a media altura. Dos pinchazos sin fe y una entera desprendida precedieron a una muerte en la que el toro aguantó lo que pudo.

Antón Cortés nos dejó lances de buen gusto y muy personales en su primero, Ilegal, un toro negro, de 482 kilos, pequeño pero con cuajo, manso en varas, pero boyante y noble en la franela. Lanceó por chicuelitas y media en su quite con ese sello personal, y llegado al último tercio, decidió apostar por darle distancias e ir embebiéndolo en la muleta. Y allí, cogiéndolo delante y llevándolo muy largo, bajándole la mano, fue sacando derechazos, algunos de muy buena talla, en paralelo, para en la tercera serie metérselo en redondo hacia la espalda. La cuarta tanda fue la mejor, muy en redondo, templados y con gusto, largos y profundos, con el espada colocado al hilo del pitón. Cambió a la izquierda y repitió, pero peor colocado, sacándolos sin la necesaria continuidad, uno bueno, otro regular. A partir de ahí la faena se vino algo abajo, y ni retomando la derecha mejoró en una tanda cortita. Eso sí, se tiró con ganas y cobró una estocada entera, apenas desprendida, de la que se echó, obteniendo así una oreja justa. El quinto fue un manso rajado desde la salida, se llamaba Martillero, con 500 justos en la tablilla, berrendo en negro, gargantillo y botinero, tocado de armas, pero sin ganas de embestir, sólo de huir. Lo intentó en los medios, pero acabó en chiqueros, se lo sacó al tercio, y volvería allí, y al final, al hilo de las tablas y dando siempre salida a favor de querencia le daría algunos muletazos sueltos, aplaudidos por sus paisanos. Un pinchazo muy bajo y casi media algo caída, hubieron de necesitar dos descabellos en una faena que sobrepasó el tiempo sin aviso consecuente.

Manzanares estuvo muy bien en su primero, Improductivo, de 490 en la báscula, castaño de capa, delantero de puntas, manso y boyante. Veroniqueó con clase y dio tres magníficos delantales de recibo. Y con la muleta, al principio lo llevó en paralelo, luego metiéndoselo en redondo con la derecha, templando y ligando extraordinariamente, pero siempre al hilo del pitón. Al coger la izquierda se colocó perfectamente, y atemperó y definió a su gusto la velocidad de la embestida del toro, cambiándola a medio pase: ¡vaya calidad! Cambió de mano, pero aunque siguió ligando y llevándolo no alcanzó la misma cota sino hasta volver a la izquierda, con un natural sensacional en una serie bastante buena en general, aunque al hilo. Un cambio de mano de lujo en la siguiente tanda, pases de pecho largos y doblando al toro, empaque, clase y gusto, y un circular por la espalda remataron la faena. Se perfiló y dejó una estocada entera, arriba, apenas unos dedos trasera, buena de ejecución, que requirió un certero descabello. En el sexto, Estirado, de 514 kilos, negro y tocado de astas, manso y complicado, supo lidiarlo y embeberlo en el capote, ante las frenadas del toro; muy inteligente le dejó el capote en la cara y lo hizo girar en su derredor varias veces –todo seguido-, hasta que el toro tomó el engaño, aunque saliéndose algo suelto. Con la muleta el bicho se arrancaba brusco, manseando, y Manzanares fue llevándolo, al principio en paralelo, pero dejándole siempre la muleta en la cara para que el bicho no se fuera de la lid, ligando así los pases. No terminaba de meter la cabeza y entregarse el animal, pero hubo transmisión, con el diestro mejor colocado en la segunda mitad de la faena, aunque arrancándole al final los pases de uno en uno, o en tandas más contínuas por la embestida con genio del toro. Una nueva estocada entera, un acaso desprendida, entrando en paralelo, rápidamente, dio con el toro en el suelo y con otra oreja en sus manos. Una Puerta Grande meritoria, donde nos gustó más esa primera faena, la más redonda, junto con la del Fundi, de lo que llevamos de feria.

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