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Francisco de Cáceres

Analista internacional
gaceta.es

Marruecos: diez años de 'M6'
26-08-09
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Mohamed VI no ha supuesto, realmente, un cambio de régimen.

Francisco de Cáceres

Los asuntos de Marruecos son siempre interesantes para España y viceversa. Sin embargo, poca información es la que pasa en ambas direcciones sobre la Abrida, expresión marroquí de origen español, que designa el Estrecho y el Mar de Alborán. Por eso es importante hacer un breve análisis sobre la evolución de Marruecos, durante los diez años, que ahora se cumplen, desde que Mohamed VI —M6, como simplifican allí los jóvenes modernos— ocupa el trono marroquí. No ha habido, como muchos esperaban, una transición a la española, por la sencilla razón de que tampoco hubo un cambio de régimen. La sucesión de Hassán II por Mohamed VI funcionó como un reloj y, en principio, nada tenía por qué cambiar. Algunos dicen que hay un cambio, en el sentido de que Hassán II prefería ser temido, y Mohamed VI prefiere ser querido. Es cierto que el anterior rey, reforzado en su instinto autoritario por los atentados y las traiciones que sufrió, además de la creciente amenaza fundamentalista, era partidario de la mano dura, representada por su ministro del Interior, Driss Basri.

  La sucesión de Hassán II por Mohamed VI funcionó como un reloj y, en principio, nada tenía por qué cambiar Cuando M6 sustituyó, a los dos meses de ser rey, a Driss Basri por un amigo de su círculo íntimo, Fuad el-Himmi, más que marcar un nuevo estilo, quizá sólo quería nombrar a un favorito para un cargo clave. Más significativo fue el perdón al jefe más destacado de la oposición, Abraham Serfaty (judío sefardí, como su nombre indica) permitiéndole volver del exilio y devolviéndole su pasaporte marroquí. Pero los peligros siguen al acecho, y los medios de reprimirlos apenas han cambiado.

 Así, casado ya con Salma Bennani —culta y moderna, pero cuyo papel es mucho más discreto que el de la reina de Jordania— los fundamentalistas quisieron celebrar a su manera el nacimiento del heredero al trono, Muley Hassán, el 8 de Mayo de 2003. Una semana después, cinco salvajes atentados en Casablanca contra establecimientos judíos y occidentales (entre otros la Casa de España), que causaron 33 muertos, fueron objeto de una dura represión.

 El general Lanigri hizo detener a 1.300 y condenó a muerte a 17 de ellos, intentando así descabezar el terrorismo fundamentalista, pero fue depuesto luego por haber abusado de la tortura. Así copiaba M6, tal vez sin conocerlo, lo que hizo el político y tratadista florentino Guicciardini cuando, en el siglo XVI, sometió a sangre y fuego a los rebeldes de la Romagna, ahorcando finalmente al ejecutor de tanta tortura y matanza para dar así gusto al pueblo.

 Más gestos: las audiencias públicas organizadas por el organismo Equidad y Reconciliación para denunciar las violaciones de los derechos humanos durante los llamados años de plomo desde la independencia de Marruecos, en 1956, hasta 2004. Por otra parte, el rey recorre sin cesar el territorio marroquí practicando un populismo de masas y de atención personalizada a pobres y heridos. Además, practica el Estado de obras impulsando proyectos faraónicos, como el gran puerto deportivo de Rabat-Salé con hoteles de superlujo y una ciudad lacustre —financiada por promotores de Abu Dhabi— dirigida a una clientela europea y americana.

 Por último, en política exterior, aparte de los altibajos de sus relaciones con España —después del incidente del islote Perejil, punto de inflexión en la reclamación de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla— la vinculación de Marruecos a Francia y EEUU es evidente, como se ve en su fría reserva con el resto del Mundo Árabe. Así, se explica la ausencia de M6 en la cumbre de los no-alineados, en El Cairo, y en la reunión de Doha sobre Gaza.

 Estas son algunas líneas de la Monarquía ejecutiva, en la que el rey y su camarilla controlan los sectores claves del poder y de la economía, y en la que el primer ministro, Abbas el-Fassi,  es la correa de transmisión con el resto del Gobierno y el Majlís o Parlamento. Como minas ocultas, la amenaza del fundamentalismo, representado por el partido Justicia y Desarrollo, y  la agitación independentista del Polisario, se suman a la inquietud de una población joven que no ve claro su futuro.

Francisco de Cáceres es analista de política internacional.

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