Dublinesca, la última novela de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), es un paso más en su apuesta literaria distinta y renovadora. Autor minoritario, pero con prestigio internacional, Vila-Matas está considerado como un guía de muchos escritores europeos e hispanoamericanos que buscan en la literatura otros caminos al margen del realismo y de la literatura más convencional y comercial.
El propio Vila-Matas ha confesado que sus libros son una reacción contra el realismo castizo, tan presente en la literatura española de los siglos XIX y XX, reciclado en sus formas más comerciales en el siglo XXI. Defiende una literatura distinta para un lector distinto. Sin embargo, tal y como han ido las cosas en el mundo editorial en las últimas décadas, sabe que sus eruditas pretensiones han fracasado. “Siempre imaginé –ha dicho– que el lector del siglo XXI sería más adulto, se centraría menos en la narración y se aproximaría más al ensayo, la biografía, la filosofía, la poesía; pero nada, han pasado unos años y ya he cambiado de opinión”.
Maestro de la autoficción
Vila-Matas se dirige a un lector nuevo (que no llega: de ahí el carácter minoritario de su obra) para un tipo de literatura que quiere romper, experimentalmente, con el pasado y con la rigidez de los géneros literarios. “Me atrae en estos momentos –escribe– un género que mezcla la narración con la experiencia y la realidad traída al texto como tal, algo así como el tejido de un tapiz que se dispara en muchas direcciones: materia ficcional, documental, autobiográfico, ensayístico, histórico, epistolar, libresco...”.
Algunos han calificado su literatura como de autoficción, género donde se mezclan –como en algunas obras de Claudio Magris y de W. G. Sebald– el ensayo y la novela, y donde lo metaliterario –la obsesiva presencia de la literatura, sus ingredientes, sus personajes, sus mecanismos, sus autores...– tiene un papel preponderante y definitivo. Sus protagonistas son seres vinculados estrechamente a la literatura –el de Dublinesca, por ejemplo, es un editor retirado– y sus tramas están también íntimamente ligadas a todo lo relacionado con el mundo literario, buscando siempre los aspectos más insólitos y extravagantes vinculados al proceso de creación, como ya hiciera en una de sus primeras obras, Historia abreviada de la literatura portátil.
Sentido lúdico y kafkiano
Vila-Matas tiene el acierto de presentar estas disquisiciones y preocupaciones de manera más bien desenfadada, huyendo de la gravedad ensayística, con mucho sentido del humor y con una ironía que convierte en atrayente y contagiosa levedad muchos de sus planteamientos metaliterarios. Esta tendencia hacia la ironía es uno de los rasgos más sobresalientes de sus personajes, que suelen manifestar rasgos delirantes y extravagantes, territorio en el que Vila-Matas se maneja con mucha soltura.
Con estos materiales, y apoyándose en unas motivaciones aparentemente lúdicas, su propuesta literaria siempre busca el sentido grotesco, caótico y complejo de la vida. Vila-Matas no encuentra un orden, ni un sentido, ni un Dios, sino una sucesión de momentos y significados absurdos. Es aquí donde se palpa de modo más evidente su pasión por Kafka, escritor fundamental para él por el mundo agobiante que describió de manera fragmentada.
A pesar del humor, muy original y desternillante en ocasiones por las ocurrencias de los personajes y las tramas desquiciadas, late en Vila-Matas (y es muy evidente en la parte final de su última novela, Dublinesca), una radical visión pesimista de la vida, y que concluye que el mundo no tiene sentido.
Esta conclusión arrincona las preocupaciones existenciales de sus protagonistas siempre hacia una misma dirección (la literatura como sucedáneo de la filosofía) y convierte la religión, cuando aparece, en un mero y crítico decorado costumbrista. Ideológicamente Vila-Matas se sitúa en la izquierda política, aunque no hace bandera literaria de ello; de hecho, apenas aparece en sus escritos. Se nota esta filiación en los temas de fondo y en ciertas afinidades sociológicas y costumbristas, pero él nunca ha usado la literatura como herramienta política.
Alejado de la tradición hispánica
Con humor, ha escrito que “me estoy convirtiendo en un escritor francés de padres mexicanos”, lo que demuestra su experimentalismo y su deliberado alejamiento de la tradición hispánica (en especial, del realismo); también su internacionalismo, incluso en la recepción: Vila-Matas es un escritor habitualmente traducido al francés, italiano y portugués y muy leído en círculos de Hispanoamérica (donde recibió, por ejemplo, el premio Rómulo Gallegos).
