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J.L. Restán | Línea Editorial

El despotismo de Maduro

Nicolás Maduro ha hecho del cinismo su única virtud para mantenerse en el poder. 

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Nicolás Maduro ha hecho del cinismo su única virtud para mantenerse en el poder. La entrevista concedida a La Sexta no ha hecho más que demostrar que no conoce límite alguno en el ejercicio de un poder despótico que no se sujeta a norma alguna. Según dijo en Venezuela no hay presos políticos, la falta de medicamentos es fruto de una guerra económica contra el chavismo, la escasez se debe a una conspiración y él, como presidente, lamenta profundamente el arresto domiciliario de López. Su indigencia intelectual le llevó a denunciar el genocidio de 800 millones de indígenas a manos de los españoles en 1492 y su escasa catadura moral le llevó a denunciar la democracia española a la que acusó de represora.

Maduro confesó haberse sentido como en un «Guantánamo» televisivo. Sin embargo, no se arredró. Encajó los golpes, esquivó las preguntas indiscretas y se pavoneó de su caché político al dejar entrever que seguirá concurriendo a las elecciones. Nadie escapó a los insultos de Maduro, tampoco Caritas ni la Iglesia católica, a las que acusó de conspiradoras y de estar contaminadas por la contrarrevolución.

Maduro no perdona y lleva semanas cargando contra la Iglesia. Lo que quizás no sabe es que por muchos insultos que dirija contra obispos y cardenales, la Iglesia no va a actuar como un contrapoder en Venezuela, sino que trabaja en favor de la reconciliación, de la libertad y la cohesión social, en un país destrozado por el despotismo del régimen.

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