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Nombres de oro para una cultura disidente en La Estrella Polar

Emmanuel Mounier: el personalismo cristiano

“El mundo moderno es un desplome colectivo, una despersonalización masiva (…). En este mundo inerte, indiferente, inquebrantable, la santidad es en lo sucesivo la única política válida, y la inteligencia, para acompañarla, debe conservar la pureza del relámpago”.

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José Javier Esparza - 21-02-09

El autor de estas palabras es Emmanuel Mounier, uno de los pensadores más sugestivos del siglo XX. La muerte se lo llevó pronto, pero a este trabajador incansable le dio tiempo a configurar un pensamiento que sigue conservando su vigencia. A ese pensamiento se le ha llamado “revolución personalista” o “personalismo cristiano”. En torno a él se podría edificar uno de los mayores focos de disidencia de nuestro tiempo. Vamos a verlo.

Vamos a poner al hombre en su contexto. La primera guerra mundial había conducido a la convicción generalizada de que el viejo mundo había muerto. En el horizonte aparecen formas nuevas de ambición inagotable. El capitalismo de la máquina y el dinero, la dictadura del proletariado; pronto, también, las revoluciones nacionales en nombre del Estado y, más tarde, de la raza. En ese ambiente, hay muchos jóvenes que se niegan a aceptar la alternativa entre el capitalismo y el marxismo. En la cultura francesa se los conocerá como los “no conformistas”. Algunos bascularán hacia el nacionalismo; ya hablaremos otro día de la Acción Francesa, condenada por el Vaticano en 1926. Otros inconformistas explorarán salidas a través del cristianismo. Entre éstos figura nuestro autor, Mounier.

Emmanuel Mounier había nacido en Grenoble, cerca de los Alpes, en 1905, en una modesta familia de campesinos. Desde niño orienta su vida hacia dos pasiones: la filosofía y la religión. Trabaja mucho y muy en serio. Ha aprendido a luchar: casi ciego de un ojo y, además, bastante sordo, se forja con el temple de quien tiene superar todos los días sus limitaciones. Termina sus estudios en la Sorbona, en París: primero Medicina –que no completa-, Filosofía después. En 1928 obtiene una cátedra de Filosofía con el número dos. Su primer objeto de estudio es la mística española, que le fascina. Incluso viaja a España en 1930 para conocer a los místicos sobre su terreno. Luego cambia de idea y se inclina hacia la obra de Charles Péguy, entonces relativamente poco conocido. A Péguy dedicará su tesis doctoral.

Ya hemos dicho que eran tiempos de efervescencia intelectual. En 1932 Mounier abandona la enseñanza, que le aburre por estéril; se traslada a París y funda la revista Esprit, que enseguida aglutina a un nutrido grupo de jóvenes intelectuales inconformistas. ¿Qué se propone Esprit? Romper con la cultura burguesa, petrificada y muerta, y volver a examinarlo todo desde el principio: la propiedad, el trabajo la conciencia cristiana, la autoridad, la idea de comunidad… Al principio, Esprit está vinculada a un movimiento de tipo político-cultural: Tercera Fuerza, pero enseguida cobrará vida autónoma.

Como hay que ganarse los garbanzos, Mounier se marcha a Bruselas a dar clase. Es 1933. Allí se casa con Paulette Leclercq. En los años siguientes va a publicar lo esencial de su pensamiento. En 1935, Revolución personalista y comunitaria. En 1936 aparecen el ensayo De la propiedad capitalista a la propiedad humana y, acto seguido, Manifiesto al servicio del personalismo. El personalismo queda completamente definido. No es un sistema filosófico, sino una manera de ver los problemas humanos y de incitar a los hombres a pensar y a crear. El marxismo y el existencialismo son dos “enajenaciones” que anulan la vida de la persona; el personalismo se propone exaltarla.  Eso no se va a lograr a través de la política, y por eso el personalismo descarta convertirse en una “máquina política”; se trata de actuar sobre la política, no desde ella.

El eje de toda la reflexión de Mounier es la persona. Es eso, la persona, lo que el orden nuevo debe asegurar. El individualismo liberal y el colectivismo marxista están en los antípodas de ese imperativo: el primero, porque concibe a la persona como un objeto económico y conduce a la explotación; el segundo, porque disuelve a la persona en una colectividad sin rostro. Frente al liberalismo y al marxismo, Mounier postula un orden que garantice a la persona la realización de su vocación singular. Pero como la persona no es un átomo sin raíces, sino que está inmersa en un mundo de lazos con el prójimo, el orden debe asegurar también el intercambio entre la personas y la convivencia en comunidad. El personalismo es comunitario.

