Lo que ha hecho el Fundi hoy, al margen del enorme mérito que ha tenido, es otra muestra de cómo para torear no es preciso ponerse bonito con la burra inválida. Basta con que salga el toro, con casta o con genio –mejor lo primero-, y con que haya un torero dispuesto a tragar, a aguantar, a colocarse en su sitio, en el meritorio, en el arriesgado, a afrontar la vida y la muerte en esa postura ética que tanto preconizamos, y a someter un toro con ganas de salir en los sucesos. En definitiva, torear es afrontar el riesgo innato a la fiesta de los toros y burlar al toro, aunque no haya pases largos y profundos, naturales o derechazos de los que los cursis llaman de “ensueño”. Basta con ponerse en el lugar en el que se ponen los verdaderos héroes y someter a un bicho con instintos homicidas. La emoción ha llenado la plaza de Albacete, el interés no ha decaído en toda la tarde, pero especialmente nadie se ha perdido un solo instante de lo que sucedía con el cuarto, el toro del Fundi. En definitiva, en eso consiste el toreo, en hacer que un toro haga lo que quiere el diestro, no lo que gustaría de hacer el animal, en burlar sus acometidas, en colocarse en el sitio del mérito auténtico, y en poder con la fuerza bruta del toro. Si eso, además, se tiñe de arte, de gusto, de estética, mejor que mejor, pero tampoco es imprescindible para ver torear, basta con el valor, con la técnica, con la quietud, con la colocación, con la ética, en resumen.
Vaya por delante que la corrida de Adolfo no me ha gustado en términos generales; ha habido un buen toro para la muleta, el tercero; un quinto que ha cumplido en varas, un segundo que casi hace lo mismo; pero en términos generales ha tenido más genio que casta. Y entendemos por genio aquel comportamiento que desarrolla el toro que embiste de mala ley, buscando al torero más que siguiendo los engaños, que se hace el reservón, para arrancarse cuando cree tener a tiro al espada o a la muleta; que escarba y amaga para luego embestir con brusquedades. Es, por decirlo de alguna manera, mala casta, pero casta al fin, aunque no haya nobleza, ni boyantía. Claro que el toro encastado puede ir por el torero si éste se descubre o hace mal las cosas, pero debe tener ese mínimo de nobleza para seguir los engaños si se le presentan adecuadamente, si el espada está toreando de verdad, con la muleta por delante y la técnica necesaria para encelarlo en la misma. De ahí que hoy hayamos visto más genio que casta.
Al Fundi le correspondió en primer lugar un Murciano, de 495 kilos en la báscula, negro entrepelado, manso, muy complicado y con poca casta, de trapío justo para este coso. El toro anduvo buscando la salida con el capote, salió suelto de varas y llegó a la muleta haciendo hilo y gazapeando. Y de ese defecto inicial pasó a las miradas con intención al torero que, por más que se tapaba o lo intentaba, veía como se le venía en más de una ocasión, sin terminar de pasar en las demás. Con desconfianza, cogió la espada y lo mató de un pinchazo saliéndose y una entera, delantera y desprendida, sin cruzar, que requirió dos descabellos. La gente empezó a darse cuenta de lo que tenía por delante la tarde. El cuarto, de otra reata ilustre, se llamó Madroño, 454 kilos, cárdeno, tocado y casi veleto, justo de trapío por detrás, y manso de condición, reservón y homicida. Hubo unas verónicas aceptables al tercio y pareó el diestro, poniendo un arriesgadísimo primer par, desigual, porque el bicho le ganó terreno de mala manera; el segundo cayó bajo, y el tercero, por el pitón izquierdo, al cuarteo, fue bueno. Y se fue por el bicho, y el bicho por él sin el menor descaro por el pitón derecho. Así que con unos pases por el zurdo se lo sacó a los medios. Y allí, muy colocado siempre, cruzado al pitón contrario en ocasiones, fue intentando sacar lo que el toro llevaba, que era poco y peligroso. La res tardeaba, se arrancaba a lo que creía era tiro hecho, se ceñía o ganaba terreno y el Fundi, firme, inmóvil, estático, aguantando y tragando como nunca, le fue arrancando pases en los mismos medios, cortos –es cierto-, pero meritorísimos, jugándose la vida –no es un eufemismo- entre los pitones. Acabó con un precioso desplante, rodilla en tierra, en la cara del animal y tocándole un pitón, con la muleta atrás, y otro en pie, tocándole el testuz, arrojando la franela. Había ganado la pelea, había quedado por encima del homicida; la técnica, el valor, el mérito, el poderío, se habían sobrepuesto a las aviesas intenciones del marrajo. Y para redondear su actuación se tiró a matar con tales ganas que dejó una estocada entera, un poco contraria por atracarse de toro, que lo mató fulminantemente. La estocada y la oreja de la feria de la feria hasta el momento.
