Sobre Mayo 68, el Concilio, el sexto mandamiento y lo que viene…

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Leí con gusto, días atrás, un acertado comentario en ABC del profesor José Francisco Serrano en el que relacionaba la “revolución” de mayo del 68 –¡pronto cincuenta años…!- con un reto que la Iglesia aún no ha sabido enfrentar: cómo hablar a los jóvenes de sexualidad… dentro de Sexto Mandamiento, añado yo. No ha tenido ocasión –acaso porque no existe- de leer ningún ensayo sobre la relación que pudo tener aquella serie de algaradas en las calles de Paris, con los efectos más negativos del Concilio Vaticano II, clausurado tres años antes.

No creo que la desbandada de sacerdotes que colgaron su sotana y de frailes que se deshicieron de su hábito, para secularizarse y casarse –cuando no buscaban simplemente pareja- se debiera a su supuesta decepción porque esperaban del Concilio una opción libre sobre el celibato. En realidad, en muchos seminarios de entonces ya había entrado el “humo del diablo”, la fumarolas de la marihuana consumida por la “beat generation”, la “revolución hippy que antecedió a la del Mayo francés. Años después vinieron las arcadas de la pederastia y de otros vicios sexuales que tanto han sonrojado a los Papas, como confesaba Francisco a su llegada a Chile.

Mucho se ha escrito sobre aquella experiencia estudiantil, dirigida contra la burguesía, el consumismo y el “establishement” y que pronto fue absorbida precisamente por sus “víctimas”. ¿Sexo libre? ¡Ah, eso no solo era para los jóvenes! Ahí entró de lleno toda la sociedad bienpensante y, por supuesto, indiferente ante los mandatos de la doctrina cristiana. Europa empezaba a dar paso a la apostasía aunque tenía extraordinarios príncipes de la Iglesia. Aumentaron los divorcios, los abortos, las parejas de hecho y sin derecho…

La píldora se generalizó y, ¡zas! La mujer se creyó “liberada” del dominio del hombre. El derecho al placer se democratizó. Curiosamente, esta revolución de costumbres, asumida de lleno por Hollywood y todas las productoras del “mundo libre” –no olvidemos que en aquellos tiempo vivíamos en la guerra fría y que la vanguardia del puritanismo estaba, quien lo diría ahora, en la estricta sociedad marxista- cambió mucho las relaciones sexuales, pero no cambió demasiado la condición humana. El sexo se banalizó, sí, y de qué manera, pero las infidelidades sistemáticas, no llegaron a acabar con los celos, ni con los acosos, ni con los dementes sexuales.

Algunas veces me pregunto -no quiero ser incorrecto- si las “violencias de género” que nos salpican cada día, se deben a que, en el fondo, aquella “liberación sexual” que pretendió acabar con la desigualdad del placer –macho domina a hembra- no ha calado todavía en toda la sociedad. Y acaso por esa

razón nos encontramos con esa ofensiva desenfrenada de las llamadas “ideologías” de género que tratan de abolir hasta la biología humana para destruir de una vez el humanismo cultural de base cristiana.

Ya saben: la síntesis de estas nuevas ideas –atribuidas a la masonería como fundadora del Nuevo Orden Mundial- es muy simple: los hombres y la mujeres no nacen: se hacen. El sexo es una mera invención cultural, dicen sus predicadores como pretexto para acusar a la Iglesia de mantener la ficción… Y entonces, ¿cómo cambiar el lenguaje de la Iglesia dirigido a los jóvenes –ellos y ellas- para que no se dejen sobornar por el placer del sexo, libre de todo compromiso? ¿Puede la Iglesia cambiar la moral cristiana, olvidarse del sexto y el noveno mandamientos? Obviamente no.

Pero no deja de ser inquietante que las encuestas que ha realizado la Iglesia española de cara al Sínodo de los Jóvenes convocado por el Papa para este año, hayan recogido como deseo de nuestro hijos y nietos –católicos- una “rebaja” en las exigencias morales. Les gustaría que la Iglesia fuese más “permisiva”… Ya veremos lo que sale del Sínodo.

De momento, la única palabra coherente que la Iglesia tiene con los jóvenes en relación con el Sexto mandamiento es… la castidad. La castidad como la mejor prueba de amor, y de fortaleza, y de paciencia, y de reciedumbre. A mi modo de ver, -¡ay!- se hace urgente y necesario un Sínodo… sobre las virtudes humanas. Antes de que los y las ideólogas del género las destierren por completo.