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Talavante cortó una oreja al tercero y respondió Perera en el quinto

Los cerrojos volvieron a descorrerse por Perera

Madrid, viernes 6 de junio de 2008. Lleno. 6 toros de Núñez del Cuvillo, de presencia irregular. Mansos en general; segundo, tercero y, sobre todo quinto, boyantes y nobles; primero, flojo y rajado, cuarto y sexto a menos. Manuel Jesús Cid, el Cid, silencio y ovación. Miguel Ángel Perera, palmas y dos orejas. Alejandro Talavante, oreja y silencio.

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Rafael Cabrera - 06-06-08
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Los cerrojos volvieron a descorrerse por Perera

Nueva tarde de puerta grande. La feria del Aniversario, ya lo dijimos, tenía carteles rematados en toreros y con toros con posibilidades; era, justo, lo que quería la afición madrileña, y no el largo purgatorio en que consistió la feria de San Isidro por mor de sacarse la empresa unas pesetas, euros o lo que fuere. Así tenía que haber sido la isidril: doce, quince carteles como los ofrecidos en los tres últimos días, repitiendo a los toreros más interesantes, y el resto fuera de abono… y a ver quién va a qué cosa. Lo que no puede ser es que por un contrato desmesurado nos veamos obligados a ver veinte corridas de escaso, poco o nulo interés, para que se nos ofrezcan carteles de la categoría de Madrid fuera de abono y al final. La empresa ha programado, como lo hiciera el pasado año, lo de mayor interés fuera de abono, porque así se asegura unos ingresos con las medianías isidriles, antes de pagar las corridas como se merecen los que generan interés. Muy mal por empresa y Comunidad.

El festejo de hoy ha venido a dar la razón a los que pensábamos que Perera es un torero prometedor y que también lo es, pese a baches y desilusiones Talavante. El Cid no ha tenido hoy su tarde; no sólo ha sorteado lo peor del encierro –rara avis- sino que le hemos visto un tanto desangelado, ligeramente ausente, y eso en un torero de su categoría es francamente extraño. Es más, apostábamos –entre comillas- porque hoy podía ser su tarde; pero al final, como mencionaba un amigo, puede con los victorinos y falla con los cuvillos. ¡Qué se le va a hacer!

Lo de Núñez del Cuvillo, aunque mejorando pasados encierros, tampoco ha sido hoy la corrida que esperábamos. Mansos en los caballos, por regla general, sólo han tenido casta y alegría en sus embestidas –desde lejos y con recorrido-, segundo, tercero y quinto. Éste último ha sido excepcional para la muleta, con una boyantía y nobleza proverbiales, aunque no era toro de vuelta, como pidieron algunos neófitos, pues en la primera vara aunque fijo, se dejó pegar, para terminar haciendo el puente y salir suestecillo, y en la segunda, topó y salió manifiestamente suelto. Pero en la muleta metió la cabeza planeando, como suele decirse, obedeciendo al toque y con alegría, aunque bajando de ritmo con la continuación del trasteo.

Al Cid le tocó el peor lote. Su primero se llamaba Pañoleto, 548 en la báscula, negro mulato bragado y meano corrido y listón, toro que no decía nada en cuanto a trapío se refiere –mala cosa-, rarete de pitones y manso, soso y sin casta, para rajarse al final. Pero en la faena que es de lo poco que interesa al público moderno, iba sin gas, quedándose corto y sin fuerzas, cabeceando y cayéndose, no por exceso de castigo en varas, sino porque de salida ya mostró su invalidez. El Cid no pudo sacarle gran cosa, pero es que tampoco estuvo colocado y cuando lo llevó fue en paralelo, de abajo a arriba para que no se cayera, dando mucha salida, quizá para que no se le quedara debajo, y eso apenas llama la atención en Madrid. Una estocada aguantando, arriba, precedió que el toro se fuera a morir a tablas. En el cuarto, Aguafría, 549 en la romana, negro mulato, manso y yendo a menos, dio alguna buena verónica de recibo y una media superior. Bien pareado por Alcalareño –qué diferencia con el pasado día-, llegó el toro a la muleta brusco y cabeceando. El Cid le aguantó bastantes bronquedades, pero cuando intentó bajarle la mano lo tiró sendas veces en la segunda serie. Y vuelta a lo anterior, toreo en paralelo, sin cruzarse, largando trapo, pico en exceso y al final acortando distancias a medida que se apagaba el toro. Un sablazo perpendicular bastante feo, y una atravesada que hizo guardia, necesitaron de un postrer descabello.