Urdiales no ha tenido suerte pese a intentarlo esta tarde. Alguno le ha silbado, y no creo que sea justo. Es verdad que no ha habido faenas, pero también que él ha puesto mucho de su parte, aunque no hayan salido las cosas ante toros complicados. Su primero era Vanidoso, de 506 kilos, bien presentado, cárdeno, tocado de astas, manso y complicado. Entró rebrincado y cabeceando a la capa, pasó por varas dejándose pegar -le dieron fuerte-, y llegó a la muleta ciñéndose en alguno por la derecha, revolviéndose y con poco recorrido. Se dobló de entrada para intentar meterlo en la muleta, pero aunque el toro metía la cabeza, no pudo con él, con brusquedades intermitentes. Por la izquierda le desbordó, haciendo hilo y yendo por el matador, y al retomar la derecha, con el poco viaje del toro anduvieron peleándose. Quizá abusó de la cortedad en el cite, quizá de lejos hubiese ido mejor, quizá, quién sabe… Lo cierto es que era difícil y que el diestro riojano terminaría doblándose con algún movimiento. Un pinchazo hondo, un poco desprendido, y un descabello pusieron fin a la lid. El quinto fue Aviador, de 487 kilos, negro entrepelado, playerote de cuerna y anovillado. De nuevo fue un toro complicado y muy exigente, de los que piden el carnet, de los que hubiesen desbordado a la mayor parte de la torería. Repitió codicioso y algo rebrincado en la capa, ante lo que reculó el espada con desarme final. Casi cumplió en varas y llegó a la muleta pidiendo guerra. El matador empezó haciendo lo que debía, doblarse, en esta ocasión sobre los pies, sin quietud, pero con técnica y eficacia –antaño se le llamaba maestría-. Desde el primer momento se vio que el toro repetía con prontitud, se revolvía y no dejaba colocarse nunca al espada, con peligro en ocasiones y entrando con alguna incertidumbre. Le aprovechó el viaje en alguno, pero en otros se vio sobrepasado por el animal, especialmente con la zurda. Tenía que haber consentido más, quizá con ello se hubiese hecho con el bicho. Le dejó un pinchazo arriba, sin demasiada fe y una entera, perpendicular y delantera, que remató de un descabello.
Bolívar dejó escapar al mejor de la tarde. Le habían puesto Chaparrito, tenía 469 kilos bien puestos, la capa negra entrepelada, y condición mansa aunque boyante; el toro era pequeño pero tenía trapío. Recibió unas verónicas con paso atrás en los inicios, salió suelto de las varas, hubo mitin en banderillas, y llegó con codicia y casta a la muleta, a pesar de su mansedumbre. Bolívar, al hilo o algo más fuera, despegado casi siempre y toreándolo de abajo a arriba o a media altura no se hizo con él. Porque torear no es simplemente dar pases, ni forzar una postura estética, sino llevar al bicho por donde no quiere, y no con el pico –recurso sólo aceptable para bichos que ganan terreno o se ciñen, no hay más que leer las tauromaquias clásicas- sino con la panza de la muleta. Estuvo por debajo de las condiciones de un buen toro. Lo finiquitó de un bajonazo entero y verdadero, ante el que el toro, con la boca cerrada y en los medios, después de varios capotazos de mareo, decidió desentenderse caminito de chiqueros. Sombrerillose llamaba el último, de 470 kilos, entrepelado, tocado de puntas, pequeño y anovillado, manso y con poca casta. Se desmonteró Pedro Calvo en banderillas, tras dos buenos pares. El toro llegó a los medios, con algunas ganas de embestir, y Bolívar, colocado, pero con el pico, se lo echaba para afuera en cuanto podía, sin demasiada limpieza. Y con ello desaprovechó las tres primeras y buenas series del bicho, porque fue acortando sus embestidas, y quedándose cada vez más reservón, tardeando para arrancarse con genio. Al final, después de intentarlo con el toro muy cortito y tardeando casi siempre, lo mataría de una estocada entera algo caída, de efecto rápido.