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En El Espejo, la firma televisiva

Cinco horas con Miguel

Permíteme, Miguel, que me acurruque junto al ataúd para pasar cinco horas contigo. Estos minutos, anchos como Castilla, que cada domingo entrego al territorio de la televisión, tan huérfano del silencio que espejea tus libros.

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Isidro Catela. - 14-03-10

Sabes, Miguel, que estaba yo buscando una de esas frases que subrayas en la Biblia, una de esas sentencias que grabó para siempre sobre las tablas Lola Herrera... ay Lola cómo lloraba y qué flores tan vivas te ha traído a la capilla... -¿no te he dicho que te han colocado en el Ayuntamiento y que ha venido la gente a musitar una oración y a llamarte maestro, en voz alta? ...

Bueno, pues como te iba diciendo, que había encontrado ya el fragmento del Cantar de los Cantares, qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres, tus ojos son palomas, cuando ha entrado un muchacho, de la edad del niño Pedro, no mucho más, con la sombra de las ojeras alargada, como de no haber dormido en toda la noche, y me ha dicho que su profe, la Antonia, es una mujer de las de antes que les hace un dictado todos los días y que aprovecha tus novelas para enseñarles lo que es un engañapastor, una perdiz roja o un mochuelo. De las de antes, Miguel, qué paradoja.

Esta mañana, en una tertulia de la radio, y luego en la tele, la de imágenes tuyas que han sacado hoy en la tele, te hubiera dado un pasmo, decían que Ángeles y tú erais un matrimonio de los de antes, y sabes, en ti no sonaba ofensivo como suele suceder con este tipo de aseveraciones, para mí que te estaban piropeando a su manera, que te admiraban en tu fidelidad, que hubieran cambiado la fruslería de sus vidas por pescar una trucha contigo en la ribera del río.

Ay, Miguel, que no es hablar por hablar, que ha venido gente de toda clase y condición. Que hasta me pareció ver entrar a un hombre clavadito al Azarías, con la boina negrísima encasquetada, los dientes bailando, y la voz de Paco Rabal. Luego enseguida me di cuenta de que no podía ser, que se trataba de una ensoñación, no más, pero de eso la culpa la tienes tú, Miguel, que nos has malacostumbrado con ese lenguaje sereno cazador de palabras, ese sentido ético de la vida, esa mansedumbre recia que de Dios venía y a los hombres abrazaba.

Yo tenía una vecina, no sé si te lo he contado ya alguna vez, que se llamaba Irene. Tenía un patio con gallinas y una fibra moral como la tuya. Ella me llevó al cine por primera vez. Vimos “La guerra de papá” y allí aprendí lo que era un príncipe destronado. Te reirás, socarrón, pero te juro que es verdad, cuando muchos años después me examinaron de Selectividad con un texto tuyo, yo ya daba esa vida por vivida, sabía de ti y de tus santos inocentes. Me pusieron un diez. Mucho metal para mí, que tú decías. No había mérito, Miguel, a ti te lo debía, a ti y a aquel funcionario de la Biblioteca Municipal que siempre me decía, llévate éste, y éste era siempre el mismo, eras tú, Miguel Delibes. Me estaría contigo más de cinco horas, bien lo sabes, pero vivimos tiempos recios, y ha llegado el momento del apagón analógico. Por si nos dejan sin cobertura, descuida maestro que ya mismo pongo tu palabra encendida en lo alto para que alumbre a toda la casa.

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