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Aniversario de un fracaso

Así se proclamó la II República: 14 de abril de 1931

El 14 de abril de 1931 se proclamó la II República española. Un acontecimiento que despertó muchas esperanzas y que, en la misma medida, las defraudó todas. ¿Cómo se proclamó la II República? ¿Qué pasó? ¿Qué querían sus promotores?

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José Javier Esparza - 14-04-10

En 1930, y a pesar de que España conoce ese año el mejor momento económico de su Historia, el Rey decide prescindir del general Primo de Rivera, que gobernaba el país en régimen dictatorial desde 1923: la “dictablanda”, como se llamaba. ¿Por qué? Porque, al margen de los buenos datos económicos, en las elites del país había un intenso clima de inquietud, de desazón.

¿Por qué se desmorona el régimen de Primo de Rivera? Más por razones internas que por razones externas. Desde su proclamación en 1923, la dictadura había tenido que hacer frente a demasiadas asechanzas. Y las más peligrosas para el general no eran las de la izquierda, pues ésas había sabido combatirlas, sino las que venían del propio ámbito castrense. El éxito militar del desembarco de Alhucemas, que puso fin a la guerra de Marruecos, calmó las cosas, pero sólo aparentemente: un año después de Alhucemas, los militares volvían a conspirar y esta vez nada menos que con el vetusto general Weyler, el de la guerra de Cuba.

¿Y por qué conspiraban los militares contra Primo de Rivera? Porque éste se había propuesto institucionalizar el régimen: creación de la Unión Patriótica en 1924 como partido del sistema, nombramiento de una asamblea nacional en 1927, redacción de una constitución de corte corporativista y neo-tradicional en 1929… Y todo eso, que molestaba sobremanera a las izquierdas, no molestaba menos a los sectores privilegiados del sistema de la Restauración, que de ningún modo querían cambios en su status. La crisis mundial de 1929, que entre otras cosas triplicó el valor de la peseta respecto a la libra esterlina, focalizó el malestar. El propio rey Alfonso XIII le manifestó la conveniencia de que se marchara. Primo de Rivera presentó su dimisión al rey en enero de 1930. Alfonso XIII le dejó caer.

Casi al mismo tiempo, comienzan las agitaciones. Los socialistas, que habían colaborado con el dictador, conspiran junto a los republicanos para cambiar el régimen. Entre otras cosas, se trama un golpe de Estado que termina quedándose en una sublevación militar en Jaca.

El rey Alfonso XIII, por su parte, encomienda el Gobierno al general Berenguer, primero, y al almirante Aznar, después. Ortega y Gasset escribe un artículo titulado “El error Berenguer”. Lo que España necesita –sostiene el filósofo- no es un mero cambio de gobierno, sino un cambio de espíritu: víscera cordial, energía nacional, altura histórica. Ortega funda con Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala la Agrupación al Servicio de la República. Los tres firman un Manifiesto que llama a derrocar la monarquía y trabajar para la República. Será la cobertura intelectual del comité que, en el plano de la maniobra política, ya está trabajando para derribar a la monarquía: Miguel Maura, Manuel Azaña, Niceto Alcalá-Zamora…

El 12 de abril se celebran elecciones municipales. Ganan claramente las candidaturas monárquicas. Los monárquicos ganaron en 42 provincias con 22.150 puestos de concejal. Los republicanos y socialistas ganaron en ocho provincias con 5.875 puestos de concejal. Pero la izquierda y los republicanos, victoriosos en las principales ciudades, consideraron que el único voto válido era el suyo, no el del rival. Alfonso XIII, aterrorizado, prefirió marcharse. Lo cual, por otro lado, demuestra que la monarquía no merecía sobrevivir.

Todo esos sucesos se desarrollaron en un ambiente que dista mucho de una amable discusión intelectual entre caballeros. Al revés, la atmósfera general era de efervescencia revolucionaria. Desde la misma noche del recuento electoral hay movimiento en las sedes socialistas. Al amanecer del día siguiente, manifestantes socialistas se dirigieron en “manifestación espontánea”, en varios taxis y enarbolando banderas republicanas, a la presidencia del Gobierno para exigir la abdicación del rey. Hubo tiroteos. Pero finalmente el jefe de la guardia civil, el muy monárquico general Sanjurjo, decidió ponerse a las órdenes del comité revolucionario, es decir, de Maura y Alcalá Zamora. Ese mismo día, ya 14, los socialistas Besteiro y Saborit proclamaron por su cuenta la República desde los balcones del Ayuntamiento de Madrid. ¿Quién llevó a Besteiro al Ayuntamiento? Un jovencito llamado Santiago Carrillo, en el coche oficial de Saborit. Lo cuenta el propio Carrillo en sus Memorias.

El discurso republicano, en boca de gentes como Ortega, se viste con ropajes regeneradores: se proclama la República para salvar a la nación, remozar España, resucitar la Historia de España. La monarquía ha demostrado que ya no vale: es un régimen parcial, de facción, que no atiende a los intereses nacionales. Por eso hace falta una República concebida como una gigantesca empresa histórica. España –venía a decir Ortega- tiene ante sí una tarea enorme: una renovación técnica, económica, social e intelectual. Eso sólo puede lograrse si cada español da de sí su máximo rendimiento vital. Pero para conseguirlo hace falta un Estado nacional, de ancha base jurídica y administrativa, que permita a todos los ciudadanos solidarizarse con él y participar en su alta gestión.