Él mismo destaca su afinidad con algunos escritores hispanoamericanos –Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Bioy Casares, Alejandro Rossi, Sergio Pitol...–, además de ser amigo –y para algunos maestro– de otros escritores hispanoamericanos actuales como Roberto Bolaño (ya desaparecido), Juan Villoro, César Aira, Rodrigo Fresán...
La crítica destaca que su vanguardismo tiene puntos en común con Ramón Gómez de la Serna, otro escritor al que su afán de originalidad y de experimentalismo le llevó a dinamitar los géneros literarios. Y entre los escritores que aparecen de manera persistente en sus libros hay que destacar, además de Kafka, a Robert Walser –su héroe moral y literario–, Fernando Pessoa, Italo Calvino, James Joyce, Samuel Beckett, Vladimir Nabokov, Valéry Larbaud, Witold Gombrowicz, J.D. Salinger... Escritores a los que une una gran pasión, casi enfermiza, por la literatura y el deseo de transformar las reglas literarias a través de nuevas fórmulas. Vila-Matas habla, también, de “trabajar con la tradición, pero hacerla irreconocible”.
El bucle Vila-Matas
Esta literatura fragmentaria, culta, lúdica, que va incluso en contra de la novela tradicional, cercana al ensayo, experimental... tiene también sus riesgos, reconocidos por el propio autor. Al principio, la novedad de sus propuestas ha llamado positivamente la atención, y ahí están el acierto de sus novelas Bartleby y compañía, El mal de Montano y Doctor Pasavento, donde más a las claras aparece la estética de la autoficción. Sin embargo, ya en esas novelas se intuye la posibilidad de que Vila-Matas acabe encerrado en un bucle del que ya no sepa cómo salir, encadenado a sus propias teorías literarias y vitales y a su singular manera de interpretar el mundo y la literatura.
Dublinesca confirma este dictamen. En ella volvemos a encontrar, disfrazados y reiterados, los mismos temas y las mismas obsesiones, aunque ya sin la soltura y sorpresa de sus novelas anteriores. Por eso, su estilo acaba sonando a artificio, técnica que hay que repetir, aunque quizá este amaneramiento retórico, esa imitación de sí mismo, no sea lo más grave.
Lo que más limita el mundo literario de Vila-Matas es que el estancamiento en las obsesiones librescas ha acabado por rebajar las preocupaciones existenciales o la presencia de la propia vida. Así, sus libros se quedan en una especie de laberinto o antesala literaria donde las cuestiones claves –la vida, la muerte la soledad, el amor...– tienen una presencia tangencial y sin apenas fuerza. Este es, quizás, el peligro más grave de llevar lo metaliterario a sus últimas consecuencias.
Entre los escritores Shandy y Bartleby
Enrique Vila-Matas nació en Barcelona en 1948. Estudió periodismo y Derecho. Sus inicios están vinculados al cine; fue redactor de la revista Fotogramas y dirigió en 1970 dos cortometrajes. Su primer libro lo escribió haciendo el servicio militar en Sevilla, Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1973). En 1974 se trasladó a vivir a París, episodio que recrea años después en una de sus más divertidas novelas, París no se acaba nunca (2003), centrada en su decisión de convertirse en escritor. En París escribió su segunda novela, La asesina ilustrada (1977). De regreso a Barcelona publicó Al sur de los párpados (1980), historia sobre el aprendizaje de un escritor, y Nunca voy al cine (1982), libro en el que, según sus palabras, investiga sobre los temas que le preocupan como autor literario.
1985 es un año clave. Publica Historia abreviada de la literatura portátil, su primer intento de mezclar ensayo y ficción radical, lo que será una de las señas de identidad de Vila-Matas. El libro habla de una serie de escritores, a los que el autor denomina “shandys”, que forman una especie de sociedad secreta “con el puro objeto del esparcimiento insolente”. Para Mercedes Monmany, “con este libro curioso y desconcertante, Vila-Matas ha culminado su capacidad de duplicidad e ironía, de equívoco y juego, de relativización desquiciada de la realidad, por medio del doble sentido y de un gran entramado, a manera de logia ocultista y secreta de palabras, contraseñas y hechos sorprendentes en todo momento” (Vila-Matas portátil, Candaya, 2007).
