Martes, 09 febrero 2010
Actualizado a las 23:19h

María Eugenia Correa Olarte., PhD
PhD
Columnista
Hago parte de las personas escogidas por el Partido Conservador en el proceso de capacitación de sus líderes y de la base de esta organización política. Allí dicto el módulo de principios y valores conservadores, lo que me ha permitido exponer los planteamientos de un seminario al que asistí hace ya 16 años, de la Organización UPLA, y que el expresidente Andrés Pastrana trae a colación en su libro En la cumbre de lo social.
Por considerar de actualidad quiero referirme a los dos tipos de corrupción a los que se enfrentan algunos de los políticos, funcionarios públicos y ciudadanos en general, haciendo diferencia entre la corrupción por acción y la por omisión.
Son acciones corruptas por acción: las que realizan quienes utilizan el erario en su propio provecho. Los que venden favores, llámense licitaciones o empleos. Los que venden decisiones. Los que tramitan leyes con nombre propio. Los que trafican construyendo caro para el Estado, porque el dinero que manejan no es de nadie reconocible. Los que ayudan a la evasión de impuestos. Los que compran un valor electoral con auxilios. Los que recuperan la generosidad de sus auxilios con donaciones de los beneficiados. Los que ordenan la propaganda y la publicidad contra porcentaje. Los que pagan estudios y consultorías nunca realizados. Los que coincidencialmente sacan a la venta lo que sólo ellos o los suyos pueden adquirir. Los que ordenan las obras públicas coincidiendo ellas con la valoración de los predios.
Los que pese a su ineficacia nombran a sus favoritos. Los que viajan, cenan y se divierten por el mundo con recursos de la Nación. Los que venden las sentencias al mejor postor. Los que al dictar una providencia la filtran según la importancia social del interesado. Los que aconsejan privadamente el momento de comprar, o de vender. Los que reciben pago adicional, así sea tardío, por haber hecho lo que tenían que hacer.
Son acciones corruptas por omisión algunas de éstas: La de que teniendo que trabajar no lo hacen en el tiempo demandado ni con la eficacia requerida. La de los que pudiendo hacer algo no toman medidas oportunas para realizarlo. La de quienes prometen y ofrecen lo que de antemano saben no van a poder cumplir. La de quienes pasivamente dejan degradar los bienes del Estado. La de quienes no fijan prioridades sociales al gasto público. La de quienes “no quieren ver” porque creen que cerrar los ojos los exime de culpa, la de quienes ejercen la denegación de justicia. La de quienes dejan prescribir términos de un litigio. La de quienes siempre están comenzando algo que nunca van a concluir. La de quienes se satisfacen con la majestuosidad del poder pero dejan de lado su eficacia. La de quienes callan ante lo que debe ser denunciado. La de quienes sacrifican la acción de gobernar a favor de las encuestas.
Me he sentido en la obligación de recordarles a mis lectores, coopartidarios y al país algunas de las formas de ser corrupto; en medio del caos de corrupción que sufrimos, no sobra que reflexionemos sobre estos aspectos y sobre el futuro de una Colombia que ha perdido muchos de sus valores fundamentales y democráticos.
mariaecorrea@aol.com
elnuevosiglo.com



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