El proyecto orteguiano era típicamente liberal. Había que establecer una separación clara de los poderes ejecutivo y legislativo. Quería implantar un Parlamento de una sola cámara, elegido por las regiones y asistido por comisiones técnicas. Aspiraba a construir una estructura regional (pero no federal) del Estado, en grandes provincias gobernadas por asambleas y gobiernos locales. Se proponía proclamar un estatuto general del trabajo, con sindicación obligatoria de los trabajadores. Apuntaba a adoptar una economía organizada, con cierto grado de planificación económica por parte del Estado, para construir un Estado social. Por supuesto, predicaba la separación de Iglesia y Estado…

Pero la “línea Ortega” no era la única en liza, e incluso puede decirse que era minoritaria. Al lado, y por encima de ella, estaba la posición mucho más radical que venía marcando Manuel Azaña, que hasta ese momento no había pintado gran cosa en la vida pública española, pero que desde la descomposición de la dictadura había empezado a cobrar enorme peso. Hoy se considera a Azaña un moderado. Eso es verdad si nos colocamos en la perspectiva de 1936, cuando hubo otros muchos que le sobrepasaron por la izquierda, pero en 1931 Azaña era la encarnación misma del radicalismo.

Las posiciones intelectuales de Azaña respecto al significado de la República las definió él mismo en sus discursos de 1930 y 1931, y el contenido de sus palabras es inequívoco. Para Azaña, los cambios que España necesitaba tenían que afectar a la médula misma de la nación; se trataba amparar una revolución “burguesa” como la que hizo Francia en 1789. Azaña no ahorra vocabulario: “Demolición”, “Destrucción creadora”, etc. “Concibo la función de la inteligencia en el orden político –decía- como empresa demoledora. En el estado presente de la sociedad española, nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia. Igual que hay gente que hereda la sífilis, así España ha heredado su Historia”. España estaba enferma de su historia y Azaña se propone acabar con ella, “extirparla como un tumor”.

El programa radical de Azaña tenía desde el principio tres objetivos muy claros: acabar con la Corona, extirpar la religión y aniquilar al “parásito militar”. Es difícil saber cuánto en ese radicalismo había de literatura y cuánto de sincera convicción, pero el tono de Azaña es cualquier cosa menos conciliador: “Veo a la inteligencia constituida en vasta empresa de demoliciones. La inteligencia no tiene brazos, pero los buscará. ¿Dónde? ¡En el hombre natural!”. El hombre natural, en la bárbara robustez de su instinto, elevado a la tercera potencia a fuerza de injusticias: a ese hombre debe ir el celo caluroso de la inteligencia, aplicada a crear un nuevo tipo social. Los gruesos batallones populares, encauzados al objetivo que la inteligencia les señale, podrán ser la fórmula del mañana.

Es un error pensar que todo el ámbito republicano estaba en las posiciones de Azaña. Niceto Alcalá Zamora, por ejemplo, anunció solemnemente en la Plaza de Toros de Valencia el advenimiento de una República de derechas “bajo la advocación de la Virgen de los Desamparados y con la bendición apostólica del cardenal arzobispo de Toledo”, nada menos. De hecho, la Iglesia se mostró conciliadora desde el primer momento e incluso castigó a los prelados que se habían manifestado hostiles al nuevo régimen. Sin embargo, prevaleció el ala más radical y jacobina del movimiento republicano.

Al final, aquellos brazos el hombre natural que pedía Azaña terminaron haciéndole un corte de mangas a la inteligencia. La II República distó de ser un régimen ejemplar. Durante los escasos cinco años que estuvo vigente, España conoció quemas de conventos desde el mismo mayo de 1931 (cuando Azaña dijo aquello de que “todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano”), una agitación anarquista incesante, un intento de golpe de Estado monárquico (del general Sanjurjo, el mismo que había ayudado a que llegara la República)…

Después, en 1933, hubo un gobierno de centroderecha, pero la presión de las izquierdas impidió que gobernara el partido más votado, la CEDA. Y para colmo, en 1934, los socialistas y los separatistas catalanes organizaron una revolución que envenenaría definitivamente el ambiente. En febrero de 1936 hubo elecciones. Ganó el Frente Popular, la coalición de izquierdas, pero jamás se publicaron los resultados, que aún hoy son desconocidos. por la intensa manipulación de actas. Se abrió así un periodo de violencia cotidiana que culminó con el asesinato del jefe de la oposición, José Calvo Sotelo, a manos de la policía del Gobierno. La guerra estalló cuatro días después. Fue, se mire como se mire, un periodo lamentable.

Don Manuel Azaña fue jefe del Gobierno entre 1931 y 1933. Después conspiró contra el Gobierno de centro-derecha y terminó alentando la creación del Frente Popular. Presidente del Gobierno en 1936, primero, y de la República después, terminó completamente anulado por socialistas y comunistas. Dejó de hablar de empresas de demoliciones y terminó pidiendo “Paz, piedad y perdón”. Tras la derrota del Frente Popular en la guerra civil, murió el 4 de noviembre de 1940, en Montauban, Francia. En cuanto a don José Ortega y Gasset, publicó muy pronto un artículo crítico contra la II República: “Un aldabonazo”, donde acusaba al Gobierno de falsificar la República y pronunció su famoso “No es esto, no es esto”. Perseguido por las milicias del Frente Popular, Ortega tuvo que abandonar a toda prisa Madrid en julio de 1936.

El mejor balance de la amarga experiencia de la II República fue el que hizo un ilustre liberal, Salvador de Madariaga: “¡Qué bella era la República en tiempos de la Monarquía

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