El ejercicio de la responsabilidad política va más allá de las fotos necesarias y de los actos de cortesía institucional. En una intensa jornada de encuentros y desencuentros entre Mariano Rajo y Alfredo Pérez Rubalcaba hay un mensaje que no puede pasar al olvido: los retos comunes a los que se enfrenta la sociedad española exigen una conciencia de Estado que se articule cada día a través de una leal oposición y de un diálogo basado en la búsqueda de soluciones adecuadas.
La demagogia, la estrategia de caos y la política del acoso y derribo sin límites al gobierno, olvidando promesas anteriores y pactos que trascienden nuestras fronteras como los referidos al déficit o a la estabilidad presupuestaria, expresan una sinrazón que a la larga se vuelve en contra de quien la propugna. Rubalcaba conoce bien cuáles son sus tentaciones a la hora de hacer política. Lo peor que le puede ocurrir es que tropiece reiteradamente con su propia sombra.
Son muchos los cargos que están pendientes de nombramiento y que necesitan un acuerdo básico. Retrasar la renovación del Tribunal Constitucional, del Defensor del Pueblo, del Tribunal de Cuentas, del Consejo de Radio Televisión supone un grave deterioro para el normal funcionamiento de la vida democrática. De los errores del pasado también se aprende. La proximidad de las elecciones en Andalucía y en Asturias no tiene por qué convertir la política española en un campo sembrado de minas. Por mucho que tenga que cumplir con el guión, Rubalcaba sabe distinguir por experiencia entre lo relevante y lo urgente.