Perera, que en su primero hizo poca cosa, nos gustó en el quinto. El segundo se llamaba Galiano I, de 547 kilos, negro meano y anovillado, manso pero embistiendo con alegría en la distancia para apagarse en las cercanías. Respondió al quite de Talavante –unas gaoneras eléctricas- con unas chicuelinas ajustadas, y supo lucir el toro en las series iniciales, dando bastante terreno al bicho, tras unos estatuarios a pies juntos. Pero en la distancia el toro se venía como un tren y usó de pico para aliviarse y siguió en series ligadas pero desde fuera. Y a medida que fue acortando espacios, y que el toro repetía en las series, se fue quedando más corto. Salió trastabillado de algún que otro lance, pero más por empujarle con la cadera o cuartos traseros que con los pitones, que al final le pasaron cerca. No fue, sin embargo, el mejor Perera ni mucho menos. El toro, al final, seguía embistiendo en la distancia. Le dejó un pinchazo arriba tras costar cuadrarlo, y una entera desprendida con el brazo por delante.

En el quinto, Berlanguillo de mote, 541 en el peso, castaño y delantero, muy justito de trapío para esta plaza, manso pero noble y boyante en la franela, lo lanceó a los medios sin lucimiento porque el toro salía distraído en cada pase. Lo que son las cosas, luego embestiría con clase singular en la muleta. Dio un quite por gaoneras, ceñidas, pero sin la clase del Payo nos mostrase días atrás, y brindó al público. Comenzó, como ya es habitual, con dos pases cambiados por la espalda, en los medios, a pies juntos, ligados con la primera serie con la derecha. Le daría las distancias requeridas en los inicios, de lejos, mejor con la derecha, pero en una faena irregular, donde no brilló la colocación. Ahora bien, tiró con profundidad, con la mano baja, llevando muy toreado al bicho desde delante hasta bastante atrás y en redondo, en definitiva, toreando. Y con ello encandiló a la gente. Por la izquierda bajó bastante porque el toro tendía a salir distraído, pero retomada la diestra, dio algún buen circular y finalizó con unas manoletinas ajustadas bien ligadas con un fenomenal pectoral, ya con el público en pie. La faena, repetimos fue magnífica, si bien…, si bien debió citar más en la rectitud y colocarse más, porque el toro era una malva embestidora. Con estos toros hay que entregarse hasta el fin, cruzarse, mostrar las pantorrillas, darles lo que quieran, y lo demostró con creces, porque cuando se cruzaba o colocaba más en su sitio el toro repetía con incesante clase. Una entera desprendida, sonando el primer aviso, y un peregrinaje a tablas para morir el toro con casta, mediaron antes de una petición que el usía concedería por partida doble, resistiéndose a la petición escasa de vuelta al toro.

Talavante ha salido revalorizado de Madrid. El tercero, de apodo Galiano II, era negro mulato chorreado, de 532, manso y boyante en la muleta. Comenzó dando unas verónicas a pies juntos pero el toro le arrolló. Y en la muleta lo haría con estatuarios, ligados, y siguió con la mano izquierda, dando distancias. Las series fueron siempre de menos a más, los primeros pases largando tela y hacia fuera, y los siguientes metiéndoselo en redondo, más templados y mandados, y varios de pecho fenomenales. Cuando cogió la derecha se repitió la misma historia, cambiando de mano con interés casi al final. Más colocado en la serie final con la zurda vimos varios naturales desmayados, y una buena trinchera y firma, para acabar con unas manoletinas bien ligadas con el de pecho. Media atravesada y un descabello culminaron una interesante faena, que le habrá venido como anillo al dedo. El sexto no dio apenas opciones; se llamaba Luminito, 565 kilos, castaño, con poco por detrás, largo y manso. Se vino abajo en la tercera serie, y a partir de ahí todo fue una porfía por explotar un filón agotado, al hilo, con suavidad, pero sin gas, sin sal, con pases sucios, con ganas pero sin toro. De perfil, entre los pitones, tampoco llegó a la gente al final; cogió la espada y se la embutió de cuatro pinchazos y una entera desprendida, silenciándose su empeño.

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