Esta consideración del hombre como persona, no como individuo ni como clase, implica un cambio profundo en muchos conceptos esenciales. Por ejemplo, el de libertad. Para Mounier, el hombre libre es aquel que se esfuerza por dar la respuesta adecuada a las preguntas, retos, desafíos que el mundo le plantea. O sea que la libertad es, literalmente, responsabilidad. En tanto que responsable, la libertad ha de tender un lazo también con los demás, con el prójimo. La libertad así entendida no es una fuerza que divide, una fuerza que pueda tender a la anarquía, sino una fuerza religiosa –en el sentido original del término: porque religa, une- y una fuerza devota, porque implica entrega a los demás.

Los planteamientos personalistas tienen también consecuencias necesarias en el plano económico. Ni el capital, que es una cosa, puede sojuzgar al trabajo, que es fruto de la persona, ni el trabajo puede ponerse tampoco al servicio de una dictadura estatista, porque borraría igualmente la huella de las personas. Ni capitalismo, pues, ni socialismo. A partir de este doble rechazo, Mounier formula unos principios de economía personalista que entroncan directamente con la doctrina social de la Iglesia: primacía del trabajo, consumo responsable y ético, tendencia a la autogestión, fórmulas de copropiedad de las empresas… El Estado es necesario para hacer eso, pero sólo es un instrumento material, no una entidad de rango espiritual ni trascendente.

Lo que Mounier propone es una subversión completa. Hay que regenerar a la familia rescatándola del egoísmo burgués. Hay que reafirmar el papel de la mujer como una reserva de amor, la más rica reserva de la humanidad. Hay que reordenar la vida en torno a las comunidades reales, concretas: en la familia, la iglesia, el sindicato, las asociaciones civiles… En una carta de 1934 lo expresa de manera taxativa:

“Nunca se denunciará lo bastante la mentira democrática en régimen capitalista. La libertad capitalista ha entregado la democracia liberal, utilizando sus fórmulas mismas y las armas que ella le daba, a la oligarquía de los ricos (oligarquía de poder y de clase); después, en la última etapa, a un estatismo controlado por la gran banca y la gran industria, que se han apoderado, no solamente de los mandos ocultos del organismo político, sino de la prensa, de la opinión, de la cultura, a veces hasta de los representantes de lo espiritual, para dictar las voluntades de una clase y modelar incluso las aspiraciones de las masas a imagen de las suyas, al mismo tiempo que les negaban los medios para realizarlas (…). No quitemos importancia al problema: se trata del dominio, sobre una estructura democrática desfalleciente, de una estructura capitalista inaceptable. Así pues, no se trata de purificar, sino de rehacer, desde las raíces, valerosamente, todas las estructuras sociales (y por añadidura, el corazón del hombre, pero esto es cosa aparte)”.

En 1940 ocurre lo que parecía inevitable: Hitler invade Francia. La doblega en apenas mes y medio. Como la inmensa mayoría de los intelectuales franceses, Mounier asiste a la invasión alemana con una actitud entre la resignación y el estupor. Francia se ha deshecho: el norte, bajo administración alemana; el sur, bajo el régimen de Vichy. Lo que queda es una extraña mezcla de esperanza y dimisión.

Nuestro autor se siente atraído por la posibilidad de ejercer alguna influencia en la Francia de Vichy: al fin y al cabo, el mariscal Petain predica una revolución nacional edificada sobre conceptos como la tierra, la familia, la patria y la religión, que no son incompatibles con el espíritu del personalismo. Así Mounier promueve Jeune France (Joven Francia), un organismo dependiente de la Secretaría de Juventud del Gobierno de Vichy. Era diciembre de 1940. Se trata de llevar a cabo una revolución cultural acercando a los jóvenes a un arte, una estética, una cultura de la tradición y de la tierra. Mounier no quiere poner el personalismo al servicio de Vichy, al revés: quiere poner Vichy al servicio del personalismo. Pero la realidad política es otra y Mounier la va a experimentar en sus propias carnes.

