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"Sinfonía nº 5 en Mi menor, Op. 64" de Piotr Illich Tchaikovsky

Carlos Joaquín de Matesanz y San Juan, periodista musical, analiza en profundidad cada semana una obra de los grandes compositores.

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MM. Ramos - 01-12-09

El colaborador de COPE, Carlos de Matesanz, ha analizado la “Sinfonía nº 5 en Mi menor, Op. 64” de Piotr Illich Tchaikovsky con motivo del único concierto en España del director Gustavo Dudamel. Al frente de la Orquesta Juvenil Iberoamericana interpretará la sinfonía mañana 2 de diciembre en el Auditorio Nacional de Madrid.

Tchaikovsky se acercó al género sinfónico con maestría. Junto a los ballets y conciertos, sus seis sinfonías constituyen un episodio central en su repertorio. Éstas se dividen, de forma natural, en dos grupos: el primero, marcado por un vigoroso estilo de indudable encanto melódico y por la exploración estructural, lo componen la nº1, en sol menor Sueños de Invierno, la nº2 en do menor “Pequeña Rusia” y la nº3 en re mayor Polaca, escritas entre 1866 y 1875. El segundo grupo ha sido considerado por la mayoría de críticos y musicólogos como un gran tríptico final. El carácter episódico, perceptible en las tres primeras sinfonías, se contrarresta en las últimas gracias a un procedimiento cíclico que acentúa su sentido dramático. La Sinfonía nº4, en fa menor, compuesta en 1877 y dedicada a la señora von Meck, fue durante mucho tiempo la favorita de su autor. El tema del destino y el final triunfal la enlazan con la nº5, escrita once años más tarde. Junto a la personal Sinfonía nº6 “Patética” de 1893, la Quinta es la más célebre del compositor. Ambas constituyen el pináculo de la expresividad tchaikovskiana pues combinan las exigencias de la tradición formalista con el programa expresivo y emocional de acontecimientos de un gran pathos retórico. 

La Quinta Sinfonía de Tchaikovsky: En la primavera de 1888, tras una de sus giras europeas más importantes, el compositor decide apartarse del “mundanal ruido”. Se ha apuntado que Tchaikovsky sufría de cierta neurastenia crónica que le impedía disfrutar, e incluso, digerir los festejos y ovaciones que pocos compositores habían conocido en vida. Por ello, se instala en Frolovskoie, en pleno campo, lugar que lo seduce por completo: “Me he enamorado absolutamente de Frolovskoie; esta comarca me parece el cielo en la tierra”. En esta nueva residencia recobra la inspiración y comienza a exprimir una nueva sinfonía de su “cerebro embotado”. Hacia el 30 de mayo, ya estaba metido de lleno en la composición de la 5ª, tarea que combina con la composición de la obertura “Hamlet”. A principios de Agosto comenzó la orquestación que concluyó en unas tres semanas, con lo que quería demostrar al mundo que “no había muerto”. Gracias a la correspondencia del compositor podemos inferir los cambios continuos en la valoración de su propia obra como reflejo de la personalidad insegura y fluctuante del músico. Así, el 19 de agosto escribía a von Meck: “Ahora que la sinfonía está terminada puedo decir que, a Dios gracias, no es peor que las otras. ¡Esta certeza me es agradable!”. Poco después, las primeras pruebas hacían furor entre sus amigos de Moscú, sobre todo en Taneiev, como se deduce de sus cartas: “Mis amigos están en éxtasis por lo de la sinfonía, pero habrá que ver cómo la reciben el público y el mundo musical de San Petersburgo”.

La obra fue estrenada en la Sociedad Filarmónica de San Petersburgo, el 5 de Noviembre del mismo año, junto al Concierto nº2 para piano, bajo la dirección del propio Tchaikovsky. La crítica recibió fríamente la sinfonía. Dicha conciencia de fracaso le producía gran angustia: “La sinfonía se ha vuelto demasiado florida, grandiosa, insincera y prolija; muy desagradable, en resumen”. Sin embargo, pocos meses después, ocurrió un hecho que devolvió el optimismo a Tchaikovsky. En Marzo de 1889, viaja a Hamburgo para dirigir, entre otras obras, la nº5, que había dedicado a algunos críticos de dicha ciudad. Allí coincidió con Brahms, quien amablemente asistió al primer ensayo. Tras su lectura, la obra fue bien acogida por la orquesta y por el compositor alemán, salvo el último movimiento. El exitoso estreno tuvo lugar el 15 de Marzo y, a partir de esta fecha, la sinfonía volvió a gustar a su autor y comenzó a cautivar al público. En Nueva York, a principios de la década de los noventa, afirmaría: “Parece como si yo fuera diez veces más conocido en Norteamérica que en Europa. Hay algunas piezas mías que siguen sin ser conocidas en Moscú; aquí las tocan varias veces por temporada y escriben artículos enteros sobre ellos. Han tocado la Quinta Sinfonía en los dos años pasados, ¿no es divertido? En los ensayos los intérpretes me brindaron una acogida entusiasta”.

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