La cumbre del G-20 que concluyó ayer en Cannes ha subrayado el valor de la petición que hacía la Santa Sede hace unos días, petición de una autoridad mundial. El peso que en otros tiempos tenía el G-8 se ha trasladado ahora al G-20, pero la cumbre que terminó ayer en Francia no aportó decisiones relevantes. El mundo entero se enfrenta a la segunda parte de la crisis que comenzó en 2008, con un grave problema de deuda en la zona euro que los mercados aprovechan con movimientos especulativos. Todo lo que ha salido del G 20 ha sido un Plan de Acción para la reactivación de carácter genérico en el que se incluyen algunas medidas ya tomadas.
No se ha llegado a un acuerdo para aumentar los recursos del FMI para posibles rescates. Los países emergentes se han negado a ello. Tampoco había acuerdo para el impuesto a la gran banca. No se han aportado soluciones claras ni para afrontar la que seguramente es la crisis más aguda desde el 29 ni para resolver las disfunciones de la globalización financiera. Si hay algo que ha quedado claro en la última década es que la mano invisible del mercado no sirve para convertir el egoísmo individual de los agentes económicos en un bien común planetario. De ahí que cobre cada vez más importancia el valor de la política para encauzar algunas cosas. Está en juego el desarrollo de muchas naciones y que la economía financiera no se distancie definitivamente de la economía real.