En efecto, la actitud de “resistencia interior” propia del personalismo pronto choca con la realidad oscura de una Francia sometida. Primero se prohíbe la revista Esprit. Luego –marzo de 1942- el Gobierno disuelve Joven Francia. Y después el propio Mounier es encarcelado por supuestos contactos con las fuerzas de De Gaulle. Durante su cautiverio, el filósofo protagonizará una sonada huelga de hambre. En octubre será juzgado y absuelto de todos los cargos, pero ya es una personan non grata. Se refugia en el Drôme, no lejos de su Grenoble natal, y allí aguardará el final de la guerra.

La revista Esprit resucita en cuanto termina la guerra. En diciembre de 1945 ya está de nuevo en la calle. Mounier trabaja sin descanso. Esprit crece en tirada e influencia social. Mounier estaba convencido de que su trabajo, su movimiento, era capaz de generar una revolución cristiana en Europa. Por encima de la manera tradicional de entender el cristianismo, en franca oposición al comunismo y al capitalismo, muy lejos también del estatismo fascista y, por supuesto, en los antípodas del existencialismo que empezará a tomar alas con Sartre, la revolución personalista y comunitaria ofrecía una alternativa que salvaba la dignidad de los hombres. Donde los existencialistas predicaban desesperanza, Mounier describía la existencia como “un empuje de energía, una búsqueda por esperanza y amor, una invocación de aquello que está más allá de la existencia del hombre”.

El hombre –sostiene Mounier- es persona porque no es sólo un objeto biológico, un animal. El hombre –la persona- es cuerpo y espíritu o, más precisamente, es todo cuerpo y todo espíritu. Sin cuerpo no puede existir, pero lo que le hace persona, lo que completa su antropología, es el reconocimiento de su espíritu. A la existencia objetiva del cuerpo se añade, en un todo, la experiencia subjetiva del espíritu, y ambas cosas son indisociables. Ese espíritu nos orienta, entre otras cosas, hacia una vocación moral que consiste en darnos al prójimo, a los otros. Tal entrega moral sólo puede darse en el seno de la comunidad. Por eso lo comunitario no es algo contrario a la persona, sino al revés: la comunidad permite a la persona ser plenamente tal. Y aquí es donde el cristianismo resulta fundamental, porque ese darse al otro, ese amor al prójimo, es precisamente el orden establecido por Dios. La comunidad es y ha de ser comunión.

Pero, ojo: hemos nacido con esta posibilidad de ser persona, pero hay que trabajar para ello. Nadie nace persona: es un proceso que cada cual debe aplicar a su propia existencia. Nunca terminaremos de completar el proceso, pero en esa construcción reside precisamente el sentido de la vida. De ahí, por cierto, la importancia de la educación, que debe ser un instrumento puesto al servicio de la tarea de “despertar personas”. Y todo, siempre, contra el desorden establecido, un mundo moderno que Mounier jamás dejará de criticar.

Es sugestivo pensar cómo habría vivido Mounier el Concilio Vaticano II, el colapso de las socialdemocracias, el hundimiento del bloque soviético, el triunfo de la globalización... Sin duda su voz se habría hecho sentir. No pudo ser: en fecha tan temprana como 1950, en la madrugada del 22 de marzo, con sólo 45 años, nuestro autor moría víctima de una crisis cardiaca doblada con una crisis nerviosa, literalmente agotado, consumido, exhausto.

¿Por qué, en fin, Mounier, hoy y aquí, en nuestra biblioteca de disidentes? Pues porque su mensaje es extremadamente actual. A una Europa literalmente desgarrada por las utopías de la clase, la raza y el individuo, utopías todas ellas de la materia, Mounier le propuso una filosofía de las realidades del espíritu: la persona y la comunidad, como una vía para llegar a una forma superior de vida. Hoy las utopías de la raza y de la clase ocupan un lugar marginal en el debate público, pero sigue viva, y en posición de hegemonía, la utopía materialista del individuo: un individuo abstracto y desencarnado, sostenido sobre la técnica y el dinero en una promesa ilusoria de libertad sin lazos. Esta última utopía moderna ya nos ha mostrado su verdadero rostro: dominación técnica y económica, nihilismo moral. Frente a eso, el personalismo cristiano de Mounier sigue siendo una alternativa muy sugerente. Un camino que vale la pena explorar.

 

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