Seguro que ha visto alguna película de Woody Allen donde aparece un diván y un psicoanalista. En realidad, en el mundo de los años 80, 90, el psicoanalista empezó a desarrollar el mismo papel que antes desarrollaba el confesor, es decir, que uno se acerca a él, le cuenta, y se va con el ánimo de que ha sido absuelto. Es una cuestión extraordinariamente seria. "La impostura freudiana" es un libro altamente aconsejable, publicado en Encuentro, puesto que se trata de una crítica inédita desde el punto de vista antropológico.
Las críticas que se han hecho siempre a Freud son de tipo epistemológico que tienen que ver con el hecho de que la obra de Freud no tendría eficacia terapéutica, pero lo cierto, según comenta el autor del libro, Juan Bautista Fuentes, es que algún tipo de eficacia tiene porque miles de personas en el mundo están yendo a psicoanalizarse durante toda su vida. Una eficacia que tiene que ver con el tipo de personalidad que ha construido esta sociedad, sostiene Fuentes.
Freud empieza a trabajar en la Viena de finales del XIX, y fundamentalmente recibía señoras histéricas a las que les explicaba que sus problemas eran consecuencia de unos factores que tienen que ver con "lo otro, lo inconsciente, por quien uno siempre es engañado", hasta terminar convencidas de que la culpa es de otro. Todo un discurso pseudoterapéutico que funciona de maravilla, en opinión de Juan Bautista.
El autor incide en que la sociedad modernista entre clases sociales pudientes se genera un tipo de personalidad desmoralizada debido al desarraigo, que le lleva a inhibirse de su responsabilidad moral. La sabiduría de Freud es "perversa", asegura Fuentes. Añade que "es una manera de llegar a tener la certeza de que no se es responsable de lo que se hace, ya que hay una fuerza detrás de la consciencia que es la que dirige, y por tanto, el sentido de responsabilidad es un autoengaño".
Se trata de una isntitución rígida revestida de libertad: "el psicoanalista establece un pacto con el psicoanalizado, hay que estar toda la vida entregado, manteniendo en standby el sentido último del esfuerzo moral del hombre", asegura Fuentes. Un campo de concentración sin alambradas, una institución psicopatológica, afirma. Todo es paja. A su juicio, Freud ha hecho mucho daño, ya que desautoriza toda autoridad, convirtiéndose en señuelo de todas las corrientes libertarias-emancipatorias. De manera que la norma moral, en vez de ser vista como algo que te edifica y te eleva, se ve como algo que reprime y prohíbe, una siniestra idea, señala el autor, como si el cuerpo fuese sangrado por la norma, cuando en realidad es la norma la que edifica al alma y el cuerpo quien necesita ser disciplinado.