La búsqueda de la voz personal
Una casa para siempre (1988) es otra vuelta de tuerca en el proceso de formación del mundo vila-matiano. Se trata de una colección de relatos que tienen como tema común la búsqueda de la voz personal. Vila-Matas ha frecuentado con asiduidad el relato, el ensayo literario y el artículo periodístico, géneros en los que escribe igual que en sus novelas, con los mismos temas y las mismas pretensiones. Además, siempre busca en sus libros de relatos un hilo conductor. Por ejemplo, en el siguiente libro que publica, Suicidios ejemplares (1991), el tema unitario es el suicidio.
El viajero más lento (1992, reeditado en 2001) es una colección de ensayos literarios que sirve para conocer mejor a sus escritores favoritos y algunas de sus obsesiones literarias que luego desarrollará en forma de novela. Como en el resto de su literatura sorprende su capacidad para huir de los lugares comunes, su sentido del humor, y su manera de abordar el mundo de la literatura.
En 1993 publica una de sus mejores colecciones de relatos, Hijos sin hijos, libro muy kafkiano en la elección de algunos temas, donde aparecen seres con azarosas y complicadas vidas que esgrimen una indiferencia oblicua y distante hacia la realidad que les ha tocado vivir.
Lejos de Veracruz (1995) es una novela sobre el fracaso personal y el refugio en la literatura como irónica solución vital. En Extraña forma de vida (1997), el narrador es un escritor que está preparando una conferencia sobre la relación entre los espías y la literatura, con connotaciones delirantes y enfermizas que Vila-Matas utiliza para reflexionar sobre las peregrinas vidas de los escritores. El viaje vertical (1999), una de sus novelas más aplaudidas, cuenta el epigonal viaje de Federico Mayol, quien en el declinar de su existencia es echado de casa por su mujer el día después de celebrar sus bodas de oro. Mayol se ve forzado a iniciar una nueva vida y para olvidarse de todo emprende un viaje vertical para descubrir un nuevo sentido a su gris existencia.
Las enfermedades literarias
En el año 2000 hay un importante salto en su estética. Vuelve Vila-Matas al mundo que había descrito en Historia abreviada de la literatura portátil y publica Bartleby y compañía, en la que mezcla las posibilidades del ensayo con la novela. La investigación literaria tiene que ver con lo que el protagonista llama la literatura del No, escritores que en un momento de sus vidas deciden dejar de escribir como una radical opción literaria. Las anécdotas y citas que rescata Vila-Matas (o inventa, como hace casi siempre), son entretenidas y muy jugosas. El mal de Montano (premio Herralde 2002) tiene muchos puntos en común con Bartleby y compañía, aunque lo que le sucede a su protagonista es todo lo contrario al de esta novela: sufre “la manía de verlo todo desde la literatura”. El libro, repleto de erudición libresca y de personajes excéntricos, es una irónica reflexión sobre las enfermedades literarias.
En 2003 publica un libro aparentemente memorialístico: París no se acaba nunca. Vila-Matas mezcla otra vez lo biográfico con lo ensayístico, pues el libro es la conferencia que prepara el autor sobre sus años de aprendizaje literario en París. Doctor Pasavento (2005) culmina la trilogía iniciada en Bartleby y compañía. En este caso, el doctor Pasavento, especialista en psiquiatría y escritor oculto, está angustiado con la idea de la desaparición del autor, es decir, que la literatura debe ser sólo literatura, sin tener que estar anclada a una biografía y ni siquiera a un escritor. Sin embargo, como ya hemos comentado, el deseo de ser tan original pasa factura a estas novelas, que cuentan con unas tramas muy débiles y unos recursos un tanto reiterativos.
Exploradores del abismo (2007) es una nueva colección de relatos con un hilo conductor: un conjunto de personajes que “investigan en la nada y no cesan hasta dar con uno de sus posibles contenidos (...). Todos los personajes acaban siendo exploradores del abismo o, mejor dicho, del contenido de ese abismo”. Todos, como el propio autor, han sufrido una reciente operación y todos se ven como funambulistas bordeando el precipicio fatal.
Sus colaboraciones periodísticas para la edición catalana del diario El País han sido reunidas en dos volúmenes: Desde la ciudad nerviosa (2000) y Dietario voluble (2008). Este fue el último libro publicado con la que había sido su editorial de siempre, Anagrama, mientras que su nueva novela Dublinesca ha aparecido en Seix Barral.