Un cruel atentado ha sacudido Oslo, la capital Noruega. Todavía no hay un número definitivo de víctimas, pero todo indica que estamos ante un ataque de magnitudes como el sufrido en Madrid el 11 de marzo de 2004 o en el metro de Londres en 2005. La masacre la ha revindicado un grupo yihadista que ha asegurado que lo ha hecho por la presencia de tropas noruegas en Afganistán y por las caricaturas de Mahoma que se publicaron. Antes de cualquier consideración es necesario tener en cuenta a las víctimas y a sus familias. Es el momento de pensar en el destino de estas personas cuya vida ha sido segada brutalmente. Es muy util en este momento rezar por su eterno descanso. La eliminación de Osama Bin Laden no ha supuesto, como estamos viendo, que la lucha asimétrica contra el terrorismo internacional haya concluido. Hay una ideología que instrumentaliza el islam para sembrar la muerte y la destrucción. Como no se ha cansado de repetir Benedicto XVI esta violencia no tiene nada que ver con una auténtica experiencia religiosa. Aunque haya pasado ya una década desde los atentados del 11 de septiembre y, aunque a menudo nos olvidemos de ello, el terrorismo islamista se ha convertido en una de las grandes amenazas a nuestra forma de vida. Las primeras soluciones que se arbitraron, las guerras de Iraq y de Afganistán, se han mostrado insuficientes para aportar soluciones. En parte por errores en la fórmula de la intervención en parte por falta de decisión. Las soluciones son sin duda militares, policiales pero también culturales. El islamismo es más fuerte en la medida en la que Occidente es más débil. Los terroristas del 11 M decían amar más la muerte de lo que nosotros amamos la vida. Esta es la gran cuestión. Un Occidente con certezas fuertes y elementales estaría menos indefenso.